Sábado. Doce de la mañana. La capital amaneció radiante y yo estaba allí, en una plaza de Colón “abarrotá”, castiza, tomada por una marea humana que llegaba de todas direcciones y me arrastraba envuelta en banderas de España. El ambiente cargado de razones pero sobre todo de emoción. Una cita ineludible, el aperitivo de lo que habría de ser la movilización masiva un día después en Barcelona, y no defraudó.

Allí estábamos los tres, mi cámara Quique Falcón – la mejor persona que he conocido en mucho tiempo- Paco Toledo, reportero gráfico y yo. Pululábamos mezclados entre la gente con nuestros bártulos, brujuleando, localizando, coleccionando e inmortalizando con el propósito de hacer una buena crónica. De impregnar fielmente en texto e imágenes el ánimo de todos los que voluntariamente dedicaban su día libre a españolear. Y vaya si lo hicieron. Nada de parloteo estéril. Con la pasión intensa de quienes no tienen complejos ni necesitan la excusa de un mundial para enfundarse el rojo y gualda. Por fin el alma española parecía estar en paz.

Y entre la multitud cinco nombres anónimos. Rodeados por cientos de madrileños cinco agentes de la UIP que prestaban servicio aquel día a aquella hora y cumplían a duras penas con su obligación. El furgón a sus espaldas, los ciudadanos enfrente. Estrechando la mano a cuantos se acercaban a darles ánimos y fueron muchos. Recibiendo los besos de perfectas desconocidas sin perder la sonrisa. La emoción contenida, parapetada en unas gafas oscuras que no conseguían ocultar del todo el brillo de sus ojos tras los cristales. Impactaban las cadencias de aplausos en sus chalecos, inútiles a tal misión, directas al corazón. La constancia del murmullo rota por un grito intenso “no estáis solos”.

Ciudadanos sin guión, sin plan preestablecido, sin más motivación que el agradecimiento. Reconocimiento explícito para los involuntarios protagonistas de una desagradable historia en cocción. Para los sufridores malpagados de la presión totalitaria, del amaneramiento político, de los malos gestos, los insultos, el hostigamiento, los escraches y el boicot de la tiranía a su impecable labor. Bálsamo tras días de acoso por otras gentes en otros lugares a otros como ellos, por el mero hecho de serlo.

Allí estaban ellos. Intacta la vocación de servicio. ADN protector. Guerreros desarmados por el cariño de la gente. Símbolos de la certeza y la seguridad frente a la sinrazón. Una primavera en el otoño de Madrid.

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