Prejuicio, definición según la RAE: “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal“.  Es decir, si atendemos estrictamente a la definición, un individuo está calificando negativamente a otro cuando desconociendo o quizá no teniendo un conocimiento amplio de la materia, expresa opiniones sin base lógica y amparadas en sus propios condicionamientos.

Twitter, medio que algunos veneran con devoción cual oráculo de la sabiduría se tratara y otros detestan calificándolo como vertedero de prejuicios, se hace eco en las últimas semanas de un enfrentamiento dialéctico causado por el comentario de un individuo sobre si son adecuados o no los tatuajes en los profesionales médicos. Este usuario de las redes sociales, haciendo honor al concepto literal de prejuicio, escribe textualmente: “No sé si me va a vacunar contra la influenza o me va a inyectar heroína”, ante la imagen de una enfermera con los brazos tatuados. A partir de aquí abría un hilo que recogía mensajes del tipo: “Qué asco, huye”. Afortunadamente surgieron otros que defendían la postura argumentándola bajo el prisma del razonamiento.

“Twitter, medio que algunos veneran con devoción cual oráculo de la sabiduría se tratara y otros detestan calificándolo como vertedero de prejuicios, se hace eco en las últimas semanas de un enfrentamiento dialéctico causado por el comentario de un individuo sobre si son adecuados o no los tatuajes en los profesionales médicos”

Según el concepto expresado anteriormente, donde se concreta que un prejuicio aparece cuando no hay conocimiento de la cuestión y como profesional del ramo, me voy a permitir dos cosas: primero unirme al movimiento #sanidadtatuada y en segundo lugar expresar mi opinión sobre el tema como mejor sé hacerlo, a través de mis historias.

Imagina que has viajado en el tiempo, o más bien entre realidades. Algo tan paradójicamente indisoluble, pues ya sabes que, parafraseando a Einstein: “Tiempo y espacio son relativos”.

Estás sentado en una oficina bancaria cualquiera. Esperas pacientemente contemplando a quienes te rodean. Mientras, tus sentidos comienzan a tomar vida propia. El ambiente impregnado en un ligero olor a ambientador entremezclado con el hediondo organismo del individuo que se sienta a tu lado, te provoca un efímero amago de nauseas proveniente desde lo más profundo de tu ser. En los asientos situados frente a ti, una señora chillona riñe a su hijo por hacer cosas de niños. La criatura llora desconsoladamente mientras es observada por una joven que sujeta una mochila entre los pies. Una pareja de ancianos cogidos de la mano, suspiran al unisonó. Más allá un hombre vestido con un mono de trabajo salpicado de grasa abre y cierra los ojos seguramente al ritmo del problema que le ha llevado allí. A su lado otro ataviado con traje y corbata, se cambia de lugar huyendo de sus propios miedos. Y tú… tú de pronto ves girar el mundo a través de tus ojos. La señora gritona, ahora mueve la boca sin que puedas oírla. El niño que saltaba, se torna ingrávido. Algo no marcha bien en tu interior. Sabes que tu cuerpo está suplicando atención. La joven de la mochila se percata de la situación y acercándose te ofrece su ayuda. Al tenderte el brazo deja al descubierto una imagen que te perturba en extremo, incluso más que el vértigo que invade tu consciencia.

La miras, valoras y aunque se identifica como enfermera, dudas. Reticente y a punto de caer al suelo, una idea cruza tu mente. Es algo que has oído o leído o escuchado, no sabes muy bien donde, ni cuando, pero que te impulsa a rechazar el auxilio. En fracciones de segundo, mientras te resistes a la dulce entrega hacia la separación del mundo real, la imaginación se apropia de tu razón. La imagen tatuada en su piel comienza a poseerla hasta borrar a la mujer. Finalmente caes al suelo y el golpe, por uno de esos interrogantes de la medicina, te devuelve a la realidad. El desvanecimiento que en un principio te impedía agarrarte a la vida, se ha convertido en tan solo un ligero aturdimiento que, aunque sostiene tu dócil organismo pegado a las baldosas del piso, por otro lado te permite oír la discusión de anónimos que ha surgido a raíz de tu circunstancia.

Escuchas a los que se han congregado alrededor. El esposo de la mujer gritona, erigiéndose en portavoz, recrimina a la enfermera tatuada. La señora asiente eufórica ante los argumentos que expone el cabeza de su modélica familia. Con la mirada busca la aprobación del resto de conciudadanos horrorizados, como ellos, ante un sanitario con semejante facha.  Tan solo los ancianos se atreven a decir: “hubo un tiempo donde lo que importaba era la persona y no su apariencia”.

Mientras el grupo discute, tú comienzas a sentir dolor en el pecho. Posiblemente un infarto. La sensatez ausente en el intelecto de la masa que pretende “protegerte” deja paso a un paro cardiaco. La enfermera, en su buen hacer, inicia las maniobras de reanimación…

“Escuchas a los que se han congregado alrededor. El esposo de la mujer gritona, erigiéndose en portavoz, recrimina a la enfermera tatuada. La señora asiente eufórica ante los argumentos que expone el cabeza de su modélica familia”

Pero no olvides que estamos viviendo una de las realidades posibles.

En la Realidad A: la manada humana retira a tu auxiliadora en virtud de unas creencias mal entendidas. Tú mueres.

En la Realidad B: los ancianos hacen valer su lógica, la que se forjó con la experiencia que nos da el método de ensayo y error. La enfermera cumple con su función. Tú vives.

Tú eliges que realidad prefieres vivir, teniendo presente que nuestros actos siempre tienen consecuencias.

Plagiándome a mí misma, en una ocasión publiqué en otro medio la siguiente reflexión: “Aquellos que creen que lo diferente está fuera de la normalidad, deberían cuidarse de no caer en sus propios prejuicios”

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