De acuerdo, el nombre se justifica por la suma de Tarraco con Barcino, pero hay que reconocer que hasta eso tiene su miga, que sólo al pensarlo a uno le entra ya la risa, y sin duda el potencial subversivo viene en parte de ese humor, corrosivo e irreverente, que se cuela en la propia etiqueta, como si el mismísimo Groucho de Sopa de Ganso se hubiese girado a cámara para bautizarnos el proyecto. Un humor, por cierto, que está revelándose como arma de eficacia sorprendente contra el envaramiento, el rictus petrificado y la reseca afectación que el nacionalismo no ha dejado de exhibir en las últimas fases del procés: la convulsa, que llevó al fallecimiento de octubre, y la actual, de estricta rigidez post-mortem.

Pero no hay que confundirse: como bien dice el historiador Joaquim Coll, detrás de la medio broma hay algo totalmente serio, y su tesis de que un triunfo del secesionismo sin rotunda mayoría social se saldaría, a su vez, con la partición territorial de Cataluña, es más que verosímil: el vigor que está exhibiendo la resistencia interna al nacionalismo en los últimos meses lo sugiere con fuerza. Ese músculo del constitucionalismo es una de las condiciones necesarias para un escenario a priori de política ficción. Otra condición, la contumacia de una clase política atrapada en su maraña de fervor ideológico e intereses, está garantizada. Un fervor, por cierto, en muchos casos autoimpuesto casi tanto como inoculado a la solícita clientela, y ello como mecanismo psicológico de disimulo ante el bien prosaico y material blindaje del amenazado estatus de exclusividad y privilegio nacionalista. La passió pel país, el convencimiento sobre el derecho a mandar y el placer del bon vivant suelen ir de fábrica en pack inseparable en muchos de los políticos que pronto van a contraatacar en Cataluña. Un juego de escapismo para una estafa de dimensiones colosales, vieja como el mundo: qué otra cosa podría funcionar sino como infraestructura del engaño y del autoengaño en la infección nacionalista. Por tanto: dos extremos que previsiblemente tensarán la cuerda. Aunque condiciones necesarias no quieran decir suficientes –habrá más ingredientes futuros, ahora imprevisibles-, el tiempo dirá hasta cuándo resiste sin romperse, mientras se tira de ella.

Retornemos, sin embargo, a lo que Tabarnia sugiere, que es mucho, y más allá de la proeza de haber colocado al secesionismo frente a su inquietante imagen especular. Es muy difícil que una sencilla idea reúna a la vez tantas potencialidades, sugiera tal cantidad de reflexiones politológicas de calado, como la no broma de Tabarnia. De entrada, nos habla de una intensificación de la aludida vitalidad de la sociedad civil no nacionalista: en pocos meses, desde el arranque de la fase climática del procés, se ha pasado de las dudas sobre la capacidad de protesta de los disconformes con la secesión, a la sorpresa mayúscula ante una manifestación con asistencia masiva, a la sorpresa aún mayor ante una segunda convocatoria saldada días más tarde con éxito superior y, ahora, a la cristalización de una idea generada de modo totalmente espontáneo. Pues, aunque el nombre y el contenido de Tabarnia fueran ideados hace años por individuos concretos, han sido su recorrido y gestión compartida en las redes sociales los que lo han precipitado como un sorprendente éxito de comunicación política. Frente al flujo estandarizado, de arriba abajo, de disciplina casi militar, de los conceptos colocados por el establishment nacionalista, la primera victoria comunicativa real del campo no independentista la brinda una guerrilla sin liderazgo verdadero. Fenómeno genuino down to the top, que brinda un tema apasionante a la politología: cómo una interacción espontánea ha sido capaz de agregarse para lanzar un concepto impecable en su capacidad de neutralización de un temible adversario. Un indicio más para intuir en qué campo se halla la libertad en esta larga guerra de desgaste: no puede extrañar que aparezca en el lugar donde antes identificábamos al humor. Pero tampoco esto agota el tema.

Tabarnia nos habla, además, de los límites de la racionalidad política. Ninguna sorpresa aquí, es algo con que se insiste día sí y día también para que aceptemos de una vez cómo son las cosas. Pero no deja de ser triste comprobar cuántas veces el argumento del tipo “y si una vez en la Cataluña independiente L’Hospitalet quisiera decidir por su parte si se queda o se va…” no provocaba ningún efecto en nadie entregado a la religión del derecho a decidir. Ahora sí, ahora hay un efecto claro con Tabarnia: el incesante flujo de insultos y desprecio que suscita la idea certifica que el torpedo ha impactado por debajo de la línea de flotación. Un argumento honrado no sirvió para nada ante las barreras cognitivas que operan en el comportamiento político, la transformación del mismo argumento en una herramienta operativa y amenazante sí que ha servido. Así pues, parece que no va de discutir argumentos pública y racionalmente, sino de disuadir. ¿Se imaginan la actitud de esos fervorosos de los referendos en el caso de que los tabarneses lanzáramos el nuestro sobre la posibilidad de Tabarnia como CC.AA.? De todas las victorias presentes y futuras de Tabarnia, la mayor será demostrar al mundo, por si todavía anda despistado, que es el nacionalismo, idiotas, no la democracia.

Por último, Tabarnia sugiere sobre las sorprendentes posibilidades de superación, partiendo de la iniciativa ciudadana, de los límites lógicos de la política partidaria: la respuesta del Gobierno a los hechos de octubre fue probablemente la que podía ser, y no sólo por las obvias autolimitaciones exigibles a un Estado de derecho, sino sobre todo por la relación de fuerzas entendida en sentido general: 155 sí, pero atenuado y con convocatoria de elecciones inmediatas; eliminación de organismos capitales para el plan secesionista, pero incapacidad para plantearse la intervención en ámbitos como la educación o TV3. Tabarnia es, por tanto, la respuesta creativa de una ciudadanía que probablemente entienda que una democracia a veces no puede eliminar la ansiedad sin dejar de ser una democracia. Tabarnia es la compensación por otras vías de lo que el sistema no puede proveer, es el plan de comunicación que tantas veces hemos pedido al constitucionalismo y que parece que no estaba en condiciones intelectuales de ofrecernos. Es también, y con solvencia ya exhibida, un contragolpe vigoroso a la crisis de imagen que nuestra democracia hubo de padecer el 1-O y a la que se agarrará obsesivamente el nacionalismo. Tabarnia es el arma de disuasión que ningún partido constitucionalista osaría sugerir, pero cuya existencia deberá sin duda celebrar.

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