A 80 años del final de la Guerra Civil, tres hechos de nuestra política acaecidos en pocas horas y reunidos aquí, no al azar, pero sí con base en el automatismo de la mera intuición: en Barcelona, una concentración convocada por Vox acaba con la agresión de uno de sus simpatizantes por parte de una joven antifascista de extrema izquierda. El herido por pedrada en el rostro asistía a la convocatoria, al parecer, motivado por su reivindicación de la custodia compartida. Colau califica de rancios a los manifestantes e inaugura así una nueva categoría política de consumo interno, que quizá se instale en el uso popular con el éxito del recurrente mesetarios. La alcaldesa lamenta los incidentes y, aunque concede que todo el mundo tiene derecho a manifestarse, entiende que haya gente que quiera denunciar a la extrema derecha y que “los incidentes son exactamente lo que ellos estaban buscando”. El segundo hecho es un tuit de la consejera de Justicia de la Generalitat, Ester Capella, que recuerda el aniversario del final de la contienda y el subsiguiente inicio de la represión y el exilio: represión y exilio que hoy “continuamos teniendo”. Por último, el diario Ara propone un test especial en redes, de nuevo a partir de la consideración de la efeméride: ¿Eres fascista? 65 preguntas sí o no en un juego en el que una única respuesta en el sentido incorrecto lleva a ser etiquetado como aspirante a fascista y a que el dispositivo ironice sobre la condición de quien contesta animándole a perseverar en la senda emprendida. Muchas de las preguntas de la encuesta son del tipo que requiere argumentaciones serias, y nada tienen que ver con el fascismo como ideología; tampoco sirven para detectar una personalidad intolerante sin incurrir, como poco, en la misma actitud abusiva que se juega a denunciar.

“La izquierda racional e ilustrada de nuestro país suele formular muy amargas quejas sobre lo que experimenta como irritante conjunción entre la nueva izquierda postmo y el nacionalismo catalán”

La izquierda racional e ilustrada de nuestro país suele formular muy amargas quejas sobre lo que experimenta como irritante conjunción entre la nueva izquierda postmo y el nacionalismo catalán. La pedagogía bienintencionada de su habitual ¿cómo puede pretenderse ser a la vez nacionalista y de izquierdas? soslaya, no obstante, ciertas realidades que no parece capaz de aceptar: que esa nueva izquierda postmoderna –o postmaterialista- es ya culturalmente hegemónica, y aunque el eje izquierda-derecha sigue siendo esencial y operativo en la fijación de las preferencias, su potencial clientela de votantes se ubica en el mismo, mayoritariamente, no a partir de consideraciones económicas –y no digamos de clase-, sino seducida por uno o varios de los ingredientes del cóctel identitario que la nueva izquierda agita sin descanso. En otras palabras: aunque la dicotomía entre izquierda y derecha aún funciona para diferenciar –y más en nuestro momento polarizador-, la clave está en la distinción entre política populista y la que se resiste a serlo, entre una concepción liberal y otra iliberal de la democracia. La nueva izquierda y el nacionalismo comparten de forma esencial la misma cultura política del particularismo que, para hacerse operativa, identifica a un enemigo. Ésa es la encrucijada de la izquierda, de nuevo dos facciones que pugnan entre sí con fuerzas desiguales, y tal el motivo por el que un socialdemócrata de corte clásico sentirá que le resulta más sencillo entenderse con un liberal, incluso con un conservador, que con un izquierdista de nuevo cuño. Socialdemócratas aún comparten, en nuestros días de disgregación, con liberal-conservadores y con la Democracia Cristiana, el bagaje común de haber erigido juntos, en la posguerra, las bases del mundo que hoy habitamos, y con ellas, un Estado social a la par que liberal, el mayor logro colectivo que el hombre ha conquistado en su historia política. El eco de ese pacto fundacional todavía reverbera en el ADN de muchos socialistas democráticos y les somete a un dilema, ante la disyuntiva de tener que elegir entre una visión centrífuga y otra centrípeta de la acción política: entre abandonarse a la inercia de la polarización que le empuja a alinearse con esa nueva izquierda de principios en gran medida extraños, o bien postular –aunque sea de forma callada- por un exigente ejercicio de reconstrucción de nuevos consensos con sus rivales de siempre.

Al socialdemócrata clásico le inquieta la irrupción de un partido como Vox, pero sabe también que no hay 400.000 fascistas en Andalucía, ni serán fascistas la inmensa mayoría de quienes elijan de igual modo dentro de tres semanas. Entiende –como sabe el ya proscrito Errejón- que una parte de sus simpatizantes lo son por resortes psicológicos muy similares a los que pusieron en el mapa político a Podemos. Vio con preocupación el populismo interclasista en el arranque de ese partido –la casta, el régimen del 78-: instante seminal, reconocible, en la dinámica de disolución del siempre frágil consenso cívico. Pero siente repugnancia ante su actual mensaje de confrontación, mucho más burdo, pero también más peligroso: esa nueva izquierda que se pretende depositaria de valores eternos –y a la que copia sin pudor el nacionalismo más derechista y conservador- y grita fuera de sí contra un supuesto fascismo que ya se pretende ver en cualquier sitio, una fantasmagoría que se extiende como mancha de aceite para invadir los valores básicos del constitucionalismo y de la democracia liberal.

“Al socialdemócrata clásico le inquieta la irrupción de un partido como Vox, pero sabe también que no hay 400.000 fascistas en Andalucía, ni serán fascistas la inmensa mayoría de quienes elijan de igual modo dentro de tres semanas”

El socialdemócrata clásico rechaza la acción de una izquierda mucho más atenta a adoctrinar que a transformar la realidad, más proclive a encuadrar que a explicar. Que falsifica de modo grotesco la Historia e insufla en sus bases la fórmula incendiaria de la superioridad ética en el celofán de la emotividad pueril –Colau, Iglesias-, y ello con efectos bien palpables de intolerancia hacia el otro, con la extensión de la idea –que se asimila como natural- de que se puede expulsar de la comunidad política a quien señalamos como de extrema derecha o fascista. La autocrítica y el contraste del pensamiento con la realidad –observa el socialdemócrata clásico casi con melancolía- son ajenos a la acción de esta nueva izquierda, que ni tiene pensamiento más allá de la agitación ni asume responsabilidad alguna por sus actos -¿cómo iba a hacerlo si su estrategia se reduce a fracturar?-, y siempre los externaliza y proyecta. Así, Vox no es presentado como réplica bien previsible en clave nacionalista, e imputable por tanto a la búsqueda de hegemonía cultural emprendida por Podemos y al envite de los secesionistas, sino que se explica, en una fábula que masajea el ego de su parroquia, por efecto de la maldad de los poderes fácticos y del Ibex 35.

El socialdemócrata clásico –tan liberal como de izquierda, demócrata, defensor del pluralismo- espera que algo revierta el signo de los tiempos y lo vuelva a colocar en el carril central de la cultura política de las democracias. Ese algo debería ser, piensa con toda lógica, una reconstrucción de los consensos esenciales. Pero también cree que le serviría, aquí en España, siquiera como arranque de una dinámica esperanzadora, una cierta aritmética el próximo 28 de abril.

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