La mujer que lloraba a mi lado a las 9 de la mañana, cuando pasaba la Madrugá del Puerto de Santa María este Jueves Santo, no llevaba ropa elegante o de marca. Tampoco llevaba ninguna pulsera con la bandera de España atada a la muñeca. (Tampoco mi abuela cuando se asomaba a ver pasar a las 4 de la mañana el paso de la Hermandad de la que su padre había sido Hermano Mayor en Arcos de la Frontera.)

El hombre que estaba sentado en la Ribera del Río viendo girar al Nazareno por la Bajamar pocos minutos después y que me decía que había venido a acompañar a su sobrino, que tocaba en la banda que le tocaba al paso no era tampoco un terrateniente. Era un hombre humilde de Bornos, que llevaba trabajando toda su vida y que también me dijo que las ciudades como Sevilla le parecían demasiado grandes para él, que había estado mucho por trabajo allí, pero que no terminaba de encajar, y que como Andalucía no había nada.

«Cada vez que tengo la suerte de poder vivir la Semana Santa en cualquier parte de España veo que la mayoría de la gente que se tira a las calles a reencontrarse con la tradición que ha mamado con lágrimas en los ojos no son ricos, ni de ninguna ideología en concreto»

Cada vez que tengo la suerte de poder vivir la Semana Santa en cualquier parte de España veo que la mayoría de la gente que se tira a las calles a reencontrarse con la tradición que ha mamado de sus padres y de sus abuelos con lágrimas en los ojos no son ricos, ni de ninguna ideología en concreto. Son gente normal que cuando ven las imágenes de la pasión de Cristo en procesión, y huelen el incienso, o escuchan las maravillosas bandas que tocan marchas para las que no hay palabras para describirlas, lloran o se sonríen (pero sobre todo lloran) recordando a los que ya no están, o lo que han hecho bien o mal en el último año. Es una forma de encontrarse con lo que es uno mismo, o con lo que dejó de ser. Una comunión de personas. Una de las experiencias más bonitas que he vivido en lo poco que llevo de vida.

En estos tiempos en los que todo está mercantilizado, monetizado o prefabricado, ver la pureza y la simplicidad de las emociones a flor de piel es reconfortante y especial.

Por eso las actitudes que se dan desde uno y otro extremo del espectro político me parecen vergonzosas. La apropiación de una fiesta y unos símbolos y unos sentimientos que son de todos por la derecha debería encontrarse con la firme oposición de todos aquellos que dicen defender al pueblo y a la gente corriente. No podemos permitir que la Semana Santa sea una cuestión que los más ricos, los de siempre, tomen como suya. No podemos permitir que la izquierda se tome el lujo de despreciar nada que cree lazos de comunidad tan fuertes como lo hace la fe, por una falsa sensación de superioridad de pensamiento, de descreimiento. Los creyentes también pensamos y razonamos pero, ante las dudas, preferimos mirar con optimismo un día a día que no es nada fácil y creer que mañana será mejor si nosotros somos mejores. Independientemente de todos los males que la Iglesia haya cometido a lo largo de los siglos, de sus lamentables posiciones como institución frente a muchos progresos sociales, la enorme cantidad de personas que se emocionan  gracias a la Semana Santa en particular no tiene por qué comulgar con cada uno de los dogmas que plantean desde las altas instancias eclesiásticas. Y no lo hacen. No lo hacemos.

En un vídeo que se ha viralizado en Twitter estos días (viralizado de verdad, no movido por ningún medio de comunicación para que así hable todo el mundo de él) se ve a varios jóvenes llorar y lanzar salves a la Virgen, con ese arte tan característico de Andalucía y de los andaluces. Es un vídeo gracioso, sí. Se ve a los jóvenes muy exaltados y diciendo cosas como “LaReinaDelMartesSantoooo” gritando, pero la sensación que da, al menos a mí, es de alegría, de ver a alguien auténtico, que se emociona con lo que se emociona y con ese entusiasmo que muchas veces es divertido de ver en cualquier situación.

Las respuestas de muchos en la red social han sido, desde mi punto de vista, o bien lamentables en sí mismas o bien seña de una lamentable falta de conocimiento sobre la realidad de la gente de a pie. Incluyendo a un exdiputado de un partido político que se hace llamar de la gente escribiendo cosas como “(…)Sevilla y el barrio no somos el folclore, fanatismo y catetismo que tú nos adjudicas y celebras”. Joder. Gracias por tu transversalidad. El cristianismo parece ser la única minoría que no hace falta defender.

Mientras tanto Vox y Casado se frotan las manos defendiendo lo evidente (que todo el mundo debería ser libre de expresar sus sentimientos religiosos) de manera triste (Casado saliendo de procesión de penitencia con la cara al descubierto cuando la penitencia es anónima por algo. ¿No recuerdan lo de “que tu mano derecha no sepa que está haciendo la izquierda”? o “tú, cuando ayunes, péinate y lávate la cara. Así, nadie se dará cuenta de que estás ayunando, excepto tu Padre, quien sabe lo que haces en privado; y tu Padre, quien todo lo ve, te recompensará” que aparece en el Evangelio de Mateo) o incitando al odio y a la confrontación como hacen Abascal y los suyos, en una actitud absolutamente anticristiana.

«La religión es cultura, y toca a muchísima gente que, cuando hay que meter la papeleta en la urna, debería mirar únicamente por quien defiende mejor sus intereses en lo administrativo y lo legislativo, no quien se ríe de o quien defiende que tú puedas emocionarte al ver pasar una procesión»

La religión es cultura, y toca a muchísima gente que, cuando hay que meter la papeleta en la urna, debería mirar únicamente por quien defiende mejor sus intereses en lo administrativo y lo legislativo, no quien se ríe de o quien defiende que tú puedas emocionarte al ver pasar una procesión. La Semana Santa es de todos los que quieren acercarse a ella -igual que la fe-: realmente transversal. Mostrarse intolerante al respecto es un error que muchos acabarán pagando en las urnas, y con ellos, nosotros, los creyentes, y nosotros, la gente normal, cuando los únicos que defiendan según que ideas sean los que menos se preocupan por los problemas del común de los mortales.

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