El pasado verano, después de la moción de censura que se llevó a cabo para derrocar a Rajoy auspiciada por PSOE y Unidas Podemos y respaldada por los partidos nacionalistas, parecía que la izquierda española por fin se iba a poner de acuerdo en algo. Espejismo.

La campaña de acoso y derribo de la derecha (en su pleno derecho) contra el gobierno salido de la moción de censura con la colaboración de los medios de comunicación afines (menos lícito) llevó a elecciones que ganó el PSOE, con la posibilidad de formar gobierno con Ciudadanos (prontamente frustrado con ese ‘Con Rivera no’ y con el no de Rivera) o con Unidas Podemos y el apoyo de los partidos de la moción de censura.

Más de tres meses después, lo que hizo la izquierda el último verano ha quedado solo en una ilusión o en un engaño, según se mire. La incapacidad de las fuerzas llamadas progresistas para llevar a cabo el mismo acto de hacer política (sufren de impotencia escénica) ha llevado al país a una situación de bloqueo en el que nadie sabe quién dirá la siguiente mentira. Lo peor es que todos parecen competir por llevarse la palma.

En un escenario que parece llevarnos a una vuelta histórica de lo que queda del bipartidismo (nada será igual a 2011, pero tampoco nada será igual a 2015) Sánchez y Casado se frotan las manos; quizá hasta mutuamente. Por un lado el radicalismo de Rivera y Ciudadanos, igualando y hasta superando al PP en su derechizcación pero nunca en intención de voto (un apunte curioso es que Pedro Jota Ramírez haya criticado a Ciudadanos en su tajante no a Sánchez -acertadamente- y que la línea editorial de El Mundo se derechizará para robarle lectores a ABC en el cambio de siglo, siempre de acuerdo a ‘El Director’ de David Jiménez, en una tendencia curiosa entre los liberales centristas). Por otro, la estulticia de Unidas Podemos (más bien de algunas de sus diferentes facciones) incapaz de reconocer una oportunidad histórica que ellos mismos reclamaban pocas semanas atrás. Como tantas otras veces en las que queremos algo tanto que lo dejamos pasar por anclarnos en el deseo.

Estos errores de los partidos nacionales hicieron que, en la segunda sesión de la fracasada sesión de investidura de Pedro Sánchez, los partidos nacionalistas, tan a menudo denostados, adquirieran un papel de (casi, casi) partidos de estado que ridiculizó a la llamada nueva política.

Todo esto ya es pasado. Igual que el anterior verano, igual que todo lo que pasó después de ahora. Sánchez y Casado se ven fuertes para volver a afianzar el bipartidismo en noviembre (para la historia las palabras del líder del PP en la investidura al candidato a la Presidencia hablando de  ensanchar el centro cada uno por su lado). En lo que sería la enésima muestra de la degradación de la política española, dos palabras, política y española, que cada vez se parecen más al oxímoron que fueron antes de la llegada de la democracia en 1978.

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