Con sus crisis gubernamentales constantes, Italia es el paraíso de los politólogos y, quizás, de los psicólogos amantes del delirio colectivo. Allí la política hibrida con la estridencia, más si cabe que con la corrupción, que ya es decir. En semejante contexto, la figura de Salvini no es más que el último eslabón de una escalera tortuosa.

Hace pocas semanas, Salvini provocaba una crisis de gobierno en Italia. Entendámonos: una crisis, a su propio gobierno, del que era vicepresidente y ministro del interior. Rompió la coalición de gobierno presentándole una moción de censura. Así pretendía llevar el país a nuevas elecciones, esperando que su partido, la Liga Norte, obtendría en las urnas un resultado histórico que le permitiría gobernar en solitario, algo que en los últimos setenta años de historia italiana suena a ciencia ficción.

«Salvini pretendía nuevas elecciones esperando que su partido obtendría en las urnas un resultado histórico que le permitiría gobernar en solitario, algo que en LA historia italiana suena a ciencia ficción»

El Primer Ministro, Conte, abortó la moción de censura dimitiendo antes de que se votase. De ese modo, el Presidente de la República, Mattarella, abrió consultas entre los partidos para formar un nuevo gabinete. El gobierno que acababa de dimitir era una coalición formada por la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas. El primero, actualmente, es partido inmerso en el espectro político del Frente Nacional Francés, Alternativa por Alemania y Vox. En cuanto al segundo, si bien recoge sensibilidades de izquierda antisistema y en algunos temas coincide con partidos como Podemos o Syriza, lo cierto es aglutina un discurso considerablemente xenófobo y es convencidamente euroescéptico. En cuanto a los impuestos y la economía, han dado más de un bandazo.

Se trata de los dos partidos más votados en las elecciones de 2018. No les fue precisamente fácil llegar a un acuerdo y menos elegir quién presidiría el gobierno. Profesor universitario, Conte  sonaba, antes de las elecciones, como ministro de Administraciones Públicas, si ganaba 5 Estrellas, si bien no pertenecía al partido ni iba en sus listas. No fue sino tras varias idas y venidas y un encargo fallido de formar gobierno, los partidos se pusieron de acuerdo y Conte se convirtió en Primer Ministro.

Un año después, con su popularidad disparada por redoblada dureza contra la inmigración, Salvini intentó forzar el adelanto electoral. El tiro le salió por la culata. El resto de partidos del Parlamento se pusieron de acuerdo y Conte fue invitado de nuevo a formar gobierno en una coalición en que estaban todos los partidos menos la Liga Norte.

Estos escenarios en Italia no son tan sorprendentes como pueda pensarse. En 2014, con sólo un año en el gobierno, Letta tuvo que dimitir como Primer Ministro, forzado por Renzi, colega de la misma coalición de izquierdas. Renzi quiso, y efectivamente logró, hacerse con la jefatura de gobierno.

«Salvini intentó forzar el adelanto electoral. El tiro le salió por la culata. El resto de partidos del Parlamento se pusieron de acuerdo y Conte fue invitado de nuevo a formar gobierno en una coalición en que estaban todos los partidos menos la Liga Norte»

Al margen de la calidad de la clase política, hay que decir que la arquitectura constitucional del país favorece esta inestabilidad gubernamental. El Presidente de la República es elegido cada siete años por una asamblea compuesta de diputados, senadores y compromisarios territoriales. Sólo se le puede destituir en caso de que cometa algún delito. Aunque no dirige la acción del gobierno, a él le compete nombrarlo, pero, dado que el gabinete sí necesita de la confianza de la Cámara de Diputados y del Senado, cualquiera de ellas puede presentarle una moción de censura que le obliga a dimitir si prospera.

A nivel interno, el Primer Ministro tiene mucho menos poder que la mayoría de jefes de Gobierno europeos Sí, en caso de que él dimita, debe hacerlo todo el gobierno, pero no puede quitar y poner ministros sin autorización del Presidente y, además, está obligado a someterse a la confianza del parlamento cada vez que lo hace. Por no poder, no puede ni dar órdenes a sus ministros; así, como suena. Únicamente puede formular directrices y recomendaciones. Esto quizás ayude a entender por qué en Italia duran tan poco los gobiernos y sus crisis resultan tan frecuentes. Además, hay que añadir que el parlamento italiano siempre arroja una composición fragmentada y, por si con eso no bastaba, cada partido se divide a su vez en numerosas corrientes fruto de las rivalidades entre sus líderes. Desde los años cincuenta, los gobiernos italianos han durado poco más de un año. Lo que no impide, aunque a los españoles nos cause extrañeza,  que, como ha ocurrido ahora, el Primer Ministro dimisionario haya sido a menudo encargado por el Presidente para armar un nuevo gobierno.

Si hacemos una síntesis histórica, la República Italiana se proclamó en 1946, cuando la monarquía de los Saboya, manchada por su proximidad al fascismo, fue abolida en referéndum. El cambio de régimen llegó auspiciado por la Democracia Cristiana, partido democratacristiano de signo conservador, aunque socialmente progresista. Hasta 1953 el país estuvo dirigido por el Primer Ministro De Gasperi, fundador de la DC y convencido europeísta.

A su muerte, en 1954, la DC siguió monopolizando el gobierno hasta 1993. De hecho, en esas décadas, sólo hubo dos primeros ministros no pertenecientes a este partido: Spadolini, partido republicano italiano, (1981-1982) y Craxi (1983-1987), socialdemócrata.

Sin embargo, eso no se tradujo precisamente en estabilidad gubernamental. Sí, todos los primeros ministros eran de la DC, pero el partido estaba dividido en diversas corrientes: la corriente más derechista, a la que pertenecían Cossiga o Andreotti y las más centroizquierdista, donde destacaron Fanfani o Aldo Moro. Además de las preferencias de estos partidos por pactar gobierno con partidos a su izquierda y a su derecha, un sinnúmero de rivalidades y antagonismos personales internos ayudaban a que los gobiernos duraran más bien poco.

Pese a todo, en esta época se forja la famosa cultura italiana de pactos políticos. La DC tenía la capacidad de llegar a acuerdos a derecha e izquierda. En 1978, poco antes de su secuestro y asesinato por el grupo paramilitar comunista, las Brigadas Rojas, Aldo Moro trató incluso de sacar adelante el llamado Compromiso Histórico para meter a los comunistas en el gobierno. De ese modo, buscaba dar cabida institucional a lo que luego sería el eurocomunismo, o comunismo democrático contrario a la URSS, nacido en las filas del PC italiano de Berlinger. Recordemos que estamos en el contexto de la Guerra Fría.

Por su parte Andreotti, pese a su talante más conservador, no dudó en integrarse en el pentapartido, la coalición de cinco grandes partidos presidida por Craxi en los años ochenta.

En 1992, salió a la luz el caso Tangentopoli, que revolucionó el panorama político italiano. Todos los partidos existentes desde el advenimiento de la república, todos, tenía cuotas desproporcionadas de corrupción y los contactos con la mafia y la camorra no eran infrecuentes en la mayoría. Tal fue la magnitud del escándalo que la DC se disolvió. Varios de sus miembros, además de políticos de otros partidos y hombres de negocios, fueron a la cárcel y Craxi se exilió a Túnez, donde murió sin poder regresar jamás a Italia. En este contexto tuvo su auge la nueva derecha de Berlusconi, mucho más neoliberal. Sin embargo, la popularidad de Berlusconi disminuyó a raíz de lo mal que su gobierno gestionó la crisis económica, que forzó su sustitución por el Primer Ministro tecnócrata, Monti (2011-2013). Además, su posterior integración en una gran coalición con la izquierda, hizo que la Liga Norte de Salvini se convirtiera en la fuerza hegemónica de las derechas en el país.

«Es pronto para enterrar a Salvini. Líder de un partido que ha pasado de flirtear con el fascismo, a abrazar el neoliberalismo, pasando por una etapa de independentismo lombardo, ha sabido homogeneizar sus filas con su discurso contra la inmigración»

Este breve esbozo de la historia parlamentaria italiana nos permite afirmar que, aunque ha perdido este asalto, es pronto para enterrar a Salvini. Líder de un partido que ha pasado de flirtear con el fascismo, a abrazar el neoliberalismo, pasando por una etapa de independentismo lombardo, ha sabido homogeneizar sus filas con su discurso contra la inmigración. Además, ha conseguido catapultarlo en votos en las últimas elecciones y, por ahora, todos los sondeos le auguran mejoras en futuros comicios.

¿Qué representa Salvini? Como el resto de populismos de derechas, Salvini ha sabido conectar con una preocupación social muy extendida en Europa: el miedo a perder la identidad que se ama.

«Como el resto de populismos de derechas, Salvini ha sabido conectar con una preocupación social muy extendida en Europa: el miedo a perder la identidad que se ama»

¿Es ese miedo racional? ¿El envejecimiento de Europa, un problema difícil, admite soluciones fáciles? En mi opinión, bajo el discurso identitario subyace el pánico a ver que están en riesgo las formas de vida hasta ahora conocidas, las condiciones laborales, los servicios recibidos y el futuro de la siguiente generación. Más que la búsqueda de un chivo expiatorio, creo que mucha gente interpreta el problema desde el desconocimiento de sus causas complejas. En todo caso, sin ser infiel a mi vocación de sinceridad, antes que pontificar mi doctrina, prefiero que sea cada lector reine sobre sus propias ideas.

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