La política española llora como aquel que ve la catedral de Notre Dame entre llamas. Implacable fuego que quema y deshace lo que ha sido un plasma de la historia. Figura representativa de la pasión del arte y a la vez del rechazo que a muchos les genera la religión. Una muerte que se estaba anunciando y ante la que solo cabía esperar el milagro. Porque el ciudadano, con una camisa de fuerza, solo podía mirar cómo los médicos disfrazados de bomberos curaban a su paciente.

«España ha encontrado a su Notre Dame en Rubalcaba, aunque en este caso no hubo milagro que salvara su vida y mantuviera en lo alto el reflejo más esplendoroso de la política nacional»

España ha encontrado a su Notre Dame en Rubalcaba, aunque en este caso no hubo milagro que salvara su vida y mantuviera en lo alto el reflejo más esplendoroso de la política nacional. Si la catedral aguantó bombardeos en tiempos de guerra, el Ministro también en los años de negociaciones con ETA. El injusto adiós de Alfredo Pérez Rubalcaba ha supuesto recordar lo que era el Congreso y sus tripas. No hablamos de buena gestión, sino de pasión por buscar el bien de los ciudadanos. Una filantropía que partía de una base ideológica, pero que mantenía siempre intacto el objetivo principal. El punto de partida y la premisa de que ahí no se estaba por la pasta y sí por la gente.

Rubalcaba tuvo errores. Muchos, grandes y casi imperdonables. Pero sus ‘pros’ superaron a sus ‘contras’ y su personalidad de hombre fiel a la democracia española pudo con el gen de mentiras piadosas que todos los representantes públicos tienen en la parte más recóndita del genoma humano. Alfredo Pérez Rubalcaba se comportó como un hijo de la Transición, capaz de moverse en arenas movedizas manteniendo el espíritu de negociación y bajo principios de racionalidad en todo momento. Y también como un padre de España que siempre buscó el bien para su país y que, una vez que su hijo, materializado en el Estado, cumplió los 18 y se fue de casa, supo dar un paso atrás para volver a su carrera de profesor universitario.

Su espíritu político sigue en la atmósfera española. El fallecimiento de Rubalcaba ha conseguido hacer pegamento en una formación que llevaba rota desde la llegada de Pedro Sánchez. También ha despertado el marianismo que más se echaba en falta tras la reconversión que el PP lleva a cabo cada domingo. Y ha obligado a retratarse a aquellos partidos cuyos militantes, en su día, planeaban atentar contra aquello que representaba Rubalcaba, también a los que buscan reventar a base de inconstitucionalidades el Estado de Derecho al que contribuyó el socialista. E incluso a esa Alianza Popular teñida de verde que, pese a haber ‘mamado’ democracia ‘rubalcabista’, han justificado su ausencia en no tener relación con él.

«El fallecimiento de Rubalcaba ha conseguido hacer pegamento en una formación que llevaba rota desde la llegada de Pedro Sánchez»

El azar de la vida ha hecho que, justo en el punto de mayor crispación, un pilar básico de la política española se haya marchado, reflotando de forma directa pero inconsciente el sentimiento de unidad nacional frente a las adversidades. La vieja política cada vez está más extinta y, con ella, el cariño fraternal que la ciudadanía ha llegado a establecer con sus representantes más correctos de su carrera democrática.

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