En la mayoría de relaciones -da igual que duren 15 minutos en el baño de una discoteca o 34 años de matrimonio- hay un momento en el que se jode todo. Puede ser vomitar en el momento inadecuado o morirse. Pero joderse todo se jode, de eso no hay ninguna duda.

Me gusta llamarle a esa situación punto de break (siempre spanglish) por el acertado término tenístico. Estás luchando ganar el punto lo más fácilmente posible y no lo ves venir. El más o menos agradable juego de “ahora ganas tú y ahora gano yo” -hoy vamos a cenar a tal sitio y el sábado comemos con tu padre- se convierte en una situación polarizante en la que gana uno para perder los dos. Romperle el servicio a tu pareja es tan kamikaze como vengativo; solo apto para quien no tiene nada que perder.

El tenis, como la vida, es un juego en el que estás solo. Lo sabía Woody Allen cuando escribió la mejor escena inicial de los últimos veinte años en Match Point. “Durante una fracción de segundo (la pelota) puede seguir hacia delante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte, sigue hacia delante y ganas, o no lo hace… y pierdes.” En la película Chris Wilton vive solo porque juega al tenis solo. Por eso nunca es un gran tenista ni un gran compañero.

No es así en la relación de Nadal con Roland Garros, y quizá tampoco en la próxima que tengas. Lo que está claro es que hay que aprender de Nadal. Si lo tuyo es Roland Garros no te rompas la rodilla por intentar ganar un premio de tercera en pista rápida. De esas victorias de uno, que a la larga son derrotas, solo te acuerdas tú entre sudores fríos cuando ves a otra persona agotada y victoriosa en lo que era tu terreno.

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