Barcelona. El ayuntamiento ha decidido que aunque sea noviembre ya ha llegado el espíritu navideño, toca encender luces de colores y colocar un pesebre en la plaza Sant Jaume que siempre es criticado. Los comerciantes esperan que la población consuma todo lo que pueda (y más) tras un mes especialmente crudo. Para estimular las ganas de compra se adoptan costumbres norteamericanas de descuentos en un viernes al que llaman “negro” y que mantiene a la gente en las tiendas a la caza del descuento. Cada vez circulan más coches y motos, parece que hay dinero en los bolsillos para llenar los depósitos de gasolina. En los supermercados se recogen alimentos para los más desfavorecidos y observo que la gente pone en las cestas más galletas y zumos azucarados que garbanzos o arroz (ser pobre no supone renunciar a una buena ración calórica, pienso). Entrevistan a una señora que acaba de contribuir a la causa, y razona que como los que gobiernan no responden, no tenemos más remedio que actuar nosotros, la gente de la calle. Están previstos maratones y programas de televisión para recaudar dinero para la investigación y tratamiento de enfermedades. Se recuerda la necesidad de acoger a los refugiados ya que los políticos no acaban de cumplir los compromisos que se hicieron en Europa, compromisos que quedaron en el olvido a pesar de que miles de personas viven desplazadas de sus lugares de origen a los que probablemente no volverán jamás.

thecitizen.es
Fotografía: AFP

Alepo, la que fue la ciudad más poblada de Siria, con unos cinco millones de habitantes en 2010, capital económica del país, se recupera a duras penas de una guerra interminable de más de seis años y que todavía continúa en otras poblaciones no liberadas. Los que se quedaron y los que vuelven a casa a cuentagotas son poco más de trescientos mil. En los edificios que quedan en pie, los cortes de suministro eléctrico son frecuentes, el agua escasea y el frío del invierno está a las puertas. Durante la guerra, gracias a los drones, nos llegaban imágenes de inmuebles devastados, de cráteres inundados por el agua de las cañerías reventadas, de niños que jugaban en las ruinas y que encabezaban las listas de muertos porque las bombas no discriminan, matan a civiles y a militares. El Banco Mundial cifra el total de víctimas en 470.000 (un tercio de ellas, civiles). Las escuelas fueron clausuradas (más de un 43% fueron destruidas total o parcialmente) y en los hospitales que quedaban en pie los médicos tenían que escoger los pacientes destripados por la metralla que iban a atender, porque les faltaba material, anestesia, equipos, formación, medicamentos para tratar a la gente con patologías tan “familiares” como cáncer, diabetes, hipertensión. Y ello sin contar las heridas psicológicas que no se ven, pero están, nadie puede curarlas.

El Banco Mundial cifra el total de víctimas en 470.000 (un tercio de ellas, civiles)

Hay un plan de reconstrucción que no se ha traducido en cifras, quizá porque nadie se atreve a concretarlas y se especula que se necesitarán seis años de trabajo continuo solo para limpiar las toneladas de escombros de Alepo. Las familias que vuelven a casa contemplan las ruinas de un escenario apocalíptico y se resignan a pagar alquileres en sitios menos devastados si no pueden costearse la rehabilitación de su hogar. El zoco, destruido en un 70% ha empezado a funcionar con tenderetes provisionales. Y poco a poco habrá que volver a empezar, no queda otra.

Son imágenes, postales, unas de aquí y otras de lejos. Éstas nos parecen ajenas porque la memoria es frágil, en el siglo XX las vivieron nuestros padres y abuelos y aunque nos las han contado, ya las hemos olvidado. La señora del supermercado tenía razón, el tejido ciudadano, la ayuda de persona a persona, los héroes anónimos, el grano de arena, funcionan como siempre lo ha hecho. Los gobiernos y los políticos siguen jugando a hacer equilibrios para contentar a aquéllos a los que obedecen. Ellos sabrán quiénes son. Nosotros, a lo nuestro.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here