¿Por qué jóvenes nacidos en Europa engrosan las filas del grupo Estado Islámico con el deseo de morir matando el mayor número de civiles en las sociedades en las que crecieron o en un país del que sólo han tenido noticias por videos ultraviolentos que circulan por las redes sociales? Estas preguntas, que se repiten con cada atentado, recorren las páginas de Les Révenants. Ils étaient partis faire le jihad, ils sont de retour en France ( Los Retornados. Fueron a hacer la yihad y están de regreso en Francia) (editado por Seuil/ Les Jours), del periodista francés David Thomson.

El ensayo, ganador este año del prestigioso premio Albert Londres, es el fruto de entrevistas realizadas a islamistas desde 2011, cuando como corresponsal en Túnez para Radio France Internationale empezó a entrever diferencias entre los salafistas quietistas, que defienden una lectura literal del islam, y quienes se presentaban ante él como los salafistas yihadistas, dispuestos además a librar una guerra santa bajo una bandera negra.

Fue en Túnez, teatro de la llamada primavera áraben pero también el país más afectado por el fenómeno yihadista, que el reportero comenzó a ganarse con dificultad la confianza de hombres que lo “detestaban triplemente por ser francés, cristiano y periodista”. A partir de entonces y durante cinco años, Thomsom entrevistó y siguió el derrotero de un centenar de yihadistas, hombres y mujeres, tunecinos, pero también franceses, belgas o suizos.

Thomson narra cómo los desilusionados de la Primavera Árabe abandonan primero el sueño de alcanzar  la isla de Lampedusa, puerta de Europa, a través de embarcaciones precarias, y luego deciden emigrar masivamente a Siria, donde esperan encontrar el “paraíso celestial”.

Testigo de las primeras olas de yihadistas franceses, el periodista trató de alertar a la opinión pública francesa sobre el regreso de los retornados a Europa y los planes explícitos de jóvenes combatientes que le hablaban de golpear a Francia. Algunos de ellos formarían parte del comando de los atentados de París el 13 de noviembre de 2015.

Thomson recuerda la humillación cuando explicó la amenaza inminente en el set de televisión de un programa gran escucha frente sociólogos y profesores universitarios buscaron ridiculizarlo, además de acusarlo de “hacerle el juego al populismo europeo”.

“Es imposible, tienen que estar drogados, deben ser locos”, le decían los “yihadoescépticos”, recuerda hoy con cierta amargura en una entrevista a L’Obs.

Era antes de los atentados de Charlie Hebdo, Hyparcasher, Le Bataclan, antes de que los ataques se convirtieran hasta hoy en la rutina macabra de las ciudades Europeas.

Frente a los “yihadólogos” improvisados, sociólogos que buscan resumir la problemática al racismo y desempleo, dirigentes de todo el arco político quieren llevar a agua a su molino, nada mejor que escuchar en primera persona a los protagonistas del terrorismo “made in Europe” a través del filtro alerta y paciente de quien siguió sus trayectorias desde las redes sociales hasta Siria, la cárcel o la muerte.

La legitimización de la violencia

Se llaman Bilel, Yassin o Lena, pero también Kevin o Quentin. Son chicos de los suburbios empobrecidos de las grandes ciudades, pero también hijos de médicos, ex monaguillos de zonas rurales convertidos al islam, escort girl católica devenida musulmana… Forman parte de los entre 5.000 y 6.000 yihadistas europeos que viajaron a Siria o Irak para vivir el califato autoproclamado del grupo Estado Islámico (EI).

A priori es difícil encontrar un denominador común entre las motivaciones de estos jóvenes. La pobreza, el racismo, la ley francesa contra el velo islámico, los bombardeos de la coalición internacional integrada por Francia sobre países islámicos que suelen invocarse no bastan para  explicar por qué alguien decide abrazar la ultraviolencia yihadista y la fascinación por la promesa de una muerte como “mártir”.

Sin embargo, a través de los relatos en primera persona de raperos fracasados, de adolescentes magrebíes de zonas periféricas” en una sociedad cuyo único horizonte posible parece ser el consumismo, surgen pistas.

La gran mayoría no se radicaliza en mezquitas sino en el caldo de cultivo yihadista que son las cárceles francesas, a donde llegan para purgar una pena por delitos comunes (robo, venta de drogas), y, de manera fulgurante, a través de las redes sociales y los videos de propaganda que pululan en ellas.

Es recurrente hallar en los aprendices de yihadistas una violencia preexistente y una escolaridad caótica que condena a lo más bajo de la escala social, un horizonte propicio a que se vean seducidos por la promesa de una aventura y, sobre todo, un nuevo paradigma que los coloque en la cima de la pirámide.

“La Siria del yihad toma la forma de una tierra de la abundancia material y espiritual donde los dominados se convierten en dominantes, donde las relaciones de clases se invierten, donde los jóvenes franceses en su mayoría oriundos de minorías se apropian el monopolio de la violencia legítima del Estado luego de pagar un ida simple para Turquía”, antes de pasar a Siria, escribe Thomson.

“Sometidos a una legislación de la que se estiman víctimas en Francia, se convierten en garantes de la imposición ultraviolenta de su propia legislación en Siria. Es la revancha sangrienta de los humillados, el remedio de todas las frustraciones, generando desde 2013 partidas exponenciales en momentos en que el fenómeno es desconocido por los medios y mal evaluado por los servicios de inteligencia”, apunta.

“El yihad se concibe como la respuesta más radical a la determinación social, a las fallas psicológicas, familiares, de identidad, a través de una experiencia liberadora, magnificada por un proyecto a la vez lúdico y trascendental”, subraya.

El jefe violento de una banda de delincuentes de los suburbios, el rapero con vocación frustrada pero de ego hipertrofiado, la joven prostituta abusada en la infancia o el ex monaguillo para quien la teología católica resultaba demasiado compleja, encuentran un modo expeditivo de saciar su “sed de absoluto”, de tener un rol protagónico en un marco rígido y simple.

Para algunas mujeres, el velo integral primero y el casamiento con un desconocido después, se revelan como un modo de cortar la presión de la competencia sexual, de sustraerse de la mirada del otro y de borrar las diferencias sociales. Que luego los yihadistas traten de encontrar lo más parecido a Kim Kardashian en el abominable edificio donde ISIS encierra a solteras y viudas es otra historia. Para ellas, es la única salida legal posible de un infierno de promiscuidad y violencia, regenteado por un temible matrona que gestiona los casamientos.

Los retratos de Thompson cuentan la experiencia surrealista de jóvenes que deben decir desde un primer momento si quieren alistarse como combatientes o kamikazes. Esto último les garantizaba hasta hace poco una semana de vacaciones en villas con piscina arrebatadas a familias sirias y visitas a parques de diversiones antes de hacerse estallar. El todo, filmado para Facebook, en lo se dio en llamar el “Lol Yihad” de jóvenes posando con armas largas, cabezas, automóviles de lujo y una vida digna de un video de hip-hop. La cultura de los suburbios franceses exportada a Siria.

Ahora, con el avance de la coalición y la inexorable caída de los bastiones yihadistas, el EI dejó de llamar a emigrar al País de Sham (o Gran Siria), y pide atacar a través de cualquier medio a los “infieles” en Europa. Entretanto, están los que regresan. Porque no quieren terminar muertos o por la decepción de ver musulmanes matando musulmanes, el descubrimiento de la burocracia yihadista o, como dice uno de los 250 que ha regresado a Francia: “Yo no vine para imponer la sharia, vine para vivir la sharia”, una alusión a las reticencias de los sirios que rechazan que extranjeros les impongan un modo de vida. Otros regresan porque sus familiares los fueron a buscar, como la pareja de médicos que viaja con sus hijas adolescentes a Siria para infiltrarse entre los yihadistas como voluntarios y extraer al hijo al que vieron malherido por Sype. Existen casos más triviales, como el de la francesa testigo de un parto sin anestesia peridural que decide volver a Europa para no tener que soportar el dolor de dar a luz…

Aparte de los 250 regresados a Francia, cifras oficiales indican que hay  actualmente en Alemania unos 280 retornados (de los 820 que se fueron), en el Reino Unido unos 450 (de 850), en Holanda 45 (de al menos 280), en Bélgica aproximadamente 120 (de 280), en Noruega unos 40 (de un centenar), en Suecia unos 150 (de 300), en Finlandia una veintena (de 80) y en Dinamarca unos 70 (de al menos 145). En Austria las autoridades estiman que de los 300 aspirantes a yihadista que se fueron (al menos la mitad son de origen checheno) unos 40 murieron y unos 50 fueron detenidos a su regreso, consigna la agencia AFP.

Y no todos están arrepentidos, y esperan el momento de golpear en Eurpa. Sobre todo mientras las autoridades no saben qué hacer con ellos. En Francia, el único intento institucional de desadoctrinar culminó con el cierre del primer centro dedicado a la “desradicalización”, que resultó ser un fiasco.
Entretanto, el ensayo de Thompson propone un acercamiento a la psicología y la banalidad de yihadistas que muchos quieren ver como “locos aisladados” o gente que “no tiene nada que ver con el islam”, cuando en la práctica leen y debaten sesudamente con autoridades religiosas los textos coránicos para justificar sus actos. El libro, publicado en diciembre en francés y que se apresta a salir en inglés, aún no tiene prevista una traducción al español. Es una pena, porque urge para entender quién y por qué nos quiere matar.

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