El tiempo de exposición es breve pero suficiente: ocho jornadas completas que distribuyo en idénticas mitades entre San Petersburgo y Moscú. Uniré las dos ciudades mediante viaje nocturno en el Flecha Roja, añeja institución sobre raíles que une reminiscencias soviéticas y modestísima apariencia de lujo a precio razonable.

La primera descarga la recibo en el avión: poco antes de aterrizar, mi vecino se lanza a hablarme. Es ruso, debe tener treinta años, sabe dos o tres frases en inglés. Me enseña un video grabado con su móvil: Barça contra Arsenal, desde la grada del Camp Nou. Es un tipo simpático. También es un armario: al mirarlo no puedo dejar de pensar en el Ejército Rojo y en alemanes ateridos que reculan en la tundra helada. Lo que me choca de veras es que esta facilona intuición se ve al instante rubricada: Vadim sigue con su móvil, ahora me muestra fotos. Vive en Siberia, aparecen cabañas, él que pesca, corta troncos, dispara con un rifle quizá contra esos mismos troncos… Empiezo a interesarme verdaderamente. Y justo al aterrizar elije, de su galería, una foto de Lenin. Luego otra de Stalin. Sonríe, sin malicia, con una jovialidad del todo inocente, y me lo señala: “Tovarich… He… Good boy”.

El siguiente estímulo tarda bien poco: será dentro del taxi, camino al hotel. Mientras en vano pretendo asumir la infinita avenida por la que rodamos –demasiado rápido para la vista, que no logra posarse en ningún detalle el tiempo suficiente-, el joven conductor forcejea con su inglés, un poco más solvente que el de su compatriota siberiano, para ilustrarme sobre alguna de las esculturas patrióticas que hemos dejado a un lado. Trato de seguir priorizando la ventanilla -¿era Lenin aquel volumen gigantesco en la plaza a nuestra derecha?-, pero, de repente, capto del conductor una palabra que me atrapa: Crimea. Aguzo el oído. Su idea: es nuestra, siempre lo ha sido. Rusia se la arrebató a los turcos. Los ucranianos no tienen razón. Putin is right. Tomo nota mental a la vez que decido que me las arreglaré de algún modo para venir a contemplar la desmesurada arteria. La Moskovskij prospekt o Avenida de Moscú, como comprobé nada más llegar a la habitación, más de diez kilómetros de impecable línea recta desde la periferia hasta lo que el turista conoce por San Petersburgo. Y sí, el de la estatua en actitud dominante y oratoria, en la plaza que pasó demasiado rápido, era Lenin.

«De repente, capto del conductor una palabra que me atrapa: Crimea. Aguzo el oído. Su idea: es nuestra, siempre lo ha sido. Rusia se la arrebató a los turcos. Los ucranianos no tienen razón»

Al día siguiente, la visita discurre según el inevitable canon turístico: para empezar, el encuentro inmediato con la Perspectiva Nevski, tan recreada desde adolescentes en nuestra imaginación de lectores. No decepciona, aunque tampoco te atrapa sin remedio: en el fondo, como nos enseño Celine, nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza. La necesaria ojeada a tiendas y quioscos de souvenirs, con estrambóticas camisetas de Putin para extranjeros poco sutiles o para nacionales que –quizá como mis interlocutores de ayer- segregan testosterona patria. La sucesión de canales, plazas y catedrales, el Almirantazgo, el Palacio de Invierno congestionado de orientales como luego estará el Kremlin. El placer, éste sí de verdad, de un fetichismo político mucho más íntimo, de caminar unos buenos kilómetros, de noche, para contemplar en hipnótica soledad el Palacio Táuride, sede, tras la Revolución de Febrero –la verdadera-, tanto del Gobierno Provisional como del célebre soviet de Petrogrado.

Todo en orden, o casi todo: a mediodía, en plena Nevski prospekt, un grupo de jóvenes que protestan. A no ser por el repentino megáfono, habría pasado de largo. La voz amplificada me despierta y me obliga a una panorámica cuidadosa: hay decenas de personas atentas, que ahora descubro y antes confundía con los paseantes distraídos ante los músicos, los quioscos de refrescos y escaparates. También hay periodistas locales, todos acreditados, y algunos camarógrafos con su correspondiente reportero. Y jóvenes que graban con sus móviles. Y policía, muchísima policía. ¿Cómo no había reparado en la escena? Antidisturbios, samuráis acorazados frente a una hilera interminable de furgonetas negras, de cárceles con ruedas de aspecto demasiado militar y, de algún modo, casi exótico. ¿Asiático? Elijo dos reporteros, saco mi carnet caducado del Col-legi de Periodistes de Catalunya –un efecto colateral del procés– y me presento como Spanish journalist. What’s happening here? Are they protesters? No hacía falta ser un lince para intuir de qué iba la cosa, iba del malestar creciente contra Putin por la anulación de candidaturas opositoras en las inminentes elecciones municipales y regionales, iba de la represión desplegada los últimos meses. Aun así, decido que mejor hacerme el tonto. Hubiera dado lo mismo: aunque me he dirigido al periodista, es el cámara, incómodo, el que se me saca de encima. Tras cuatro o cinco segundos de silencio interminable… Yes, they are protesters. Fin del intercambio. Ninguno de los dos me ha mirado la cara. Y de repente, algo ocurre. Primero llega el murmullo, que brota desde el núcleo de la escena, aún fuera de mi vista por la aglomeración. Luego la piña se abre, la gente retrocede, en un efecto en cadena el de delante se me echa encima, me obliga a dar varios pasos atrás. De inmediato, de ese mismo núcleo emerge un compacto volumen negro, acompasado como un ballet del Bolshoi: seis, ocho samuráis aparecen con un joven al que conducen en volandas como una exhalación. Directo hacia el furgón. Ha sido una inmovilización inapelable, indiscutible y mecánica, al punto que te invade una súbita melancolía. Miro a los que tengo al lado y creo que sienten lo mismo. Se escuchan, sin embargo, algunos gritos de protesta. Y algo que anima, aunque solo sea un poquito: varios jóvenes se atreven a seguir, a escasos dos metros de distancia, a los samuráis raptores. Les graban con sus móviles, dejan constancia de lo que pasa. Son chavales de no más de veinte años. Esos jóvenes rusos son bravos, como Vadim, aunque han caído en el otro lado. Hay que tenerlos bien puestos para atreverse a incomodar a esas máquinas. Después, en un café, me ha venido a la mente Farenheit 451, la película de Truffaut, sin duda por la gelidez robótica en la performance de los samuráis. Es ahí, en ese momento exacto, cuando decido que debo visitar el Museo de Historia Política de Rusia, en el mismo San Petersburgo, en su distrito en la isla de Petrogrado. Hay que rastrear pistas.

«Después, en un café, me ha venido a la mente Farenheit 451, la película de Truffaut, sin duda por la gelidez robótica en la performance de los samuráis»

Hoy, apreciado lector, usted que ha llegado hasta aquí, quizá ya esté informado del resultado de esas elecciones, que se celebraron ayer. ¿Se habrán movido mínimamente las cosas en Rusia? Lo que creí empezar a entender, queda para el segundo artículo de esta serie, en unos días.

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