La verdadera tragedia de la cultura española se manifiesta en el hecho de que en el siglo XX la antología del disparate nacional se forjara con las estupideces de los malos estudiantes, y sin embargo en el XXI con las de los profesores, consejeros y administradores de observatorios de lo que toque.

Si nos reíamos mucho en los ochenta con los libros de disparates escolares recopilados por Luis Díez Jiménez (aquello de traducir “Cogito ergo sum” como “Le cogí lo suyo”, solicitar que se mida un verso y contestar el estudiante que “En el pizarrón unos 75 centímetros, en papel menos”), la realidad de este momento está pidiendo a gritos un libro en el que se recojan los nuevos asaltos a la lengua y cultura españolas, que ya no son protagonizados por estudiantes inanes sino por corporaciones públicas de sueldo seguro o asociaciones de diverso pelaje. Los atentados contra nuestra historia e idioma ya no se reparten en el folio de un mal examen, sino desde el púlpito marmóreo de consejerías, diputaciones, universidades y otros organismos que han hecho de la corrección política un viaje sin retorno, que tendría más gracia si pretendiese ser humor y no doctrina.

“Los atentados contra nuestra historia e idioma ya no se reparten en el folio de un mal examen, sino desde el púlpito marmóreo de consejerías, diputaciones, universidades y otros organismos que han hecho de la corrección política un viaje sin retorno”

La ¿última? astracanada lingüística nos la ha ofrecido el Gobierno de Aragón, editando una guía por el “lenguaje inclusivo con perspectiva de género”, subtítulo que asusta porque ya se sabe que la expresión moderna es tautológica y repetitiva hasta donde se pueda. Ahí nos prohíben que utilicemos la palabra hombre, porque varón parece más apropiado si se refiere a uno en masculino. A mí me ha enternecido que también pida que llamemos a los niños criaturas, porque en su incultura creen que con ello apuntan a la modernez, cuando en realidad se acercan más a la tradición católica y catequética, aquella que repite por doquier que somos criaturas de Dios. A mí lo que más pereza me da es que tenga uno que cambiar ahora todos los chistes de maños y comenzar a contarlos diciendo: “Iba una persona maña por Zaragoza…”, “Andaba una criatura maña por el campo…”

No sabría decir si en Aragón han superado a algunos de sus antecesores en esto de la cirugía fácil del lenguaje, porque el mundo de la corrección política es un profundo abismo al que no se le conoce fondo. Sublime fue aquella oca de la diversidad sexual del Gobierno de Navarra, en la que los habituales dibujos infantiles de pescadores, granjeros o coches de fórmula uno habían sido sustituidos por casillas en las que te ofrecían la amplia oferta de goce sexual. Díganme si no es retorcido cambiar nuestro inocente camino de la oca por una especie de kamasutra inclusivo. Skolae, que así se llama el programa navarro, afirmaba en uno de sus contenidos que “Las relaciones sexuales pueden tener sentido incluso sin afecto y sin compromiso”. Hombre, pues lo del compromiso quizá, pero sin ni siquiera afecto… lo veo animalizante, y a lo mejor estamos otra vez, por incultura, ofreciendo lo contrario de lo que pretendemos. Relaciones sin compromiso ni afecto te acercan demasiado a lo no consentido.  Tampoco se quedaba atrás aquella propuesta pinturera de la asociación animalista PETA que proponía que nos acostumbráramos a cambiar la expresión castiza “Matar dos pájaros de un tiro” por “Alimentar dos pájaros con un trozo de pan”. No estaban intentando hacer un chiste, aunque nos riamos solo con pensarlo. Adaptaba una propuesta que la organización en Estados Unidos ya había intentado. Allí querían cambiar “Bring home the bacon” por “Bring home the bagels”, algo que también tiene lo suyo. Estoy esperando el momento en el que nuestros policías del habla se dejen de frases ñoñas y entren de lleno en el refranero más gore del español. Mi favorito es el que dice “Por ver a uno tuerto, me saco yo los dos ojos”, porque resume mejor que muchas tesis de las que ahora tanto se multiplican el carácter cainita y profundamente envidioso del español. Sinceramente, no sé cómo contar algún día a los nietos que mi generación invertía tiempo y dinero en lanzar autobuses a la calle recordando que los niños tienen pene y las niñas vulva, o con el ánimo de evitar que otra gente crea en Dios, entre otros intentos ridisurdos (entre ridículos y absurdos) de indicar a la gente lo que tiene que pensar.

“Todo esto ocurre porque la política del siglo XXI ha plagiado lo peor del estalinismo: la obsesión por controlar hasta el detalle más nimio el pensamiento y conducta de los ciudadanos”

Todo esto ocurre porque la política del siglo XXI ha plagiado lo peor del estalinismo: la obsesión por controlar hasta el detalle más nimio el pensamiento y conducta de los ciudadanos. La historia que hay detrás de todo esto es que el poder ya no se contenta solamente con recibir nuestro voto, sino que también quieren el pensamiento. Han puesto precio a nuestra cabeza, y además hay dos bloques que se la disputan: las tecnológicas (la medición de la vida en likes y dislikes para forjar una tribu de consumidores zombies), y la política, que pronto se atreverá a indicar por qué lado de la cama levantarnos para no ofender a nadie.

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