Hace unos días tuve la ocasión de moderar un panel de debate sobre noticias falsas, desinformación y propaganda, actividad que se ofrecía dentro de la primera edición de la Escuela de Verano de Societat Civil Catalana bajo el título genérico de La democracia constitucional del s. XXI. Hay que celebrar que la iniciativa de SCC, con un puñado de mesas temáticas desarrolladas por especialistas de primer nivel, ha sido un éxito notable, tanto cívico como intelectual. Esta plataforma, nacida el 7 de abril de 2014 para resistir la corrosiva propaganda independentista que fluía desde las instituciones y los medios hacia la población –y que anegaba la vida pública catalana desde hacía dos años-, acaba de expresar su voluntad de dialogar con la Assemblea Nacional Catalana e intentar así explorar el camino de la distensión. La respuesta que la ANC, la entidad creada ad-hoc en 2012 para movilizar a la ciudadanía hacia la secesión, ha dispensado a SCC a través de su presidenta Elisenda Paluzie, ha sido llamarles “fascistas”. Todo en orden: los que toman las calles y uniformizan a la ciudadanía en demostraciones de masas que disfrazan como festivas califican de fascistas a quienes acaban de organizar una reflexión académica de gran nivel sobre el estado de nuestras democracias. Éste es el estado de opinión que impera en la Cataluña infectada hasta el tuétano por el comunitarismo, tanto en su versión nacional-populista, como en el de la izquierda extrema y presuntamente antisistema. Por lo que se ve, además, las propuestas de distensión son respetables dependiendo de quién las haga. La indigencia moral que hay detrás de las palabras de Paluzie no es otra cosa que frustración mal disimulada por el éxito de una entidad que ya ha sacado por dos veces a la calle a más de un millón de personas para protestar -aquí sí, de forma espontánea y no militarizada– y que acaba de dar una nueva lección de talante y civismo con su escuela de verano. De paisaje de fondo, en una sociedad cada día más enferma de sectarismo, el citado virus de las noticias falsas y la desinformación. Por supuesto, nada de la basura que se lanza sobre SCC es cierta: allí colaboran hombro con hombro constitucionalistas de izquierda, de centro y de derecha, demócratas todos ellos, en una apuesta transversal que logra seguir adelante a base de superar las lógicas, y muy marcadas a veces, diferencias políticas: pluralismo en esencia. Pero, como bien sabe cualquier periodista o todo ciudadano atento al fenómeno de las fake news, una vez esparcida la mentira, el estigma persistirá aunque se desmienta por los hechos una y mil veces.

Por ello es capital no transigir con las noticias falsas, vengan éstas de donde vengan. Por ello es vital no aceptarlas jamás, y no sólo cuando benefician al rival político: también cuando juegan a nuestro favor. La prensa y la opinión libre deben marcar sin misericordia a los políticos y denunciarlos cuando caen en la tentación de usarlas en su interés. Fundamentalmente, porque las noticias falsas –siempre infamantes-, las desinformaciones y la propaganda que proliferan en un contexto tan polarizado como el de la actual crisis catalana, son gasolina sobre el fuego. Y ello, en paradoja sólo aparente, aunque se disfracen de lo contrario: de moralidad y de ética política.

“Por ello es capital no transigir con las noticias falsas, vengan éstas de donde vengan. Por ello es vital no aceptarlas jamás, y no sólo cuando benefician al rival político: también cuando juegan a nuestro favor”

El ministro Borrell cerró las jornadas de SCC y tuvo bien presente en su discurso el tema de las fake news. En una intervención pedagógica repasó algunas de las principales mentiras secesionistas: los 16.000 millones de déficit fiscal de la balanza entre Cataluña y España, la autodeterminación como axioma sagrado para cualquier demócrata, el sistema político español como democracia de bajo nivel. En realidad, todo el procés debe ser considerado, en sí mismo, como una enorme falacia discursiva, como una combinación de propaganda, mentiras y desinformación. Es cierto que, en el fragor de una batalla desigual, pero al final librada, algunos constitucionalistas han podido recurrir, en ocasiones, y en el marco de las redes sociales, al uso de noticias falsas: es algo imposible de evitar en un paisaje como el que brindan las nuevas tecnologías de la información. La diferencia es que en el campo secesionista la mentira es estructural. No hay duda de que Josep Borrell, en su papel institucional, será un buen embajador de los intereses exteriores de nuestro país y ayudará a la tarea progresiva de restablecer la verdad.

El problema no está, pues, de fronteras afuera, en el ámbito exterior de representación de los intereses nacionales. El problema pasa a ser interno, y grave, cuando el mismo Gobierno que va a combatir en el extranjero las fake news secesionistas pasa a abrazar, de puertas adentro, lo que es un palmario ejemplo de la más obvia propaganda, un relato de desinformación travestido en moralidad beatífica: la idea de que hay un partido democrático, C’s, que desea la confrontación cívica como forma de rentabilidad electoral: que vive políticamente de ella. El Gobierno socialista tiene todo el derecho y la legitimidad en su exploración de una vía apaciguadora para el secesionismo. Hay que entender que las fuerzas políticas necesitan colocar en el mercado electoral sus productos, y el producto del Gobierno es la necesidad de impulsar un inicio de distensión y un cambio de clima político, incluso en el supuesto de que enfrente no haya, aún, reacción alguna apreciable. Del mismo modo, C’s tiene el derecho a denunciar, tanto que el precio a pagar en la salida de la crisis no sea el premio a la clase política que intentó subvertir el orden constitucional –más si esa misma clase sigue instalada en la arrogancia y la falta de autocrítica-, como que haya una parte de la población catalana que se convierta en forzada moneda de cambio. Las urnas, en su momento, evaluarán.

“El ministro Borrell cerró las jornadas de SCC y tuvo bien presente en su discurso el tema de las fake news. En una intervención pedagógica repasó algunas de las principales mentiras secesionistas”

Porque hay aquí otra cuestión clave queo está en juego, y no importa menos que tratar de evitar una secesión unilateral y antidemocrática: ¿qué clase de convivencia se tiene en mente para los ciudadanos de Cataluña en el futuro? ¿Es aceptable que el restablecimiento de esa convivencia sea, no relegada a un segundo plano en la acción política, sino incluso perjudicada por el diseño de una determinada estrategia partidista? Estigmatizar a C’s tiene efectos inmediatos a este nivel, y es aún más irresponsable en el contexto ya cotidiano de inquietante intolerancia que padecen en Cataluña todos sus representantes. ¿Se ha pensado, desde el Gobierno y las distintas instancias del PSC, en la posibilidad de mantener el discurso de mano tendida, dentro de la ley, al nacionalismo, pero desplegar a la vez una defensa enérgica y pedagógica del pluralismo dentro de Cataluña? Es sorprendente que no se haya optado por esta vía, que tendría réditos automáticos en términos de legitimidad y futura rentabilidad electoral. En lugar de ello, se inaugura un discurso chirriante de buenos y malos, con C’s en el pretendido rol de villano simétrico de la CUP. Con ello se ofende y se complica la vida, no ya a sus representantes políticos, sino a los cientos de miles de simpatizantes y votantes que pueden ver cómo se incrementa la hostilidad hacia una defensa pública normalizada de su opción política. A partir de ahora, los incondicionales del partido en el Gobierno, o del PSC, tendrán que completar un ejercicio de resolución de disonancia cognitiva de manual: deberán autoconvencerse de que se puede seguir calificando a un partido constitucionalista y a sus seguidores de “fachas”, “joseantonianos” o “radicales al nivel de la CUP”, sin que ello afecte al hostigamiento que padecen en Cataluña. Podrían plantearse, al contrario -pero no lo harán-, cómo se sostiene sin contradicción que en un momento general de reivindicación de las múltiples identidades políticas y sociales –defensa que caracteriza a su partido-, haya una identidad compartida por millones de personas que no merezca sino irse al rincón para permanecer en silencio: la de los constitucionalistas catalanes que creen que no se debe transigir con quienes han violado la legalidad y nos han llevado a la fractura. En el fragor del momento político que se inicia tras la moción de censura, que se resume en una guerra abierta y sin tregua entre C’s y PSOE, esta última fuerza, y su socio el PSC, han dado un peligroso paso adelante, al apostar por un moralismo fake. Cuando se inicia ese camino, es inevitable sucumbir y deslizarse por el tobogán de la autocomplacencia y de la pretendida superioridad ética. Y creer en las mentiras, las fake news, que diseñamos para derrotar al otro.

 

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