Al echar la mirada atrás para tratar de entender nuestra vida política, uno descubre que no solo rastrea en busca de momentos puntuales quizá enterrados: hay que desvelar tendencias que se fraguan, en algunos casos, con notable rapidez. No hay tiempo para el balance, inmersos como estamos en la espiral de una política congelada y nerviosa a la vez, en la que el déjà vu y el vértigo conviven de forma natural en cada asunto público que sustituye o se superpone al anterior. Precisamente por eso hay que pararse, desbrozar y clasificar: un punto de partida tan bueno como cualquier otro puede ser considerar que, de alguna manera, toda la política española ha estado dominada en los últimos seis meses por dilemas y conflictos derivados de dos hechos esenciales: elecciones y problema catalán.

 

Cataluña: cristaliza una cultura del resentimiento y de la exclusión

No se manifiesta todos los días de manera constante en un número abrumador de acciones a gran escala o de enorme impacto, pero sí en un goteo habitual de situaciones y puestas en escena que cabe calificar, sin exageración, como violencia simbólica contra la opción constitucionalista. Algunas de esas acciones vienen de lejos y siguen siendo aún, por fuerza, clandestinas –ataques a sedes de partidos-, pero la novedad es el orgulloso desparpajo con el que se conducen, por ejemplo, quienes desinfectan el lugar por el que han transitado unos políticos, o quienes organizan quemas en efigie del Rey o de un juez del Supremo. Los ejecutores de tales acciones son minoría entre los secesionistas, pero el silencio del nacionalismo no permite deducir si estamos ante su asentimiento tácito o ante una novedosa espiral de silencio que ha cambiado de bando. Cumbre de esta tendencia, y a la vez indicio del grado de sectarismo alcanzado por una parte del movimiento, pudimos presenciarlo hace muy poco: no se trató ya de la rutinaria demostración de desprecio hacia un unionista cualquiera, sino de los insultos desquiciados a la alcaldesa Colau, en el día de la renovación de su mandato una vez hubo aceptado los votos de un apestado político como Manuel Valls.

 

Manuel Valls: la lección de un verso libre en la política española

Un fichaje para la esperanza, la disolución de un perfil al contacto con la realidad política catalana, una campaña electoral algo anodina: ésa era la secuencia decreciente del ex Primer Ministro de la República Francesa entre nosotros hasta la jornada electoral del 26 de mayo. La aventura municipal, en su apuesta de entendimiento con Ciudadanos, terminó con un discreto resultado: seis concejales. Pero pronto se vio que, de esos seis, los tres no adscritos a C’s, los pertenecientes a la plataforma de Valls, iban a servir para impedir la caída de Barcelona en manos del secesionismo: fueron cedidos sin condiciones a Colau, y permitieron crear la mayoría para la reelección que cerraba el paso a la lista de ERC, encabezada por el avinagrado Maragall. La decisión de Valls es capital por varias razones: ejemplifica la política de altura de miras que hoy echamos en faltapolítica es elegir, pronunció en su toma de posesión como concejal- y, por ello, deja en incómoda posición a quienes tanta renuencia exhiben para llegar a acuerdos; evita que Barcelona sea la pieza quizá definitiva para una hegemonía total del independentismo, y, por último, contribuye a que C´s, tras su decisión de romper con Valls, se afirme en la trayectoria que inició tras el episodio de la moción de censura de 2018.

 

Ciudadanos: consolidación de un viraje

En un sentido primordial, un partido acaba siendo lo que el electorado piensa que es. Tal creencia puede asentarse sobre acciones y hechos imputables al propio partido, pero también sobre infinidad de factores externos, provocados por otros y muchas veces de difícil control por quien sufre las consecuencias: la percepción de que C’s había virado de modo consistente hacia una derechización, registrada por varias encuestas del CIS durante los últimos años, se explicaba, en realidad, por una característica propia de nuestra cultura política: la tendencia, en nuestra mente, a empastar los dos ejes de decisión del voto, el ideológico y el nacional-identitario, como si fueran uno. Por ello, hay propensión a juzgar de derechas toda manifestación de beligerancia hacia los nacionalismos periféricos –en C’s, hacia el catalán, cuya discusión motiva su origen. Sin embargo, el panorama cambia tras la moción de censura: un viraje progresivo arranca desde el propio partido. En abril, C’s actúa en coherencia con esa reciente trayectoria y logra pleno electoral dentro del espacio que ha elegido. Pero el tono del partido ya ha cambiado: el efecto-contacto con Vox; la discusión de credenciales constitucionales, no solo a Sánchez, sino al actual PSOE en bloque; la poca disposición a un eventual entendimiento postelectoral… Dos almas de C’s quedan bien visibles y opuestas, en los cuadros y en los simpatizantes: la hegemónica, que defiende la vía emprendida y gobierna el partido o lo apoya en las urnas, y la minoritaria, en buena parte ya ajena, tanto al núcleo dirigente como al perfil del votante actual.

 

Vox: un león menos fiero, aunque todavía un león

Ya somos como el resto de Europa. Fin de la excepción española. Eso se leía en columnas y se escuchaba en tertulias durante los primeros meses del año, cuando la ventolera mediática de Vox arreciaba y se preveía su inmediata y masiva irrupción en el Congreso como partido de derecha radical. La cuestión catalana y la guerra cultural declarada desde nuestra joven izquierda postmaterialista –violencia machista, inmigración, identidad sexual, custodia de los hijos- iban a provocar la reacción a la contra en identidades que se perciben a sí mismas como asfixiadas, humilladas por la corrección política. Al final no llegó a tanto, sin dejar de suponer una novedad cierta: 24 diputados, 10% del voto, 2,5 millones de electores. Resultó que el posicionamiento de C’s, su imposición de una lucha dual entre izquierda y derecha, junto a la transmisión hinchada de la amenaza por parte de algunos medios que rentabilizan la paranoia –sin olvidar la confusión entre redes y realidad-, propiciaron tanto la cantada estrategia socialista como el espejismo relativo respecto a Vox. Resultará que sí existe aún cierta excepcionalidad española: en nuestra cultura política, la huella del franquismo como nacionalismo español verdaderamente existente es –de momento- una vacuna útil contra experimentos que encuentran caminos mucho más expeditos al norte de los Pirineos.

 

Pactos electorales de digestión pesada: voten y miren

Hace no mucho, un debate inevitable animaba la discusión académica de la ciencia política: ¿será la comunicación digital el detonante clave para una democratización definitiva? Hoy, el optimismo de algunos ha quedado matizado, y pocos creen en la idea de un empoderamiento radical, gracias a las redes, que nos permita imaginar democracias de enorme complejidad y tamaño gestionadas con la sencillez, el grado de participación y la influencia ciudadana de la Atenas de Pericles. Al contrario, vemos que las formas principales de participación tienden a imbricarse y ponerse al servicio de las estrategias de comunicación de los partidos políticos en sus ininterrumpidas campañas electorales. La cesura entre representantes y representados en el ejercicio del poder es evidente hoy como lo era en las democracias predigitales. O peor, hay factores añadidos que hacen aún más visible nuestro papel subalterno. Nunca resultó tan nítido como en este 2019 en nuestra democracia que la política es, ante todo, reparto de influencia y cargos para los partidos. Nuestro parlamentarismo proporcional -o casi-, al engrasarse ahora con un mayor número de fuerzas, se convierte en un espacio fundamental de negociación y trueque ante nuestros ojos, en el que quedan a la vista incoherencias, vanidades y obstinaciones. Como sabemos, un sistema electoral debe conciliar representatividad y gobernabilidad: es decir, legitimidad y eficacia. Nuestra democracia empieza a hacer aguas por la vía del aumento de partidos efectivos: sabemos a quién votamos y tenemos un amplio abanico de opciones, pero cada vez es más remota nuestra intuición acerca del uso que tendrá nuestro voto. ¿Empoderados o meros fans ruidosos jaleando el espectáculo?

 

Epílogo. Juicio del procés: justicia por capítulos 

Hay poco que añadir a la ingente cantidad de palabra escrita y dicha, a tanta hora de imagen en vivo, luego editada, difundida y masticada en redes. Solo que el juicio en el Supremo a los políticos responsables del procés nos ha regalado cuatro meses de una novedosa forma de consumo político-mediático en directo: un reality de contenido judicial por entregas, disfrutada en directo por una cantidad muy respetable de ciudadanos. Novedad que subraya la simbiosis tan poderosa que en nuestra democracia se da entre política e información-espectáculo, nuestro alineamiento con las democracias avanzadas. Hemos asistido al nacimiento de una estrella, un juez convertido en ídolo-héroe o en villano-antagonista de los políticos procesados según, claro está, el posicionamiento previo de cada cual. En octubre, Marchena propiciará el desenlace de la serie y quizá se desencadene un spin-off.  

Vamos a ver…

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