Hay una especie de oculta simetría en el error que se completa en el momento de la aplicación del 155 y que tiene como protagonistas, en los años previos, al grueso de las élites impulsoras del procés, y en ese instante de desenlace aparente, a una parte del análisis brindado desde el constitucionalismo. Si los que abrieron la caja de Pandora de la división despreciaron en el papel la reacción contraria sobre el propio terreno que podía provocar su apuesta de máximos, una parte del pensamiento democrático español respiró demasiado aliviada con el descabezamiento del gobierno de Puigdemont y se apresuró a proclamar el final de la pesadilla y la prevalencia, discreta, aséptica, del Estado de Derecho. Ambas posturas caen en la misma confortable trampa que nos tiende de ordinario nuestro sesgo de confirmación. Ambas adolecen, también, de falta de manejo en un elemental pensamiento dialéctico al confundir una etapa dentro de un proceso con el proceso en sí mismo. Ni el salto desde la hegemonía durante el autonomismo hacia la codiciosa independencia podía darse sin respuesta de los perdedores netos de la maquinación, ni el moderado correctivo desplegado en octubre podía hacer desistir a quienes, tras el fracasado envite, mantendrían incólumes la práctica totalidad de sus fuerzas. Tampoco, por cierto, la insurrección de hace ahora un año podía resultar en un Estado inerme y de gesto petrificado, como el gato que cruza la carretera de noche y se deslumbra por los focos antes de pasar a mejor vida. Las trampas que nos hacemos a nuestro favor son sólo trampas: el rival, si tiene margen, siempre responderá.

“Las trampas que nos hacemos a nuestro favor son sólo trampas: el rival, si tiene margen, siempre responderá”

El procés, con su pistoletazo de salida durante la diada de 2012 pero configurándose desde algunos años atrás –Gobierno tripartito, nuevo Estatuto-, no es más que la actualización de la tendencia histórica del nacionalismo catalán al desbordamiento del marco legal superior. No es, como se quiere hacer creer, el fruto de una reacción espontánea y popular ante una injusticia, sino la plasmación de una dialéctica consustancial a la ideología nacionalista. El sentimiento de agravio hoy palpable entre buena parte de la población no es el efecto de una realidad fáctica y verificable, sino consecuencia de un relato puesto en escena, de una estrategia de inoculación desde una dirigencia que no aceptaría jamás ningún principio federal como solución –diversos poderes sobre un mismo territorio que ejercen sus respectivas competencias-, sino que pretende, desde 2012, plantear y ganar un envite de suma cero. Pero a día de hoy, lo que impresiona de verdad es que la estrategia de desbordamiento arremete con toda virulencia contra una democracia con puntos fuertes y otros muy mejorables, pero de estándares comparables a cualquiera de su entorno, y ello mediante una operación de propaganda sin precedentes en cualquier país de Occidente desde el fin de la II Guerra Mundial. La inoculación del agravio conlleva además, de modo paralelo, el desmontaje y la subversión del sentido de toda noción política esencial para la vida de una democracia pluralista. El resultado es que coexisten –y chocan- en Cataluña, dos tipos de individuos políticos básicos según su talante y principios: los que exhiben el ethos habitual en una democracia liberal consolidada, y aquellos otros que han sido convencidos de hallarse en una cruzada moral e insoslayable contra la injusticia y el mal de un Estado dañino. El mal hondo y duradero que ha causado la apuesta secesionista, por el que sus ideólogos jamás responderán, es de orden psicológico y moral. Sin revertir eso, no habrá solución.

“El mal hondo y duradero que ha causado la apuesta secesionista, por el que sus ideólogos jamás responderán, es de orden psicológico y moral. Sin revertir eso, no habrá solución”

Esta subversión del sentido de las palabras y los usos habituales en democracia se refuerza –tras el intento de referéndum- y gana nueva visibilidad en la fase, microdialéctica si se quiere, de la confrontación por los lazos amarillos en el espacio público. Ya no existen referentes compartidos, y lo que cualquier demócrata interpreta como un intento de ocupación ideológica permanente -por ello inaceptable- de un espacio que debería permanecer neutro, el secesionista lo siente como una manifestación de su derecho inalienable a la más básica libertad de expresión, como una acción no ideológica sino humanitaria, pues se vincula a la protesta por la existencia de unos líderes convertidos en presos políticos. Además, crece en su escándalo pues tiene que comprobar cómo un número cada día mayor de individuos se organiza para intentar borrar el testimonio de la injusticia que está denunciando. Gente que pretende, en definitiva, coartar su libertad de expresión y su justificada protesta, y es vista, por ello, como fascista, como la quinta columna del Estado opresor.

“Gente que pretende, en definitiva, coartar su libertad de expresión y su justificada protesta, y es vista, por ello, como fascista, como la quinta columna del Estado opresor”

Toda esta severa disfunción en la mirada política del grueso del secesionismo –de la totalidad de quienes exigen la permanencia de la simbología amarilla en el espacio público- es el fruto acumulado de la acción del nacionalismo durante décadas (la xenofobia latente y siempre presta a revelarse, la consideración de una identidad propia), pero sobre todo de la cosecha ideológica mucho más reciente del procés, que ha actuado como corrosivo letal de todo el bagaje de principios característicos de una democracia liberal y representativa, del respeto a la legalidad y al principio constitucional como garantías ante el abuso del poder político y como fundamento de los derechos de la minoría. Los últimos cinco años han añadido al tradicional ethos nacionalista la añeja y ansiosa actitud de pleitesía a la voluntad general, un rousseaunismo de nuevos exaltados de clase media y alta, en actitud tan recreativa como determinada, sin fisuras ni duda alguna en la bondad absoluta de su causa y objetivo últimos. La visión como “fascistas” de quienes no aceptan la apropiación del espacio público no es más que la previsible evolución de una actitud implantada hacia el otro cuando ese otro ya opone resistencia, una actitud que legitima cualquier decisión con cualquier consecuencia mediante la simple consecución de una mayoría numérica, y que se tradujo en septiembre y octubre pasados en la más absoluta desconsideración hacia los derechos políticos de quienes no aceptaban aquella performance supuestamente democrática.

“En una dinámica ascendente, vamos sumando jalones que alejan las posibilidades menos traumáticas para el manejo del conflicto”

En una dinámica ascendente, vamos sumando jalones que alejan las posibilidades menos traumáticas para el manejo del conflicto. Hitos que cristalizan de modo inexorable aunque pasen casi desapercibidos, en medio del ruido normalizado del enfrentamiento cotidiano. La fijación de este ethos radical y épico, de cruzada –de emergencia nacional, como fija en las conciencias cada día una voz monocorde desde el altavoz de la torre del ayuntamiento de Vic- es uno de ellos, importantísimo, e irreversible a medio plazo sin la acción rectificadora por parte de los líderes nacionalistas. Tal cosa, por supuesto, no se va a dar, y por ello es probable un tipo de reacción a la contra muy concreta desde la Cataluña constitucionalista: el incremento de las capacidades organizativas para buscar la eficacia en la resistencia. La madrugada del 29 de agosto, en las comarcas de Girona, un grupo de 80 personas ejecutó una acción bien coordinada y planificada de limpieza de los lazos amarillos del espacio público: ante la amenaza policial, totalitaria, de Torra y el alto precio pagado por las acciones de retirada espontáneas hechas por particulares, la creación de una célula organizada, preparada y autoprotegida. También el ethos del constitucionalismo, al menos el de una parte concienciada, puede derivar hacia otro de defensa ya militante y sin ambages de la democracia, un ethos resistencial simétrico en su determinación al implantado por el secesionismo. Este salto incomoda enormemente a la equidistancia, que prefiere siempre respuestas extraordinariamente contenidas desde el constitucionalismo, y reacciona de modo previsible señalando el espantajo de un supuesto españolismo ultra. Pero la realidad, se entienda o no, es que el golpe nacionalista de septiembre y octubre ya produjo una primera reacción dialéctica en las filas contrarias al unilateralismo; los lazos amarillos pueden provocar la segunda.

“la realidad es que el golpe nacionalista de septiembre y octubre ya produjo una primera reacción dialéctica en las filas contrarias al unilateralismo; los lazos amarillos pueden provocar la segunda”

El propio contexto facilita esta dialéctica de acción-reacción: por un lado, un liderazgo nacionalista incendiario, cuyo objetivo es ya sólo mantener el poder y abocar al Estado a la pérdida del autocontrol y al desprestigio internacional. Por otro, ese mismo Estado que, en buena lógica democrática, y en contra de los deseos independentistas, sólo puede actuar ante hechos consumados y bajo el amparo de su propia legalidad. El resultado: convertir a la propia sociedad civil catalana en el recipiente en el que se vuelca ese peligroso juego dialéctico que día a día consolida el abismo entre las partes. No debemos ser alarmistas, pero es mucho peor engañarnos.

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