Hay algo en los continentes que está volviendo a resurgir con la seguridad de quienes tienen demasiado tiempo en la sombra. Las señales apuntan a que nunca desapareció, solo se dispersó a la espera de un poder político que se atreviera a dejar entredicho que los extremismos no le son particularmente incómodos. En el presente sorprende que prejuicios arcaicos y siglas supuestamente descontinuadas como las del KKK o el Ku Klux Klan todavía tengan cabida en la modernidad del siglo XXI, no obstante, tienen cabida; en América, o en Europa, en este siglo o en el que viene, su rincón en la sociedad reposa en caras familiares y discursos comunes que no caminan necesariamente disfrazados de capuchas y sábanas blancas.

Esa historia reaccionaria y extremista que se cubría para exigir la purificación de un país tuvo sus primeras raíces en familias tradicionales americanas, algunas incluso de maneras victorianas que contaban no solo con la guía de un “hombre de familia” sino con el apoyo de miradas femeninas, no por ello menos fervientes, que seguían las ideologías del hombre blanco nacionalista y supremacista en busca de una América pura y “libre” de minorías. Fue precisamente gracias al respaldo de las mujeres, que en sus maneras y políticas suelen ser menos violentas y bruscas, que el Klan descubrió la efectividad de las relaciones públicas en voces femeninas para disimular esa tajante discriminación racial en una fachada de activismo político/social.

El llamado WKKK –Women of the Ku Klux Klan-  grupo que difería de sus compañeros del KKK principalmente en la propensión a la violencia física, fue un movimiento femenino que sirvió para “normalizar” las acciones de los hombres del Ku Klux Klan. Más adelante el activismo tomó su propio camino y una extraña rama de feminismo surgió entre estas mujeres que con panfletos y discursos anunciaban nuevos días de libertad para el género, pero para entonces, la agenda xenofóbica y racista del KKK fue suavizada y disfrazada entre la fachada moral y tradicional de aquellas mujeres que se preocupaban por la educación de sus hijos y por los valores de la América de los padres fundadores. Una América que claramente no incluía pluralidad racial, religiosa, política o social.

WKKK: Mujeres del Klan

Aunque el KKK es mejor conocido como un movimiento extremista y racista de hombres blancos que claman por la purificación y ablución de América, y aunque las tres K son junto al “666” tal vez el símbolo más representativo para recordar una especie de  movimiento maldito y esencialmente masculino, prácticamente desde sus inicios cuando surgió el primer KKK en 1865 las mujeres han sido una fracción clave en la organización. Aunque en aquel entonces las mujeres no eran miembros formales, sí eran utilizadas como símbolos raciales y sexuales de supremacía por los hombres del Klan. Asimismo, de su “mano de obra” se obtenían los vestuarios y demás neceseres para reuniones y redadas.

Las mujeres del Klan o WKKK se formaron como parte de un grupo auxiliar del KKK con el propósito de atender temas morales, cívicos, educativos y sociales. Entre los líderes esto era meramente una fachada para que sus compañeras, quienes cada día demostraban más interés por participar activamente en la organización, no se sintieran desplazadas y tuvieran algo que hacer además de atender el hogar y organizar las barbacoas de los fines de semanas.

No fue hasta 1920 que unas 500 mil mujeres se unieron oficialmente al movimiento y distintas sedes en los estados comenzaron a funcionar formalmente constituyendo un fenómeno aparte. Esa participación que aumentó con la llegada del segundo Klan en 1915 y fue impulsada por la reforma que permitió el derecho al sufragio de las mujeres en 1920, también generó una especie de feminismo radical que encontró techo bajo la mirada incómoda del Ku Klux Klan de hombres.

Fue precisamente durante este segundo advenimiento del KKK en donde el activismo tomó un nuevo significado dentro del movimiento y la política dejó de ser área exclusiva para hombres.

Hay pocas recopilaciones históricas y biográficas sobre el papel específico de las mujeres en el Klan, The Second Coming of the KKK: The Ku Klux Klan of the 1920s and the American Political Tradition de Linda Gordon (La segunda llegada del KKK: El Ku Klux Klan de los años 20 y la tradición política americana) es una de las últimas exploraciones que recupera esa dicotomía entre extremismo de géneros y dos clanes que supieron disfrazar de maneras radicalmente distintas sus xenofobias particulares.

“Las mujeres del Klan eran a menudo esposas de los hombres del Klan, pero muchas se unieron por sí mismas, y otras llevaron a sus maridos a la organización. De hecho, algunos maridos resentían las actividades y las ausencias de sus esposas del hogar, y algunos opositores se burlaban de los integrantes del Klan diciéndoles que no eran lo bastante hombres como para mantener a sus esposas en sus hogares. Parece probable, sin embargo, que las mujeres del Klan a menudo pasaran más horas en la organización que los propios hombres ya que estas disponían de más tiempo libre”, escribe la autora del ejemplar, Linda Gordon.

Gordon también revela un gusto de rebeldía que impulsa a las mujeres a buscar un sentido de pertenencia fuera de la sombra de los hombres del KKK. Estas no siempre esperaban obtener permiso para unirse al movimiento, algunas se organizaban independientemente a través de iglesias, clubes, hermandades de mujeres y comidas campestres. Como resultado, los líderes masculinos alarmados por estas iniciativas fuera de su control, comenzaron a crear grupos de mujeres y variedad de organizaciones con nombres como Kamelias, Queens of the Golden Mask y Ladies of the Invisible Empire.

“En 1923 el mago imperial Hiram Evans, viendo que las mujeres no podían ser retenidas fuera del movimiento, manejó unir a la fuerza a estos grupos en las mujeres del Ku Klux Klan (WKKK). Algunos grupos de mujeres preexistentes resistieron esta fusión y después de su adhesión se negaron a aceptar un estatus subordinado. Un grupo de Oregon proclamó que “la organización de mujeres es una contrapartida exacta del Klan mismo, sin ninguna diferencia, excepto la del género”. En otra afirmación de su independencia, el WKKK estableció su cuartel general en Little Rock, a cientos de kilómetros de Atlanta, sede de la sede de Klan. En noviembre de 1923, el WKKK reclamó capítulos en los 48 estados. En Indiana, el estado de mayor fuerza del Klan, donde la población era 97% blanca y protestante, el WKKK se jactaba de 250,000 miembros; de ser esto cierto (aunque improbable), significaría que el 32% de las mujeres protestantes blancas nacidas en el país pertenecían al Klan”, concluye Gordon.

Mensajes diferentes, símbolos comunes

Es evidente que muchas mujeres se unieron al WKKK en contra de las ambiciones de sus maridos, hermanos, padres, etc.…  quienes veían estos intentos “insurrectos” como una forma peligrosa de agrandar un poder político y personal que no les concernía. Las ideologías y posiciones en ambos grupos tal vez eran similares, la mayoría de estas mujeres creían en defender a su país y liberarlo de la intrusión de inmigrantes y minorías, pero el deseo iba más allá del rol protector y patriótico. Las mujeres del Klan también querían ser piezas activas del movimiento, dejar de ser las esposas y hermanas de los hombres disfrazados de blanco y pasar a la faena operativa por cuenta propia.

La política racista y xenófoba de ambos grupos, el patriotismo militante, las cuotas nacionales para la inmigración, la segregación racial, la necesidad de salvaguardar la “supremacía eterna” de la raza blanca contra una “marea creciente de color” y la desacreditación de la influencia católica y judía en la política, las escuelas, los medios de comunicación y el mundo de los negocios se midió en diferentes planos en ambos clanes. Mientras los hombres se aferraban a la intimidación y la violencia como método de acción, la estrategia de las mujeres, quienes de hecho tomaron un interés especial por  la prevención de la delincuencia juvenil, se enfocó hacia las relaciones públicas. Su resonancia como “fundación” y la divulgación de sus diligencias sociales fueron clave para el crecimiento y desarrollo del Klan, para la extensión de sus sedes en los distintos estados y para el reclutamiento de sus futuros integrantes. Ahora, las apariencias engañan, y no obstante la fachada, en privado la intolerancia racial del WKKK fue tan viciosa como la del KKK.

Las principales diferencias se expresan en lo que parece haber sido una exposición temprana de feminismo, bastante paradójico de por sí ya que se trataba de fanatismo pidiendo igualdad de género.

Por ejemplo, muchos de los principios básicos del WKKK seguían las doctrinas existentes del Klan masculino, pero las mujeres y los hombres no siempre tenían una percepción común de los “problemas” que enfrentaba el Klan.

En 1920 el KKK denunció el matrimonio interracial por sus supuestos resultados genéticos destructivos; las mujeres el Klan, sin embargo, observaron un peligro diferente en el mestizaje: la destrucción de los matrimonios blancos por hombres blancos no confiables que “traicionan a su propia especie”. Es decir, el peligro de la infidelidad y no del mestizaje.

Otro ejemplo, los hombres del KKK elogiaban la feminidad para resaltar la corrección de la supremacía masculina; las mujeres del WKKK utilizaban el mismo símbolo para señalar las inequidades que las mujeres enfrentaban en la sociedad y la política.

En resumen, mientras los miembros del Klan buscaban inspiración política en los “grandes logros” del protestantismo americano blanco, las mujeres reclamaban su exclusión de las políticas públicas durante la mayor parte de esa gran historia de la que presumían sus compañeros.

Entre feminismo y extremismo

Si hay algo que demuestra La segunda venida del KKK y las previas bibliografías sobre el rol de la mujer en ese movimiento arcaico pero que sobrevive entre rencores y generaciones es que las mujeres que en ese entonces abrazaron la agenda racista, anticatólica y antisemita del KKK, también utilizaron estas ideas para argumentar por la igualdad de las mujeres protestantes blancas.

Al WKKK se le conoce como un club auxiliar y dependiente del Klan masculino, sin embargo, el llamado “Klanswomen” creó una ideología y una agenda política en donde los símbolos cambiaban a favor del género. Siempre tomando en cuenta las restricciones extremistas y raciales de sus creencias primigenias. Es decir, esto no valía para las mujeres de color, o católicas. Aquí lo de la igualdad era una novedad solo para las mujeres protestantes blancas.

Cuando se habla del Ku Klux Klan las capuchas blancas y las sábanas transparentes  incitan a esa imagen de cientos de hombres que apremian una acción antinatural. Pero así como hasta 1920 el voto de las mujeres fue ignorado por las urnas y la política, y así como la vulnerabilidad de género ha llevado a exponer incontables desigualdades silenciadas e ignoradas por décadas, a veces también se ignora la otra cara de la moneda.

Así llegamos a las mujeres del KKK, quienes abrazaron las mismas ideas de privilegio racial y religioso que los fundadores del “movimiento”. Sin embargo, poco se sabe en realidad de ese instrumental clave en el ascenso del Ku Klux Klan. Los rostros detrás de las capuchas,  las mujeres del Klan.

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