El clima político existente en las últimas semanas y meses -desde que se produjo la moción de censura que desalojó a Mariano Rajoy y a su equipo de Gobierno de la Moncloa- se ha ido enrareciendo cada vez más; hasta casi llegar a un punto de no retorno.

Como alguien que está empezando a cumplir sueños: que la gente pueda leer algo que primero ha ido tomando forma en su cabeza, luego ha ido construyéndose con palabras y, tras vencer el delirio frente a la hoja en blanco, finalmente ha sido publicado con su nombre y una pequeña foto, ver el mundo al que durante tanto quiso pertenecer convertido muchas veces en una máquina de fango, duele.

El sueño de Internet como el paso definitivo a una sociedad horizontal donde todos pudiéramos aportar y enriquecernos (intelectualmente) sin más que un ordenador y una conexión a la red ha generado monstruos; así como la liberalización de la señal televisiva que ha dado lugar a una jungla de cadenas, conglomerados de cadenas, y programas en constante búsqueda del envoltorio más suculento para la carnaza más putrefacta. En una sociedad líquida donde todo cambia, y donde todo el mundo puede opinar, la razón y la verdad han pasado a ser cosa de rancios, frikis y voces temerosas de que su mensaje ni siquiera sea visto como algo positivo sino como una seña de debilidad intelectual. Si no tienes opinión no tienes criterio y acabas pareciendo justo lo contrario de lo que eres, alguien que se deja llevar por la marea.

Podemos culpar a los algoritmos que solo nos muestran lo que ellos creen que queremos ver (y como son la nueva deidad, omnipotentes, nunca fallarán) pero al fin y al cabo son máquinas. Por suerte todavía no vivimos en la Matrix y podemos pensar que los creadores e implementadores de estos algoritmos nunca han tenido más intención que la de abanderar el progreso de la tecnología y hacerse ricos con ello. Como los industriales del XIX pero en vez de con nuestro cuerpo con nuestra mente.

Sin embargo la parrilla televisiva depende, todavía, de nosotros mismos. Dejando a un lado todos aquellos programas que sirven para entretener, desde los concursos a las series, pasando por la prensa del corazón, la vulgarización de la intelectualidad televisiva es cada vez una realidad más evidente y dolorosa. De hecho, los creadores de los vilipendiados programas del corazón que durante los últimos veinte años han inventado la fórmula de los debates prefabricados sobre temas intrascendentes, parecen a día de hoy hermanitas de la caridad televisivas. Aficionados de un deporte que ha sido rediseñado y maximizado para la actividad social más útil y peligrosa de todas: la política. De forma parcial -incluyendo secciones de actualidad política en programas matinales que se dedican a repasar la vida de unos y otros actores sociales intrascendentes: famosos, aspirantes y farándula, o los sucesos más escabrosos- o integral -dedicando programas nuevos a repasar el devenir de la cuestión política, ya sea al medio día o a media noche- la televisión ha abrazado la actualidad parlamentaria y extraparlamentaria hasta fagocitarla, haciendo de la vida de todos y cada uno de los ciudadanos un producto televisivo acompañado del ruido constante de una caja registradora.

Si Telecinco decidía que Belén Esteban era un monstruo sólo le afectaba a sus fanáticos y a su cuenta bancaria. Si las secciones de opinión de los grandes grupos de comunicación deciden volcar un gobierno, forzar una dimisión o demonizar a un partido los afectados somos todos. El mayor defecto de algunos tertulianos es su careta. La opinión disfrazada de información. Los programas de actualidad política de radio o televisión han adoptado (del deporte y el corazón) un formato en el que se mantienen durante horas en antena intentando captar la mayor audiencia posible; aunque sea a saltos. Cuando un espectador no informado (que no desinformado) de la actualidad política se acerca a una tertulia no sabe muchas veces quién está hablando, si está emitiendo opinión o información o cuál es su ideología.

Un ejemplo. El pasado miércoles un colaborador de Al Rojo Vivo, el programa que presenta el omnipresente (este sí) Antonio Ferreras, dijo “Los independentistas catalanes están en contra de toda la Constitución Española”. Sin meterme en la trayectoria o el criterio del tertuliano en sí, nos encontramos con una frase manifiestamente falsa. Tanto a nivel jurídico como léxico.

Sin enrollarme. Si sabemos que ‘toda’ -según la RAE- “Indica la totalidad de los miembros del conjunto denotado por el sintagma nominal al que modifica” es más que evidente que los partidos independentistas catalanes no están en contra de todos los artículos de la Constitución Española, sino solo de unos pocos muy importantes. Pero eso no es lo que dijo el tertuliano. De hecho, aunque estuvieran de acuerdo sólo en uno, la frase sería falsa. Es un ejemplo de las medias verdades (que a mí, como a tantos, nos enseñaron que eran la más sofisticada forma de mentira) que pueblan las tertulias políticas. Sin embargo no es más que la punta del iceberg. En otras muchas tertulias, otros muchos tertulianos ni siquiera juegan a nivel léxico con los adverbios, se ciñen a hablar como si estuvieran solos en el sofá de su casa hablándole al político de la ideología opuesta de turno: sin nadie que les apunte o rectifique nada.

El problema es que esto nos lleva a una situación sostenida por las falacias de los opinadores de los mass media y por una sociedad crispada por su culpa. ¿Dónde quedaron los tiempos en los que se atacaba a un Presidente del Gobierno por sus medidas y no por un libro? ¿Dónde quedaron los tiempos en los que los medios de comunicación le dedicaban editoriales a las palabras de un político y no a su casa? ¿Dónde quedaron los tiempos en los que los grandes problemas de una sociedad como el terrorismo, eran eso, problemas, y no un significante cargado de odio y de ambición de la peor especie?

Cabe en todos nosotros, los opinadores en los que humildemente me incluyo, tratar de prestigiar una profesión que, bien entendida, requiere de trabajo duro, interés constante y no tomarse un día de descanso. No seamos responsables, por un puñado de dólares, de llevar a la sociedad a un lugar en el que solo algunos quieren que esté.

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