Kafka es luto pero también comedia. La ironía del eterno enfrentamiento entre lo divino y lo humano, entre el bien y el mal, entre la cordura y la esquizofrenia. Kafka jugaba al tenis, visitaba regularmente prostíbulos y tenía una moto con la que cruzaba Praga como una exhalación metafísica en sí misma. El Kafka de la moto no es, por eso, el Kafka atormentado de La metamorfosis. Kafka subido en una moto es una algarabía kafkiana. Algo así como el revuelo en las filas separatistas con las aspiraciones de Tabarnia. Una greguería secesionista. Un espejo impoluto de las incongruencias innatas del independentismo radical.

Nacionalismos aparte, el “prusés” en Cataluña tiene mucho más que ver con el radicalismo ideológico subvencionado e intolerante que con el sentimentalismo amable de la identidad propia. Y ha tenido que llegar Tabarnia para demostrarlo. Los conspiradores contra la democracia -trasvestidos de demócratas- han aprovechado tradicionalmente con habilidad -y la complacencia inequívoca de los gobiernos centrales- lo que no funciona y han triunfado gracias a una máxima tan cruel como sencilla: la verdad, no da votos. Díganme cómo de lo contrario se explica que Puigdemont haya sido el vencedor del bloque secesionista el pasado 21D, contra todo pronóstico. Si de algo han servido estas elecciones es para demostrar que el problema en Cataluña no es la fractura social entre españoles y catalanes, sino la de los catalanes consigo mismos. El crudo sarcasmo es la división interna entre lo rural, que de facto y por incomparecencia del Estado, vive instalado en la república independiente, y lo urbano, que mantiene a duras penas el contacto con la realidad. Con la llegada de Tabarnia a escena se confirma. No es que Cataluña necesite un “encaje” en España, es que a la vista de los hechos, amics, Cataluña no encaja en Cataluña. Pues vaya…

Si de algo han servido estas elecciones es para demostrar que el problema en Cataluña no es la fractura social entre españoles y catalanes, sino la de los catalanes consigo mismos.

En Cataluña coexisten –es ingenuo afirmar que conviven– independentistas aferrados a la DUI, que cuentan con una mayoría cuasi absoluta de escaños aunque no la tengan en porcentaje de votos populares emitidos; ciudadanos que quieren seguir con la autonomía, y han dado la victoria por primera vez en la historia democrática catalana a una formación “españolista”; y, quienes buscan soluciones y fórmulas intermedias mientras bailan en tierra de nadie a cualquier ritmo que otros les marquen. Resultados electorales inapelables que ponen de manifiesto un conflicto jurídico-político de dimensiones mayúsculas donde lo emocional viaja en primera clase. Y así las cosas, quizás convenga recordar que los independentistas son independentistas. Ni federalistas. Ni legalistas. Ni mártires. Independentistas. A saber, los que quieren un Estado independiente y pase lo que pase en las urnas van a continuar insistiendo en ella. En la segregación liberticida que aborrece cualquier movimiento similar al suyo que tenga entidad al margen de su estrategia homogénea, histórica y monopolista. Vean, vean las reacciones contra Tabarnia. Decidir, sí pero lo mío. Por favor, no me pisen lo fregao.

Era discretamente sencillo aventurar que la inercia enrarecida entorno a la independencia de Cataluña nos llevaría a una situación tan kafkiana. Una Autonomía intervenida y, al mismo tiempo, una República Independiente catalana declarada ilegítima e ilegalmente por el Parlamento, con su expresidente fugado en Bruselas y encumbrado para reocupar su puesto en una nueva legislatura que se avecina más que complicada. La ecuación de incógnita todavía sin despejar que es el por qué de la burgesia catalana subsumida en el discurso de los revolucionarios anticapitalistas. El pactar contra uno mismo y el hasta cuándo.

No es ya cuestión de pedigrís de catalanidad, sino de la alucinación colectiva del catalanismo. No lo es, que también, de orden legal y Estado de Derecho sino de coherencia y racionalidad. De que no pueda defenderse una cosa y la contraria: apelar al ilusorio “derecho a decidir” de Cataluña y negar la mayor -por los mismos motivos que se afean a España para impedirlo- a Tabarnia. No se puede condenar a una parte sustancial de un territorio a aceptar lo que imponga otra parte de ella. Cuarenta años de laboratorio independentista, deconstructivo y atomizante, desmontados en un día de redes sociales. La broma tabarnesa quizás sea la clave. Lo ha dicho todo, gratis, sin decir nada.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here