Fichar lejos de la cantera conlleva unos peligros y, a su vez, unas determinadas consecuencias. Pueden moverse por dinero o por intereses personalistas, pero nunca por pasión a los colores y los pilares que sustentan el club. La jugada puede salirte bien o mal. O lo que es peor, puede salirte ‘a lo Valls’.

Cuando en España -incluido Ciudadanos- surgía el temor por la influencia de la llamada extrema derecha, los focos apuntaron hacia Abascal y nadie esperaba que el gran problema se lo fuera a autogenerar uno mismo. Si el cisma que ponía en jaque el orden político del partido era la extrema derecha, entonces la extrema derecha era Valls y no VOX.

«Porque hay que partir de la base de que los de Rivera tenían que luchar contra la inclusión en el panorama político de VOX. Un nuevo foco de atracción que robaba votos al PP, por tanto, un rival para Ciudadanos en las urnas»

Porque hay que partir de la base de que los de Rivera tenían que luchar contra la inclusión en el panorama político de VOX. Un nuevo foco de atracción que robaba votos al PP, por tanto, un rival para Ciudadanos en las urnas y un contrincante con el objetivo de frenar la conversión en liberal de muchos electores. Porque los dos partidos no tienen nada más en común que la unión del país y la oposición férrea a Sánchez. Es más, la entrada de VOX iba a funcionar tanto de pretemporada para Ciudadanos como de prueba del algodón para los que tenían clarísimo que la formación naranja era la marca regenerada del PP y no un partido liberal y de centro.

Era el momento de moverse con acierto y sin ningún paso en falso. Ciudadanos crecía, el PP se derrumbaba, VOX frenaba su ascenso y el PSOE iba tumbando a Podemos. La extrema derecha ya no era un problema mayor en el camino de Ciudadanos hacia el éxito. Ni los aspavientos de la prensa más progresista y pseudo-objetiva estaban haciendo efecto. VOX había entrado en Andalucía y los derechos y libertades no se habían reducido, habían crecido sin su influencia.

Pero tuvo que aparecer él. Valls, arrebatando el papel de villano a VOX para hincarle el cuchillo a traición al partido que le ha hecho un hueco en una política española que le deploraba. El exministro francés, el de la expulsión de 5.000 gitanos-rumanos por su condición étnica, era una apuesta difícil para Barcelona pero que podía representar el centrismo del partido naranja. Y eso que se pasó toda la campaña electoral criticando a Rivera y renegando de las siglas de Ciudadanos. Le apoyaban, pero él era él y nadie más.

Después de crecer en las Generales, las Europeas y las Municipales, con un auge notable en el nivel de poder en toda España, y tras un mínimo crecimiento de Valls con tan solo un concejal más que Ciudadanos en las últimas elecciones, el exministro se vio capacitado para explicar a un partido acosado y señalado desde sus inicios lo que es Maragall y lo que es Ada Colau. Como si a los judíos tras la Segunda Guerra Mundial les llega Francia y les dice que los alemanes son malos, pero que los judíos también lo eran a veces. Un despropósito propio de quien se cree superior moral, intelectual y políticamente.

«Frenar el independentismo, según Valls, es darle la alcaldía gratis a alguien que califica de “juicio de la vergüenza” lo que sucede en el Supremo y que cuelga un cartel favorable a los golpistas en su primer día al frente del consistorio»

Frenar el independentismo, según Valls, es darle la alcaldía gratis a alguien que califica de “juicio de la vergüenza” lo que sucede en el Supremo y que, además, cuelga un cartel favorable a los golpistas en su primer día al frente del consistorio. Y mientras Valls se define como progresista -¡a la vez dice que por eso se unió a Ciudadanos, un partido liberal y no progresista!-, europeísta y hombre de principios, rompe una coalición por la mitad para seguir haciendo de su persona un referente político a la vez que le da el poder a alguien plenamente populista, con lazos claros con el independentismo y con una posición antieuropea propia de grupos de izquierda como Syriza o los inicios de Podemos.

La izquierda, la misma que rechazaba su candidatura con tintes xenófobos, ahora le convertía en la cabeza racional de un Ciudadanos que estaba virando su posición. La jugada le había salido bien. Una rueda de prensa sangrienta, con ataques a la formación naranja y a todos los que se han ido alejando de él, era la escenificación.

Corbacho, socialista de toda la vida, tomaba una decisión “incomprensible”. Una vez más, Valls conmigo o contra mí. Ciudadanos ya no era liberal, según Valls, cuando hace cuatro días el PSOE ha pactado en numerosos ayuntamientos. Y, una vez más, según Valls, el “sectarista” es Ciudadanos y no Ada Colau, a quien ha hecho alcaldesa mientras ella decía que se sentía avergonzada por recibir esos votos.

Durante meses se ha dicho que VOX era el gran peligro para Ciudadanos. Pero el tiempo ha dejado claro que no. La extrema derecha, si ese era el gran peligro, era Manuel Valls.

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