Si forzamos la metáfora, las democracias liberales podrían evocar hoy la imagen del conductor que por despiste se ha metido en la autovía en sentido contrario. De momento le salva su experiencia acumulada; sin embargo, no se detiene en el arcén y va cruzándose con coches que le fuerzan a rápidos cambios de carril, cada vez más frecuentes. Ya sabe lo que está haciendo, y aun así prosigue su camino, aunque note desgaste en sus reflejos. ¿Se echará finalmente a un lado, quizá después de un susto más grave, o acabará estrellándose sin remedio? ¿Qué pesa más en él, la conciencia del peligro inminente o el extraño vértigo que le impide interrumpir su ruta? La comparación es solo útil quizá en la medida en que ilustra una verdad elemental: en conjunto, las sociedades parecen incapaces de abortar las derivas obvias que las abocan al desastre. Requieren primero el escarmiento y el daño.

Pero, ¿quién conduce las democracias? ¿Hay, en realidad, alguien al volante con capacidad -y voluntad- para echarse a un lado si las circunstancias lo requieren? Parecen preguntas pertinentes, porque el día a día de la política impone, de manera inevitable, la percepción de una inercia que es, a grandes rasgos, cierta: durante la mayor parte del tiempo, la vida pública transcurre mediante los automatismos codificados y las continuas interacciones entre los tres ámbitos que le dan vida: la esfera política, el sistema mediático y la ciudadanía. Ante esta realidad, no es fácil determinar cuáles son los acontecimientos que inauguran las tendencias principales o, en la jerga de las ciencias sociales, cuál es la variable causal o independiente, y cuáles las dependientes o derivadas. A este dilema dedica el sociólogo Enrique Gil Calvo el desenlace de su última obra Comunicación política. Caja de herramientas, con notable perspicacia. Nos recuerda la existencia de dos grandes familias de interpretaciones sobre las patologías que debilitan nuestras democracias actuales: una, mayoritaria, que señala el origen del mal en la esfera mediática –mediatización de la política-, y otra, menos transitada, que ve el ámbito político como responsable en origen del severo cuadro de posverdad, populismo y polarización que se agrava día a día ante nuestra mirada impotente –politización de los medios-. Si la mediatización de la política se traduce, grosso modo, en la contaminación de las democracias a causa de las inercias que el negocio periodístico, ante todo el audiovisual, impone a sus audiencias –política como prensa rosa, reducción de la política a la lucha entre personalismos, infotainment-, la politización de los medios implica, al contrario, constatar el papel subalterno del periodismo, que transmite una agenda impuesta en lo básico desde el poder y, sobre todo, se convierte en correa de transmisión de la principal patología generada por la lucha partidista: el negativismo o destrucción sistemática de la imagen del rival en un contexto de electoralismo o de radical transformación del debate político en una campaña electoral sin fin.

Gil Calvo opta por la segunda explicación, la minoritaria, y parece que está en lo cierto: se ha tendido, en la literatura científica, a enfatizar los efectos perversos de la prensa en la calidad de la esfera pública y, a la vez, se infravalora la capacidad de la clase política para crear las más severas disfunciones. Pero hoy, el fenómeno Trump simboliza el extremo opuesto en el recorrido del péndulo desde la posición que la prensa ocupara hace medio siglo con el Watergate: el cuarto poder no aparece vigoroso y temible, sino anémico en su tarea fiscalizadora y casi impotente para imponer una agenda temática, más que nunca dictada desde arriba, en las obvias y recurrentes operaciones que el marketing político diseña al servicio de sus poderosos clientes. Ese papel subalterno y disminuido de los medios se corresponde con su transformación gradual hacia una prensa y televisión de trinchera, no ya en países en que dominaba esa tendencia -los mediterráneos-, sino también, y sobre todo, en otras democracias –las anglosajonas- con larga tradición de prensa económicamente fuerte, libre y no alineada.

Es el juego político en la altura el que cava tales trincheras, más que los medios convencionales, quienes se acomodan o bien intentan resistir, en un movimiento reactivo, a una realidad que incorpora hoy a ciudadanos más proclives a entrar en el juego polarizador mediante su uso intensivo de las redes sociales. El cui prodest de las noticias falsas apunta casi invariablemente a la esfera política, mientras que un papel instrumental o vicario queda reservado, como meras piezas del engranaje, a la infinidad de medios de poca entidad que inundan internet, así como a los politizados usuarios de las redes sociales, sus divulgadores involuntarios o -cada día más- plenamente conscientes. En el debate sobre el peso de los media y de las élites democráticas en la actual espiral anticívica, la principal aportación de Gil Calvo en Comunicación política es, precisamente, su visión del discutible papel que juega hoy el marketing político: al calcar estrategias emocionales procedentes del marketing comercial –las ya inevitables narrativas, el storytelling– pone en manos del poder una herramienta obsesiva que escora de forma inevitable, en el día a día de la campaña electoral sin interrupción, la política hacia la división, la deslegitimación del rival y el sectarismo.

El repaso de los hitos fundamentales de la vida democrática española durante los últimos quince años parece validar la tesis: más allá de la alternancia partidista en el poder, todos los puntos de inflexión que conducen hacia el panorama actual de fractura –se invita al lector a identificarlos- son imputables al patrón de acción desde las élites políticas, combinado con el subalterno eco mediático y desde las redes sociales. La dinámica de arrastre competitiva es tan poderosa que ninguno de los nuevos partidos ha podido, en ningún momento, sustraerse a ella: un nuevo populismo de izquierdas no quiso, y jugó la carta de la fragmentación del tejido político con relativo fracaso electoral, pero con gran influencia en la modificación de la cultura política del país. Y un partido liberal nacido para ocupar un espacio y una sensibilidad de centro no pudo, y hoy no mantiene su posición en el tablero, sino que entra en el agotador fuego cruzado de la personalización y el negativismo.

Cuando ciertos políticos –los más conspicuos- hablan de la necesidad de grandes acuerdos, de recentrar la política, apuntan al corazón del problema: en realidad ya no hay ningún conductor al volante de las democracias, solo un piloto automático, bien dotado -de momento- para ágiles volantazos, pero sin capacidad para cambiar dinámicas. En política, todo verdadero conductor no es individual, sino colectivo: solo un pacto consciente de élites –no ninguna presión mediática, no ninguna lucidez milagrosamente adquirida por la gente- podrá frenar la actual deriva y trazar nuevas reglas. Con toda probabilidad, harán faltan más sobresaltos, y quizá mucho más serios, para que ocurra.

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