La Chinoise (1967), de Jean-Luc Godard, ha mutado con el tiempo y de modo mágico, como le ocurre a cualquier ficción filmada, en un fascinante documental de época. Así que podemos convocar su particular desfile de ausencias, ahora que el Mayo francés enfila su cincuentenario, como excusa para reflexionar una vez más sobre la izquierda de entonces y la de hoy. Con más razón a partir de esta obra, porque al rupturismo de su lenguaje, tan ilustrativo del ethos del momento, se añade, en boca de los personajes, un abanico inacabable de disquisiciones políticas: esta ficción-ensayo del enfant terrible de la Nouvelle Vague resume a la perfección lo que entraba en juego para quienes sólo meses después creyeron descubrir la libertad de las playas bajo los grises adoquines del sistema.

“La Chinoise (1967) de Jean-Luc Godard resume a la perfección lo que entraba en juego para quienes sólo meses después creyeron descubrir la libertad de las playas bajo los grises adoquines del sistema”

Quizá lo más llamativo a nuestros ojos sea que el proselitismo a tumba abierta de Godard otorga a su propuesta un tono inevitable de extrañamiento, una ironía involuntaria que nos pertenece plenamente a nosotros, queramos o no hijos de una posmodernidad que esperaba a la vuelta de la esquina a esa resuelta y marcial juventud del 68. El citado efecto documental de cualquier film tras el paso del tiempo se acrecienta aquí por la magnitud del desmentido histórico que vendría a continuación: algo así como cuando contemplamos las mejores jugadas del partido y asistimos, entre la medio sonrisa y el estupor, a la definitiva celebración del solitario gol del equipo perdedor, que se adelanta en el minuto tres antes de recibir, uno tras otro, los cinco preceptivos mazazos que sabemos vendrán a continuación. Una trampa que, espectadores privilegiados de cualquier tiempo pasado como somos, nos podemos permitir.

De este modo, nos perturba y fascina el granítico convencimiento de los personajes del drama en su filiación maoísta, la adicción al Libro Rojo –color que impregna el metraje de una estética pop quizá nunca desplegada en conjunción con la política con tanta gracia hasta entonces como en este Godard pletórico-, la fe ciega en la praxis de la Revolución Cultural, vista como guía definitiva en el camino de pureza revolucionaria: sí, la Revolución Cultural Proletaria, aquel gigantesco movimiento de masas impulsado por Mao para recuperar el poder, de una escala represiva difícil de aprehender en nuestros días, que pocos años más tarde hubo de ser caracterizado por su sucesor Deng Xiao Ping como el período más infausto de la China comunista. Nos asombra también constatar que lo esencial de todo el asunto fue, sobre todo y en definitiva, una ingeniosa, juvenil y holística manera de matar al padre, a todos los padres: la patada al capitalismo, al orden y a la jerarquía se daba, fundamentalmente, en el culo del estalinista Partido Comunista Francés (PCF), visto por los muchachos del 68 como un hatajo de revisionistas oxidados. Nueva ironía, por tanto, y ejercicio de justicia poética por la medicina que se aplicaba a aquéllos que tanto practicaron la desacreditación del discrepante desde el oficialismo comunista de posguerra. Nuestra perplejidad será extrema en un momento preciso de la película: cuando uno de los jóvenes, ante la decisión consensuada de apostar por el terrorismo como vía legítima de resistencia, decide recular y reintegrarse en el seno más moderado del PCF. El personaje se nos antoja de pronto como razonable y reflexivo en comparación con sus camaradas, y tendemos a creer que Godard nos interpela en una apuesta de autoimposición de freno y cordura. Nos documentamos y deducimos nuestro error, caíamos en una percepción ilusoria debida una vez más a la asincronía con el tiempo del relato: el creador se había limitado, honradamente, a dar la palabra a las distintas posiciones, y llegó a afirmar más tarde que su opción estaba entonces de parte de la ortodoxia maoísta.

Sin embargo, de todos los pasajes del film, quizá no haya otro que siga siendo tan pertinente hoy –aunque no reparemos de entrada- como aquél en que se nos revela la metodología empleada para la comprensión de la realidad: en la terraza del apartamento, los cuatro meritorios de la revolución sincronizan, festivos pero disciplinados, un ejercicio gimnástico que, a causa de la escala tan reducida, no puede remitir a ninguna exhibición soviética –o mejor china-, sino que, curiosamente, rezuma un aroma inequívoco, a pesar de la viveza de los colores, a nuestro NO-DO y al recuerdo brumoso de alguna filmación de la Gimnasia Educativa franquista. Las palmadas en el aire y los brazos extendidos acompañan enérgicos la concreción del eslogan: “El fundamento teórico sobre el cual se guía nuestro pensamiento es el marxismo-leninismo”. La vulgarización extrema de una filosofía política, convertida de modo inevitable en dogma para su aplicabilidad práctica –sólo hay que observar el modo en que los personajes razonan, deduciendo ideas que parten de premisas que no son sino prejuicios y burda propaganda-, llevaba de este modo a los jóvenes del 68 a reencarnarse sin sospecharlo en Procusto, el cruel posadero del Ática. Este ladrón tan especial, como es notorio, robaba a sus víctimas por el procedimiento de atarlas a una cama de hierro mientras dormían, y adaptaba sus cuerpos a la longitud del lecho, ya fuera serrando lo que sobraba si los infelices eran demasiado altos, ya descoyuntándolos y estirando de los miembros si se quedaban cortos.

El ejemplo extremo de La chinoise, que hoy casi parece una parodia, puede ocultarnos que la debilidad epistemológica acecha en cualquier momento y en cualquier lugar al pensamiento político, notablemente al de la izquierda. Sin duda, el desarrollo académico ha hecho su camino, ha corregido gran parte de los excesos de época y hoy existe un paradigma activo de inspiración marxista en la investigación social que no trata de proporcionar recetas definitivas, sino que ha tratado de concluir qué es realidad y qué literatura o mito en la formulación original, qué categorías han sido desmentidas por el tiempo y qué conceptos, al contrario, podrían ser reexaminados con vistas a una posible readaptación. Un enfoque que convive y dialoga, además, de modo fértil con aproximaciones a la complejidad del fenómeno político como son la teoría pluralista o la de las élites. Sin embargo, en buena parte de la academia persiste el vicio de cortar lo que no se adecua al molde que se tiene en mente, o de estirar la realidad hasta que coincida exactamente con él, y no sólo ocurre en la izquierda de inspiración neomarxista, sino también en la de corte socialdemócrata. En el revelador El negacionismo económico, Pierre Cahuc y André Zylberberg repasan las diferentes ideas desfasadas que, a izquierda y derecha, circulan ajenas a la reciente evidencia empírica que ofrece una ciencia, la Economía, de un carácter día a día más experimental, más tendente a aplicar la severa metodología causalista que, a fin de cuentas, ha de ser el rasgo distintivo de cualquier ciencia que se tenga por tal. Valga como ejemplo: un cliché obvio que afecta a cierto pensamiento socialdemócrata sería la defensa aún en bloque de la política keynesiana del incremento del gasto público en épocas de recesión, con vistas a incrementar la demanda agregada. ¿Qué nos dicen los recientes hallazgos experimentales de la Economía? Que se ha demostrado que esas políticas funcionan en unas condiciones determinadas, ya perfectamente definidas, y no en otras. Nótese que el síndrome de Procusto afectaría así, de un modo simétrico, a la habitual opinión neoliberal, para la cual el remedio keynesiano es una solución arcaica de imposible aplicación en ningún supuesto.

Y si el prejuicio está ahí, como riesgo cierto para cualquier científico social, qué decir del ámbito de la contienda política, y en el caso que nos ocupa, qué decir de la izquierda política: la tentación de aplicar plantillas caducadas a la realidad se hace tópica, sobre todo si sirve para afirmar posiciones internas de poder: una actitud que casa mal con la habitual reivindicación del espíritu crítico de la izquierda, que a fuerza de repetirse, no se sabe muy bien qué pretende ya indicar. La conclusión es que el interés por una aproximación decidida a la realidad, tal como la busca el verdadero conocimiento científico, es, probablemente, el punto crucial para la izquierda si en verdad quiere renovar su histórico papel transformador, hoy en buena parte un recuerdo. Sólo así podrá alcanzar la coherencia entre ideas útiles para la acción política y búsqueda tanto de liderazgos como de electorados consecuentes para ello. La disyuntiva es, así, apostar por la realidad o mantenerse en el esquema, leninista aunque muchos no lo sepan, de defender la mentira como baza útil para la consecución del poder.

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