Estamos viviendo un tiempo político raro. La investidura de Pedro Sánchez parece a la vez cierta e imposible: ya nadie ve la repetición de elecciones con la certeza de hace apenas una semana y, aún así, cuesta poner la mano en el fuego por ninguna opción. 

El PSOE y Unidas Podemos han puesto en valor el arte de la negociación boicoteando al de enfrente: como en una ficción de secuestros, como en La Casa de Papel. Dice mi colega y ex compañera de clase Patri di Filippo que la realidad es su ficción favorita. A mí me encantaría estar viviendo una película en vez de la descomposición del parlamentarismo de mi país.

Los políticos españoles han convertido cualquier proceso de negociación en un ejercer la incompetencia y decir que no a partes iguales. La actual negociación para investir presidente del Gobierno -así como las sesiones parlamentarias que han dado con sus huesos con la primera votación- han dejado al descubierto las carencias democráticas no de nuestro país, sino de nuestros representantes. 

Para hacer las cosas bien necesitas pensar durante mucho tiempo o ser muy original, y nuestros políticos llevan hablando de lo mismo desde hace casi diez años; repitiendo el primer pensamiento que se les cruzó por la cabeza la primera vez que les pusieron un micro en la boca. La Casa de Papel es una serie que solo podría haberse hecho en España porque la ficción siempre parte de lo que no se tiene para hacer realidad nuestros sueños. Por eso en Estados Unidos hacen películas sobre militares que parecen ángeles de la guarda y en España hemos hecho una serie sobre gente que negocia cosas de forma inteligente. 

Es por lo tanto La Casa de Papel una serie aspiracional. Iván Redondo debe de verla todo el día igual que Alex Pina debió de ver Death Note: para inspirarse.

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