Mi experiencia profesional me ha enseñado que, por desgracia, la mayoría de los líderes políticos tienen como objetivo fundamental culminar su deseo existencial: alcanzar el poder. Y una vez establecidos en esa posición (presuntamente) de privilegio, mantenerse el mayor tiempo posible en la poltrona. Para ello, se requiere, primero de todo, una voluntad inquebrantable en pos de dicho objetivo y, además, una gran paciencia para sobrellevar determinadas situaciones y pretender congeniar con personas con quienes no cruzarían ni media palabra si de ellas no dependiera el alcanzarlo. En definitiva, voluntad y tragaderas. El resto de cuestiones, es decir, el bien de los ciudadanos, la solución de problemas, el interés general, ocupan un lugar subsidiario en sus preocupaciones, cuando no se convierten sino en medios para obtener el ansiado fin. Evidentemente, este hecho es continuamente negado por dichos líderes políticos, como no podría ser de otra manera. Sin embargo, el análisis cuidadoso de sus actuaciones (que no sus declaraciones) suele conducir a esa conclusión.

“Mi experiencia profesional me ha enseñado que la mayoría de los líderes políticos tienen como objetivo fundamental culminar su deseo existencial: alcanzar el poder. Y una vez establecidos en esa posición (presuntamente) de privilegio, mantenerse el mayor tiempo posible en la poltrona”

Es desde este punto de vista donde se puede analizar cínicamente la situación política española actual. En primer lugar, Pedro Sánchez consiguió lo que perseguía desde hace ya algunos años, para lo cual, no dudó en enfrentarse al sistema de toma de decisiones reinante dentro del PSOE: lo que decidían los barones del partido. Efectivamente, cuando Pedro Sánchez fue expulsado de la Secretaría General del partido por las maniobras de los mismos, éste acudió a la propia militancia (vía consulta) para volver a ocupar su puesto, enfrentándose definitivamente al aparato del partido y cometiendo una herejía al socavar el sistema de toma de decisiones establecido. Por ello, Pedro Sánchez sabía que la única posibilidad para su supervivencia política era devenir Primer Ministro. Y así ha sido al aprovechar la oportunidad que la sentencia condenatoria sobre uno de los elementos de la saga Gürtel le ofreció. Una moción de censura que, por primera vez en España, triunfó gracias al apoyo de toda una variedad de partidos de la oposición unidos por una sola consigna: todos contra el PP. Lo que era inicialmente una moción para desalojar del poder a un Mariano Rajoy dejado en mal lugar por la mencionada sentencia, tras lo cual se convocarían elecciones para permitir a los ciudadanos expresar sus preferencias, se ha transformado en la selección de un Gobierno con vocación de permanencia. Y no es solamente por el hecho de que la convocatoria temprana de elecciones generales no interesaba a los partidos que apoyaron la moción de censura (Podemos dada su imparable caída en los sondeos y el PNV por el miedo a un triunfo de Ciudadanos), sino, también, por que Pedro Sánchez necesitaba un tiempo suficiente para, por un lado, consolidar su poder dentro del PSOE y, por el otro, ofrecer una alternativa de Gobierno creíble a toda la ciudadanía desde el control de las Instituciones. Desde este punto de vista, lo está haciendo muy bien: política de gestos (aceptar un barco con inmigrantes rescatados, retirar los restos de Franco del Valle de los Caídos, acudir a las cumbres de dirigentes políticos en el contexto internacional hablando idiomas, diálogo con el nacionalismo en Cataluña, etc.) y anunciar medidas que o no suponen un mayor gasto presupuestario o son asumibles en lo inmediato aunque supongan un aumento del gasto indudable en el futuro (consolidar la actualización de las pensiones con el IPC, aumento de los permisos de paternidad, vuelta a la sanidad universal, retoques a la reforma laboral, etc.). Y aquí viene la bola de cristal: esperar a ver los resultados de las elecciones municipales, autonómicas y europeas de mayo de 2019; en caso de que sean buenos para el PSOE, convocar elecciones generales antes de finales de año y en el caso que sean malos o no suficientemente buenos, esperar a agotar la legislatura previa venta de que la falta de presupuesto del Estado o de otras reformas necesarias para el país es culpa de la falta de apoyo de parte de los otros partidos políticos.

“Lo que era inicialmente una moción para desalojar del poder a un Mariano Rajoy tras lo cual se convocarían elecciones, se ha transformado en la selección de un Gobierno con vocación de permanencia”

En cuanto al PP, todo dependerá del posicionamiento que adopte el ganador de la convención organizada por este partido. En caso de que fuera Casado y optara por políticas de corte radical, es posible que el PP recupere los votantes que inicialmente estarían considerando la opción de VOX, pero la sangría hacia Ciudadanos seguiría produciéndose. En el caso de que fuera Sáenz de Santamaría, es probable que el PP se estabilice en su actual nivel, al asegurar la continuidad de las políticas llevadas a cabo recientemente por el partido y liberarse del estigma de la corrupción asociada con el período de Mariano Rajoy (y su predecesor).

En cuanto a Podemos, estoy convencido de que la figura de Pablo Iglesias no da más de sí y la continuación del declive está asegurada. No es solamente el populismo de sus propuestas que tendrán cada vez menos impacto en el contexto de una economía que recupera su pulso, sino también la imagen proyectada en la forma de controlar su propio partido eliminando a sus posibles oponentes dentro del mismo.

Finalmente, en cuanto a Ciudadanos, no acabo de ver claramente el resultado de su apuesta por determinados elementos de su actual estrategia. De acuerdo en insistir sobre las cuestiones derivadas de la defensa de los derechos civiles, particularmente en el contexto catalán, y la necesidad de avanzar propuestas que resuelvan problemas de la ciudadanía. Sin embargo, un celo excesivo en resaltar cuestiones relativas a la exaltación de símbolos podría ser contraproducente. No se trata de avergonzarse de los símbolos nacionales, pero tampoco de hacer gala y apropiarse de ellos.

 

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