En tan solo una semana, concretamente en los primeros días de este mes de julio, hemos conocido como CUATRO y repito cuatro niños han sido expulsados de campamentos de verano en España. Todos ellos con una característica común: ser discapacitados.

Y esto ha sucedido en un país que presume de tolerancia, feminismo, inclusión, integración, ayudar al necesitado…

¿Quién no ha escuchado en alguna ocasión a su interlocutor decir?

«Yo tengo muchos amigos gays«, o «las mujeres son iguales que los hombres en todo«, y «desde este gobierno vamos a luchar por las políticas integradoras en razón de sexo, religión, raza, discapacidad…» etc, etc. En realidad todo son palabras -políticamente correctas- que se dicen para demostrar un hipócrita talante progresista de la mayoría porque a la hora de la verdad los diferentes son tan diferentes que nos molestan.

Eso parece haber sucedido en cuatro campamentos infantiles situados en Aldeadurero (Salamanca), Torrejón de Ardoz (Madrid), Santa Eulalia (Ibiza) y Torremolinos (Málaga).

Según se ha publicado en prensa, justifican la decisión en la dificultad de tratar a un niño con necesidades especiales y en las protestas de otros padres.  Algunos de estos últimos han argumentado su queja con:»nuestros hijos durante todo el año acuden a centros donde ya hay niños con discapacidad y no lo van a hacer también en verano. Deben descansar».

Pero a mi juicio esto no es lo realmente grave, que aunque por otro lado me resulta detestable, lo que me parece lamentable es lo siguiente:

  • Los organizadores y responsables han tenido la potestad de expulsarles, siendo además algunos de ellos centros públicos.
  • Los medios de comunicación hablan de «niños rechazados en campamentos estivales». Perdonen, NO. Son expulsiones. Habría sido rechazo sino se hubiera formalizado la matricula, abonado el importe estipulado y aceptado el niño en el destino.
  • La repercusión mediática ha sido mínima. Tan solo alguna pequeña reseña de menos de un minuto en informativos televisados o escasas informaciones en prensa digital que no van más allá de citar nombres y el hecho. ¿Donde están los artículos de opinión? Y ¿las organizaciones que luchan por los derechos de los desfavorecidos?

Por cierto supongo que se depuraran responsabilidades y que todo esto no quedará en meras disculpas de los centros competentes. Entiendo que si un gestor, directivo, monitor o similares ha permitido algo así, no siga al frente del puesto que ocupaba ya que ha quedado de manifiesto su incapacidad para ello. En cuanto a los «padres protesta» les deseo felices sueños y me reconforta saber que sus hijos descansan perfectamente mientras los niños diferentes buscan un lugar donde ser aceptados.

He hablado varias veces de personas discriminadas por diversas razones. He escrito, entre indignada y sorprendida, sobre comentarios muy poco acertados de personajes públicos. Siempre lo he hecho desde la ironía más respetuosa porque sentía que ante todo si ellos no conocen el respeto hacia los demás, yo debía mostrárselo como integrante de uno de estos colectivos. Pero hoy debo confesar algo, este artículo lo redacto desde el dolor que me produce ver como niños de once, seis y cuatro años cuyo único delito ha sido nacer diferente a la mayoría, deben pagar las consecuencias de la hipocresía de muchos.

En mi enésimo intento de justicia, voy a lanzar una sugerencia y que se sume a ella quien tenga una neurona del cerebro conectada al corazón:

«Y si a partir de ahora probamos a ver solo las capacidades de las personas»

1 Comentario

  1. Buenos días Olga.
    Impresionado por lo bien que escribes.
    Claro ejemplo de que las palabras, si no van acompañadas de hechos no sirven de nada y de lo egoístas que somos.

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