El resultado de las elecciones en Andalucía ha desatado una tempestad política en la que todavía andamos, y durante la que se ha hablado de todo, pero muy especialmente de autonomías y autogobiernos, con esa forma única que tenemos los españoles de disfrutar hablando mal del otro. Si estos rifirrafes entre nuevas y viejas caras de la política se han caracterizado por algo es por evitar los problemas verdaderamente humanos, los detalles que de verdad cambian la vida de la gente y que nunca forman parte de su discurso. Con las televisiones como cómplices (esas cadenas convertidas en industrias del debate estéril y la retransmisión de lo innecesario), nuestros políticos han inventado un neoespañol autorreferente, que gravita en torno a los temas de siempre (Cataluña, País Vasco, inmigración) pero que olvida todo lo demás. La demografía, por ejemplo. Qué aburrida. Pero qué importante.

“Si estos rifirrafes entre nuevas y viejas caras de la política se han caracterizado por algo es por evitar los problemas verdaderamente humanos, los detalles que de verdad cambian la vida de la gente y que nunca forman parte de su discurso”

La crisis demográfica española es probablemente la amenaza más letal, por invisible, que acecha a nuestro país, y sin embargo parece traérsela al pairo a nuestros políticos de todo signo y aún a la mayor parte de la población. Pues nos debería preocupar y mucho, porque no hay que ser premio Nobel de nada para entender que ser español (entienda cada cual lo que quiera, en esta España que es ahora más que nunca un laberinto de pasiones) va a ser muy complicado si no aseguramos que en el futuro haya españoles. En 2017 sufrimos la mayor pérdida de población registrada, alcanzando en un semestre esos 4,5 nacimientos por mil habitantes que suenan a extinción. Tenemos una población tan envejecida y estéril que en cuestión de años no habrá mucho que debatir sobre autonomías por la sencilla razón de que no habrá quién lo haga.

La solución pasa primero por la política y la legislación, estableciendo estímulos económicos verdaderamente atractivos, con los que nos acerquemos siquiera al entorno europeo. Estoy hablando de permisos de paternidad y maternidad extensos y blindados, flexibilidad laboral auténtica, ayudas bien dirigidas a las familias numerosas. Pero no todas las soluciones pasan por la política. También tenemos que trabajar nuestros deseos colectivos, hacer que la sociedad vea la paternidad como algo deseable y el milagro de la vida que realmente es. Si algo han demostrado los escándalos de la privacidad en Facebook y la manera en que empresas como Cambridge Analytica juegan con nuestras opiniones como si se incorporara un joystick a la población, es que somos mucho menos libres de lo que creemos. Formulado de otra manera, las élites tecnológicas primero y después las políticas han descubierto que somos esclavos de unos deseos que no son tan firmes como creemos, sino que pueden cambiarse si les llega el soplo digital adecuado. Se ha explicado que mostrando a un individuo la información correcta en el orden preciso, se puede conseguir de él cualquier cosa, desde que vote a quien nunca lo hubiera hecho (¿A Trump, por ejemplo?) hasta comprar el siguiente trasto inútil.

“La solución pasa primero por la política y la legislación, estableciendo estímulos económicos verdaderamente atractivos, con los que nos acerquemos siquiera al entorno europeo”

También debemos tomar conciencia de que para que algo cambie en la sociedad del siglo XXI el resorte fundamental es controlar la ficción. Los modelos de ficción televisiva, que consumimos a paladas, acaban dándonos los patrones de comportamiento sin que nos demos cuenta. El éxito universal ochentero de esa comedia llamada Loca academia de policía sirvió para que ingresaran en la policía estadounidense más y mejores candidatos que nunca, y no me negarán que el conocimiento que el ciudadano de a pie tiene de un Asperger es el de un divertido Sheldon Cooper, de modo que la serie Big Bang Theory ha cumplido una doble misión, desinformar al respecto (no deja de ser una ficción de comedia, de manera que ofrece muchos patrones incorrectos o contradictorios de este mal) y desestigmatizar dicha condición, que ha llegado a verse con una mirada de ternura imposible antes de la popular serie. Estoy convencido de que el personaje de Sheldon Cooper ha creado una aceptación mayor en las aulas de alumnos que antes simplemente eran repudiados como raros.

La realidad es que en la televisión que consumimos los niños son mostrados comúnmente como una enorme molestia. Las familias disfuncionales son mayoría, consumiéndose gran parte de los guiones de lo que vemos en las maldades entre los miembros de estos clanes sin armonía. Eso no ayuda al renacimiento demográfico. Necesitamos una ficción que venda bien el relato de la paternidad, que es el viaje más bello y gratificante que puede dar el ser humano. Que sepa mostrar familias que funcionan, que en la sociedad son muchas.

Analicen el comportamiento de los niños de algunas de las series más populares de nuestro momento: aparecen como una legión de pequeños gamberretes y liantes sin moral, el universo infantil visto como una horda de pícaros. La factoría Disney, que debería consagrarse por su historia a una adoración y preservación total de la figura del niño, parece haber especializado la producción de sus series en una especie de escuela de germanía para adolescentes, con series en las que los teenagers son una república ingobernable de relamidos y bordes que, siendo justos, y volviendo a lo que iba, ninguno de nosotros querría tener en casa. Retornando al origen de todo esto: controlando la ficción y mostrando la paternidad como algo deseable, y haciendo ver que los niños como norma son adorables y nuestro único futuro, podríamos conseguir que más personas sintieran la pulsión de tenerlos. Recuerden lo que les decía sobre facebook y el manejo intencional de nuestros deseos: creemos que elegimos libre e independientemente, pero los estudios de psicología lo niegan: somos esclavos de nuestro subconsciente, que es quien elige realmente.  Los estímulos que recibimos del exterior y los modelos que ofrecemos a nuestra mente piensan por nosotros.

Señores políticos: sálvense salvándonos. Recuerden ese pequeño detalle de que para que exista España tiene que haber españoles.

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