El futuro no puede modificar el pasado pero sí contribuye en alterar la percepción que tenemos de ese pasado. Y somos, en gran medida, la conciencia que tenemos de lo que he hemos sido.  Blade Runner 2049 es exactamente eso, una recreación de silencios superpuestos de conciencia de clase. Silencios que hablan. Esos que, sin decir nada, lo dicen todo. Un ensayo sobre el capitalismo posthumano desde la perspectiva de lo humano. Un arsenal de potenciales modos de explotación, desde el punto de vista del marxismo tradicional. La película de culto, la secuela a la que ansiosa en la butaca de cine regalé hace días 224 minutos de mi tiempo, refleja muy bien el antagonismo que atraviesa la sociedad actual. La que dirigida por el poder político se abandona a forzar el progreso hasta un desenlace que, previa deconstrucción de la identidad propia, de la historia real, del pasado reconocido y reconocible, sólo garantiza la autodestrucción.

Los ensayos de ingeniería social son la prueba. Desde el mismísimo Stalin- que apoyó el proyecto “simio humano” del biólogo Ivanov, basado en la idea de que, a partir de la combinación genética entre humanos y orangutanes, era posible crear al trabajador y al soldado perfectos, insensibles al dolor, el cansancio y la escasez de alimentos- hasta el racismo y el sexismo de laboratorio, propios del supremacismo que caracteriza al nacionalismo exacerbado; desde el Estado soviético y el nazismo hasta la actual ideología de género y el independentismo, todos los movimientos de dominación recurren regularmente a experimentar con ello.

Blade Runner 2049, es un ejercicio analítico de la famosa descripción del Manifiesto comunista, una ficción por antagonismo del modo en que la manipulación colectivista tiende a reemplazar la heterosexualidad normativa tradicional por una proliferación de identidades y/u orientaciones inestables y cambiantes. La eclosión irracional de lo minoritario a quien se concede el protagonismo de la posición mayoritaria predominante. Y si no, fíjense en cómo los detractores del patriarcado, lo atacan como si todavía ocupase una posición hegemónica inamovible – curioso, en contra, que Marx y Engels hace más de un siglo, escribiesen que dondequiera que la burguesía ha logrado la supremacía, ha puesto fin a las relaciones idílicas feudales y patriarcales… Lo que me lleva a pensar que si la historia está condenada a repetirse, los manipuladores actuales están más esclavizados a la ideología, más radicalizados en su estrategia propagandista que los de la generación anterior.

Por fortuna, el mensaje humanista de Blade Runner 2049 es el de la esperanzadora tolerancia liberal envuelta en una narrativa e imagen de ritmo lento sólo aptas para estetas cinéfilos. Frustrante la exaltación generosa de la postura social recurrente de no tomar partido, de dejarse llevar en una deriva pasiva propia de la era de la postverdad. La era de la postverdad…  ese término que a mí me sigue pareciendo un eufemismo sintético para normalizar la mentira de siempre pero empobrecida. Para mentir, al menos, hay que tener la determinación de actuar, intencionada y conscientemente. Y la realidad es que la mentira de hoy es tan andrógina y asexuada como nuestro valor. Preferimos vivir instalados en la promesa perpetua de tocar el sol con las manos antes que disfrutar de su certeza alcanzable, su luz y su calor.

Decía Chesterton que el hombre que hace una promesa se cita consigo mismo en el futuro. Lo malo es que hoy por hoy, ese mismo hombre del futuro será un ser diferente, que no se reconoce con el que se ha comprometido. La pesadilla de la civilización que, históricamente construida sobre promesas – basadas en la confianza y el amor- se desmorona por culpa “de un hombre constantemente cambiando en otros hombres que es en lo que consiste el alma misma de la decadencia”. Ahora, ni aunque el compromiso haya quedado grabado a fuego en solemnes juramentos, podemos tenerlo por cierto. La pérdida evidente del valor de la palabra dada, la manipulación colectiva y sistémica, nos coloca en situaciones indeseables, dañinas y desigualitarias. La tiranía de lo políticamente correcto que autocensura la humanidad misma y que responde a espeluznantes intereses. Miedo a las consecuencias de pensar diferente al resto frente al pánico que sugiere las consecuencias de no hacerlo. Todos convertidos en autómatas – si hasta los androides de Blade Runner 2049 tienen más conciencia propia y más sentimientos humanos de los que suele ser habitual en la sociedad actual-. Periodistas, ciudadanos, políticos, intelectuales,… todos se han vuelto preocupantemente cobardes y complacientes, sordos a su conciencia, en la era de la postverdad. Conmigo, que no cuenten.

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