Populismo, esa palabra que referida al pueblo tiene que ver con todo menos cosas buenas para el “pueblo”. Pueblo, que es como se denomina a la “gente” de una población, pero que últimamente es una especie de sinónimo de las clases menos favorecidas de la sociedad.

El caso es que populismo y populistas convergen en un movimiento político transversal que aspira a defender desde el proteccionismo económico, el control migratorio y el poder absoluto, la voluntad popular que conocemos como Democracia y cuyo máximo exponente es el sufragio.

Y en este inicio de siglo contamos con populistas de izquierdas y de derechas. De izquierdas, largamente conocidos como el “Chavismo” ( movimiento politico venezolano que ha derivado en una dictadura neo-comunista). De derechas contamos con el “Trumpismo”. El movimiento liderado por el “outsider” Donald Trump y que le ha llevado de forma sorprendente a la Presidencia de Estados Unidos.

Trump sustentó su campaña electoral en los tres pilares de los nuevos populismos: redes sociales y televisión, promesa de igualdad entre los ciudadanos, y lucha contra la corrupción de los partidos políticos tradicionales.

El caldo de cultivo para que Donald Trump ganase las elecciones presidenciales de Estados Unidos era evidente: un enorme descontento de la gigante clase media estadounidense por los efectos colaterales de la globalización, la pérdida masiva de empleos, la corrupción de las élites, la desconexión entre los votantes y sus representantes en las instituciones.
Y Trump, contra todo pronóstico ganaba unas elecciones gracias al voto de las mujeres, latino, y parte de los seguidores millenials de otro populista – de izquierdas- en liza, Bernie Sanders. El hecho de que los votantes tradicionales del partido demócrata no confiasen en Hillary Clinton terminó con las aspiraciones de la Secretaria de Estado. Y el hecho de que Trump ganase en contra de los Republicanos del establishment, lo convierte además en el primer presidente de Estados Unidos capaz de enfrentarse a todo el mundo, todo el rato.

Una vez ganada la Casa Blanca, sus primeros meses de Presidencia han sido de todo menos tranquilo. Un estilo de gobernar a través de los medios de comunicación y redes sociales, con un equipo no profesional en el que la acusación de nepotismo es diaria. Aun así , las instituciones estadounidenses siguen funcionando.

Salva , de momento, a Estados Unidos su enorme capacidad de regeneración y de equilibrios e independencia entre el poder político, legislativo y judicial.

Donald Trump en 2011, antes de inciar su carrera hacia la Casa Blanca ©Gage Skidmore (CC)

Mientras que la Administración de Trump es como el ejército de Pancho Villa ( cada uno dispara donde le parece), la justicia y el capitolio hacen su trabajo. El FBI investiga, los jueces paralizan órdenes ejecutivas de la Casa Blanca y el Senado vota en contra de leyes fundamentales como el sistema de Salud aprobado por el Presidente Obama. Y si, los republicanos tienen mayoría en el Congreso de Estados Unidos y en el Senado. Ambas cámaras.

Por ello, y solo por ello, porque la independencia de poderes y el sistema de equilibrios existe, Estados Unidos está aguantando el huracán Trump con estoicidad. Por ello, y solo por ello el Trumpismo no parece que vaya a durar más de una legislatura. A diferencia de otros países en donde el populismo llegó al poder y se transformó en sistema politico autoritario – como el venezolano-, Estados Unidos tiene en su ADN la fortaleza de las libertades individuales por encima de todas las cosas.

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