El 28 de abril quedará marcado en la memoria electoral de España. Y no porque VOX vaya a entrar en el Congreso de los Diputados de forma notable. Sino porque Pedro Sánchez puede poner punto y final a su etapa como político de primera línea y retirarse a aquel apartado al que él mismo no quiere volver -a los hechos me remito-. Ese es al menos mi sueño, utópico o no.

No entra en mis bases de raciocinio, por medio de las cuales deberían gestarse las decisiones de todas las personas, el que una amplia mayoría vea a Pedro Sánchez como el mejor candidato posible a la Presidencia. Porque Sánchez ha demostrado desde el principio no tener educación, palabra y prácticamente principios. Todos van en una. En el preciso momento en el que se tumba cualquiera de esos significantes, no tiene significado alguno seguir confiando en que el resto cobren sentido.

“No entra en mis bases de raciocinio, por medio de las cuales deberían gestarse las decisiones de todas las personas, el que una amplia mayoría vea a Pedro Sánchez como el mejor candidato posible a la Presidencia”

No es que Abascal o Iglesias sean mejores que Sánchez, pero al menos son fieles a la incoherencia e imposibilidad de sus respectivas realidades. Mientras que el socialista defiende orgulloso su bipolaridad, en función de tener el traje de candidato o de presidente, los otros campan tranquilos como adalides de la revolución política que jamás terminarán de cumplir.
Sánchez llegó y se tuvo que ir. Dentro de su partido, por suerte, había gente más cabal que sabía que en España había mayores preocupaciones que a quién tener que votar cada 15 días. Él no lo entendió y se quedó solo. Pero lejos de quedarse tocado y dejarse hundir en el fango político, optó por recuperarse. Renacer de las cenizas quemadas por el Sentido de Estado. Aunque claro, no con las mejores formas posibles.

Pedro era la elegancia personificada, pero tuvo el valor de llamar indecente a Rajoy en un debate pre-electoral histórico. También negó pactar con populistas y nacionalistas, pero acabó haciéndolo. Llamó fachas a Ciudadanos, hasta que consiguió firmar un acuerdo de investidura con 200 puntos. Y cuando llegó al poder se olvidó de todas esas promesas representativas del que iba a ser su mandato. La primera y más importante: convocar elecciones cuanto antes.

“Pedro era la elegancia personificada, pero tuvo el valor de llamar indecente a Rajoy en un debate pre-electoral histórico. También negó pactar con populistas y nacionalistas, pero acabó haciéndolo”

Con Sánchez en La Moncloa hemos visto constantemente el uso de helicópteros y aviones privados para fines personales. A ello se suman las dimisiones sucesivas de ministros por irregularidades en su pasado con Hacienda y la Universidad, mas los que se han olvidado para conservar sus puestos. Y con la desfachatez que le llevó a acometer todo lo anterior, Sánchez cambió el nombre de “populismo” por el de Viernes Sociales. Si queda algo de sentido común en España, qué menos que reconocer que se prefiere lo muy malo a lo peor. Si no se quiere a Iglesias, Rivera o Casado, y por ello se escoge a Sánchez, entonces habrá algo de esperanza para seguir sustentando al peor Gobierno de la historia de España. Ni el belicismo de Aznar, ni la corrupción de Rajoy ni la creación de las cloacas de Felipe, y tampoco las atrocidades económicas de Zapatero merecen un sucesor de la talla de Pedro Sánchez.

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