Algunas realidades políticas se empeñan en existir con tal naturalidad durante tantos años de nuestras biografías que nos hacen sentir que son inmutables y no la coyuntura de un tiempo. Ocurrió en su día con ETA –la insistente cantinela de que sin una solución política no se alcanzaría el fin de la violencia-, sucedió hace poco con el enterrado bipartidismo imperfecto, cristalizado tras los ajustes del sistema en los arranques de la democracia, y acaba de pasar con la caída del PSOE en Andalucía. Pero nada permanece estático, y si fuéramos capaces de no olvidar ésta y otras pocas verdades mínimas, seríamos más eficaces al acercarnos a la política y a su misterio. Al menos, no nos dejaríamos impresionar continuamente por lo que continuamente ocurre. El nacionalismo catalán también debería tomar nota de los indicios que se observan, si uno está dispuesto a mirar, desde que su apuesta de máximos se estrelló contra el límite. ¿Lo estará haciendo?

“Algunas realidades políticas se empeñan en existir con tal naturalidad durante tantos años de nuestras biografías que nos hacen sentir que son inmutables y no la coyuntura de un tiempo”

Con el inicio del año saltó a portadas, digitales y de papel, una noticia sin relación aparente con el problema nacionalista: los pasajeros de un tren quedan aislados, en plena noche y en medio del campo, tras la avería de la locomotora que debía conducirlos de vuelta a Madrid. Extremadura y el atraso de su servicio ferroviario. De un modo muy vago, creemos haber leído antes notas secundarias sobre situaciones similares, y nos lo confirma el contexto que se nos da para la noticia: cientos de incidentes durante el año que acaba. Sin embargo, pronto detectamos una diferencia: el tema no se agota tras el comprensible interés inicial –el suceso ha venido a darse la noche del uno de enero, la gente de vuelta a la capital, tras haber compartido con los suyos la noche de fin de año. Muy al contrario, se siguen sucediendo, hasta hoy mismo, las piezas en que el problema parece ganar impulso. Porque ya amortizado el aspecto humano de la pequeña odisea navideña, la derivada obligatoria de las nuevas informaciones es un enfoque puramente político: el sangrante retraso de las infraestructuras de la región. Locomotoras diesel, vía única, tramos aún sin electrificar, traviesas de madera del siglo XIX, falta de mantenimiento. La reivindicación extremeña que toma nuevos bríos. Y de ahí, se salta a la inversión desproporcionada entre la red del AVE y la convencional: de forma abierta se explicita el precio a pagar por un modelo de desarrollo territorial naturalizado los últimos cuarenta años. Irónicamente, ni siquiera el diseño de la red del AVE escapó en su día a la retórica del agravio nacionalista, aun siendo Cataluña la única comunidad con todas sus capitales comunicadas por ese medio. Pero lo interesante es darse cuenta de que el corolario mediático de tal estado de cosas pasaba por sumergir, con necesaria indiferencia, en la invisibilidad a las regiones desfavorecidas. ¿Hubiera sido posible leer hace cinco años lo que con tal crudeza leemos ahora? La agenda de los medios es un indicador de que las cosas están cambiando.

La fragmentación política desatada en España en los últimos años se traduce en la eclosión de una pluralidad de marcos –los ya familiares frames– que pugnan entre sí por nuestro favor y que, como afirma la versión actualizada de la Teoría del Establecimiento de Agenda –la igualmente célebre Agenda Setting-, no solo intentan determinar qué temas son dignos de ocupar nuestra atención, sino también cómo deberíamos pensar sobre ellos para fijar nuestras opiniones políticas. Tales marcos se van configurando en un proceso de interacción entre los tres tipos de agentes que conforman la opinión pública: actores políticos, media y ciudadanía. En este momento, una buena parte de la sacudida informativa que vivimos se explica, precisamente, como efecto de la dinámica iniciada por el arrebato nacionalista hace unos años. Dentro de Cataluña, la resistencia no solo es capaz de mostrar su determinación en concentraciones que se han hecho cotidianas y reúnen por sistema cifras considerables de asistentes, sino que en momentos de urgencia ocupa la calle un volumen impresionante de opositores a los objetivos del secesionismo. La monopolización del espacio público por éste se discute de igual modo, y cualquier acción de lazos amarillos suele tener una respuesta inmediata con repercusión mediática. Pero, por encima de todo, el deseado monopolio informativo nacionalista se ve permeado desde los nuevos medios: ya rota la espiral de silencio, el constitucionalismo en Cataluña demuestra su vigor indiscutible en la acción cotidiana en las redes sociales, y así fortalece su posición día a día. En este contexto de reacción y empate técnico, en que la ideología nacionalista está pasando de ser obligatoria a mera opción, la llamada de algunos sectores hiperventilados –intelectuales orgánicos que defienden así su cuota mediática- a que la gente tome la calle para arrastrar a una clase política nacionalista presentada como acobardada, no puede ser más ridícula y falta de realismo.

“La fragmentación política desatada en España en los últimos años se traduce en la eclosión de una pluralidad de marcos que pugnan entre sí por nuestro favor y que no solo intentan determinar qué temas son dignos de ocupar nuestra atención, sino también cómo deberíamos pensar sobre ellos para fijar nuestras opiniones políticas”

Otro tanto se puede decir al considerar la transformación política en el conjunto de España: marcos interpretativos como el apuntado –el foco en un sistema de desarrollo territorial injusto y discriminatorio- no serían explorados por los medios si no se hubiera creado antes un estado propicio de opinión pública. Tal estado es la resaca de los sucesos de octubre de 2017, que influyeron, a su vez, en la mutación del sistema de partidos: no solo dos de las fuerzas principales brindan a su elector la aplicación inminente de un nuevo 155, sino que, en una obvia relación de causa-efecto, eclosiona un partido que lleva por bandera la supresión del Estado autonómico. Más allá de la retórica electoral populista, lo cierto es que no hay formación hoy tan bien situada como Vox para dar voz al sentimiento de injusticia de las comunidades y zonas maltratadas por decenios de discriminación y olvido. Paradoja: una nueva derecha ultraconservadora que actuará en un tema de izquierdas donde la izquierda no ha sabido actuar. La pujanza de esta formación y su influencia en las agendas mediática y política, en cualquier caso, debilitarán las posiciones del nacionalismo catalán y de sus pretensiones negociadoras en elecciones futuras.

Aunque a cualquiera le resulta difícil asumir los efectos en su contra que provocan sus propias acciones, el nacionalismo, ideología dada a diseñar ficciones y a externalizar responsabilidades, posiblemente sea más incapaz que nadie de hacer un análisis realista de la situación. Además, su propia clase dirigente se ha colocado, tras el fiasco de la república inexistente, en un inmanejable terreno que debe conjugar, a la vez, una retórica inflamada y la necesidad de no volver a cruzar la línea de la legalidad estricta. En tal situación esquizofrénica, no es probable que el nacionalismo pueda reconocerse a sí mismo que hoy está más lejos de su proyecto de máximos que hace cinco años. Que es más débil porque su delirio ha engendrado resistencias que se activan, no solo dentro de Cataluña, sino en toda España. Cuando el discurso se hace plural, nos hallamos en la antesala de la pérdida del poder político, una pérdida que puede llegar pronto o tarde, pero que con toda probabilidad llegará. Nada hace pensar que el nacionalismo, a pesar de la eficacia sentimental con que retiene a su clientela, sea distinto a otras ideologías, e inmune a la corrosión que los procesos comunicativos ya están infligiendo a los cimientos de su hasta ahora indiscutida hegemonía.

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