Quizá deberíamos reconocer que la politóloga Marlene Wind, con su ejercicio de solvencia académica desplegado hace unos días en la Universidad de Copenhague, nos sacó los colores de forma implícita a nosotros, constitucionalistas, igual que de un modo tan evidente hizo saltar por los aires el relato del sorprendido ex president Puigdemont. Celebrar, sin más, el sonoro vapuleo dialéctico al que fue sometido quien buscaba un enésimo golpe de efecto de su circo propagandístico –así definió Wind la pretensión de su invitado, o mejor autoinvitado-, parece que nos exime de tener que volver la mirada hacia nosotros mismos. ¿Qué deberíamos extraer de nuestra sorpresa al constatar la crudeza, en el tono y en el fondo, de unas acusaciones casi imposibles de hallar en cualquier foro periodístico o académico de referencia en nuestro país? Wind habló de la falta de legitimidad de un proyecto diseñado sólo para la mitad de la población, del inquietante tufo a limpieza étnica, de voluntad de balcanización, de asunto propio de ricos mimados: todas estas invectivas tuvo que soportar un Puigdemont bolígrafo en mano, despellejado en vivo y disminuido de repente casi al rango de estudiante que ha de dar cuenta de su competencia en el manejo de nociones elementales sobre la naturaleza de la democracia. La pregunta es: ¿por qué una autoridad intelectual de otro país y no del nuestro?

La politóloga Marlene Wind, con su ejercicio de solvencia académica desplegado hace unos días en la Universidad de Copenhague, nos sacó los colores de forma implícita a los constitucionalistas

Baste recordar las aún más crudas palabras de Bjarke Møller, director del think tank danés Europa, calificando de vergonzosa la invitación a la universidad de un “fanático” como Puigdemont, para reforzar la impresión de que, en efecto, aquélla no es una cultura ni académica ni periodística homologable a la nuestra. Y el panorama no cambia por el éxito en España de un programa de entrevistas, éste sí de referencia, supuestamente crítico, que consigue desplegar, a partir de una inane mordacidad de laboratorio, la falsa impresión de que marca el terreno a los políticos: la propuesta se ve malograda por el sesgo obvio y por la sistemática querencia de un efectismo buscado a través del tono, de la realización y del personalismo de un entrevistador quizá sin la formación necesaria –o cabría decir, de un equipo de guionistas sin la voluntad o la potestad- para generar la clase de preguntas que serían de auténtico provecho para la reflexión política de la audiencia. En definitiva, salvo excepciones –que no por visibles dejan de serlo-, un rasgo que define en España a buena parte de la academia y al periodismo de mayor difusión es el exceso de tacto y deferencia hacia el poder político en general y, como estamos viendo, en particular hacia quienes en los últimos tiempos han hecho saltar por los aires la democracia en Cataluña.

Por tanto, si nuestro ambiente periodístico es distinto del que parece ofrecer Dinamarca, aventuremos el porqué. Es cierto que ambos países se ubican en regiones culturales históricamente diferenciadas, y ello llevará a cualquier politólogo a recordar el ya célebre estudio de Hallin y Mancini sobre los distintos tipos de sistemas mediáticos y su relación con el poder político: España estaría incluida en el modelo pluralista polarizado o mediterráneo, caracterizado, para lo que nos ocupa, por un frecuente clientelismo –concesión de licencias, publicidad institucional- que favorece la promiscuidad entre élites políticas y medios, así como el alineamiento ideológico de éstos. Dinamarca responde al patrón democrático corporativo –más profesionalizado, más autorregulado y más garante de la libertad de prensa, a pesar de las subvenciones públicas-. Sin embargo, en un contexto globalizador en que las diferencias entre esos modelos tienden a atenuarse, puede haber un factor específico que esté devolviendo las cosas hacia el punto de partida. Y no ya en el ámbito catalán, donde el encuadramiento del procés ha inflado la burbuja clientelista, que afecta a buena parte de periodistas y académicos y exacerba los peores rasgos del citado modelo mediterráneo-: también en el conjunto de España, donde el exceso de tacto hacia el unilateralismo independentista es demasiado llamativo. ¿La causa probable? La asimilación en lo básico, por parte de la cultura política española, de modo inconsciente, de la narrativa del agravio impuesta por el nacionalismo. De ahí que cuando una académica de élite como Marlene Wind pone con naturalidad las peras al cuarto a alguien con las credenciales de Puigdemont, nos sorprendemos a nosotros mismos sorprendidos, hechizados por su eficacia, que reconocemos a años luz de la nuestra. Ha bastado con que aparezca alguien con información suficiente para superar el efecto frontera –el problema para captar la complejidad de cualquier asunto político que afecta a los periodistas al tratar temas extranjeros-, y ajeno a nuestra viciada cultura política, para que el encantamiento se rompa en pedazos.

Salvo excepciones honrosas un rasgo que define en España al periodismo de mayor difusión es el exceso de tacto y de deferencia hacia el poder político en general y en particular hacia quienes, en los últimos tiempos han hecho saltar por los aires la democracia en Cataluña

Y si la primera lección de la jornada danesa viene de las palabras de la politóloga Wind, la segunda puede extraerse de la respuesta del propio interpelado: la sombra franquista, según disparó a bocajarro, planea sobre la democracia española, que por eso mismo, no es tal. Por supuesto, de nada sirvió que Freedom House, el observatorio que cada año mide el estado de la democracia y la libertad en el mundo, hubiese presentado días antes su informe para 2018, y que España siga mereciendo la condición de democracia plena (94 puntos sobre 100). En Cataluña, el hiato entre la realidad empírica y la verdad narrativa diseñada desde el poder se ensancha día a día. En realidad, el uso desacomplejado de la dictadura como periodo de referencia para el revisionismo histórico es una novedad en el nacionalismo: el obvio colaboracionismo en tantas líneas genealógicas hacía más que embarazoso explotar ese caladero. Sin embargo, ahí ha habido un cambio repentino, y el uso industrial del término franquismo por los secesionistas se generaliza ante la respuesta del Estado en el clímax insurreccional de septiembre y octubre pasados. En nuestra democracia no se ha negado legitimidad al nacionalismo aludiendo a la adscripción franquista de padres y abuelos, pero el actual estado de cosas permite que alguien como el ex conseller Comín, nieto de un prócer de actuación decisiva en el golpe del 36, pueda acusar, no de rémoras, sino de franquismo pleno a todo un Gobierno democrático sin que le tiemble la voz: el nacionalismo de hoy blanquea todos los pasados propios mientras ennegrece no sólo los presentes ajenos, sino el propio sistema que jamás entorpeció su hegemonía. La socialización que durante los últimos años trasladó a los catalanes la falacia de la asimilación entre España y derecha, en oposición al binomio Cataluña-progresismo, fue el primer paso. La explotación de la sospecha sobre el valor de nuestra democracia por parte de la nueva izquierda populista, abrió la brecha definitiva. En un reciente artículo publicado en el diario Ara, el historiador Xavier Casals, al negar con razones la correspondencia entre lo que él denomina nuevo nacionalismo español y franquismo, recibe en el foro un alud de respuestas de lectores indignados, que quieren seguir creyendo a cualquier precio en la maldad intrínseca de la democracia española. Por otro lado, no sorprende ese parentesco entre nacionalismo y nueva izquierda: ambos populismos practican políticas de la identidad que, para su éxito en la creación de un electorado cautivo, deben dividir a la población: la vía es el uso intensivo de narrativas basadas en la reescritura de la historia.

En Cataluña, el hiato entre la realidad empírica y la verdad narrativa diseñada desde el poder se ensancha día a día

El éxito con que se ha introducido en el debate una falacia tan grosera como es la contaminación franquista de nuestra democracia, nos hace deducir la segunda enseñanza de la jornada danesa de Puigdemont: ante la inexistencia de una narrativa sólida de oposición a las mentiras, se cumple la máxima política de que el espacio que uno no ocupa, lo acaba colonizando el rival.

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