Camino de dos años ya desde el marasmo insurreccional de otoño de 2017, no es fácil diagnosticar hacia dónde van las cosas en Cataluña. O mejor: no debería ser fácil hacerlo sin la convicción incómoda de que lo que digamos hoy puede envejecer muy pronto. Como mínimo, tendríamos que sospecharlo al ver cómo conviven con desparpajo las aproximaciones más excluyentes entre sí, tejidas tantas veces por los analistas de modo tan afilado que, tras la lectura de sus predicciones, nos descubrimos conducidos de forma alternativa a una convicción y a su contraria: sí, el Estado ha ganado, asentimos con alivio. Al poco rato, desazonados otra vez: un nuevo choque -y éste será peor- se hace inevitable, es solo cuestión de tiempo. Por no hablar de la obviedad de que cualquier azar puede liquidar, de un plumazo y de la noche a la mañana, la tendencia más consolidada. El futuro siempre está pendiente de reescritura.

«Camino de dos años ya desde el marasmo insurreccional de otoño de 2017, no es fácil diagnosticar hacia dónde van las cosas en Cataluña. O mejor: no debería ser fácil hacerlo sin la convicción incómoda de que lo que digamos hoy puede envejecer muy pronto»

Podemos tener más confianza, a priori, en una mirada atenta –y que, al menos, evite tratar de engañarse- a lo que existe hoy: al presente del procés, si la dinámica rupturista sobrevivió a aquel octubre, o del postprocés, si las posibilidades de su reproducción fueron abortadas, al menos hasta un futuro lejano, y lo que ahora percibimos es solo la puesta en escena de una clase política de uñas y vuelta panza arriba en su rabiosa defensa del privilegio. Sea lo uno o sea lo otro -sea, en realidad, imposible de determinar el qué- la palabra bunkerización describe bien el momento del poder secesionista y de la incansable máquina de propaganda de sus peones subvencionados. El éxito de la política nacionalpopulista depende de no dejar ni por un momento de arrojar sal a la herida identitaria previamente abierta: los resultados en las elecciones europeas para Farage y su aislacionismo en el Reino Unido, también las de Orbán en Hungría, certifican que las distintas versiones del nuevo tribalismo son herramientas poderosísimas de abordaje del poder para quienes decidan agitar los fantasmas de la identidad. Sin embargo, en el nivel agregado, para el conjunto de Europa, empieza a vislumbrarse una cierta reacción defensiva ante la amenaza de disolución: los resultados del populismo no paralizarán, durante los próximos cinco años, el necesario reimpulso europeo. Los nacionalistas catalanes se muestran tan fuertes como los británicos o los húngaros en su lucha por la hegemonía local, pero todos ellos han sido reconocidos y se empieza a leer correctamente lo que significan.

Un ejemplo obvio de esa bunkerización nos lo brindó el secesionismo catalán hace solo unos días. La secuencia es la siguiente: el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo emite el pasado 28 de mayo la decisión que rechaza, por unanimidad, la demanda contra el Tribunal Constitucional español interpuesta en su momento por 76 diputados independentistas, entre ellos Puigdemont y la entonces presidenta del Parlament, Carme Forcadell. El TC, recordemos, tras admitir a trámite el recurso de amparo interpuesto por los 16 diputados del PSC –y al  aceptar un “supuesto de urgencia excepcional”-, había suspendido a cuatro días de su celebración el pleno previsto en la cámara catalana para el 9 de octubre de 2017, el pleno de la DUI, en que Puigdemont iba a proclamar la independencia. Los secesionistas demandaron al TC alegando que su decisión violaba su libertad de expresión, su derecho de reunión y asociación y, por último, coartaba la voluntad expresada por los votantes del referéndum del 1 de octubre. Como cabe suponer, los nacionalistas no se conformaron con formular esa demanda, sino que embistieron en bloque contra el TC, tildándolo de parcial, arbitrario y vergonzante. Ahora, el varapalo recibido el día 28 desde Estrasburgo no deja en pie uno solo de sus argumentos: la suspensión de aquel pleno parlamentario por el TC fue “necesaria en una sociedad democrática” y “respondía a un bien social imperioso”, como era la protección de los derechos y libertades de la minoría parlamentaria e, indirectamente, de sus electores. El TEDH afirma, además, que la decisión de convocar aquel pleno por la Mesa del Parlament –presidida también por Forcadell- fue una manifiesta falta de respeto a las decisiones y advertencias previas del TC. Finalmente, se dinamita toda pretensión de legitimidad de la vía unilateral: no existe ningún derecho de expresión de la voluntad popular a través de referendos de autodeterminación si los mismos no están previstos en el orden constitucional del país afectado. Ante esta decisión del TEDH, que permite deducir sin esfuerzo que quienes pretendían ser discriminados fueron en realidad represores, ¿cuál fue la reacción del secesionismo? ¿Mirar hacia otro lado y dejar que pasaran los días?

«El éxito de la política nacionalpopulista depende de no dejar ni por un momento de arrojar sal a la herida identitaria previamente abierta»

En un requiebro que nos descubre la febril muralla de irrealidad que los nacionalistas se han impuesto levantar, día a día, para mantener las bases de su poder –su verdadera condena y un precio que nadie debería estar dispuesto a pagar-, la respuesta a lo que llegó desde Estrasburgo no fue un previsible disimulo, sino el contraataque más frontal, burdo y descarnado, trazado para insuflar nueva fe entre los creyentes. Sin esperar un día, se hizo público un informe vinculante de la ONU, en el que se exigía al Gobierno español la puesta en libertad de Junqueras y los Jordis. La trompetería mediática habitual, siempre como fiel engranaje de los dictados de Palau, hizo su trabajo en tiempo récord, y las redes diseminaron la buena nueva: dignidad e indignación quedaban reforzadas a partes iguales entre la parroquia. Lo de aquel tribunal europeo no cuenta ante un dictamen de la ONU: Cataluña no solo da una lección a España, ahora también a Europa.

El problema es que, excepto para esa clientela tan presta a la euforia, la maniobra quedó a la vista de inmediato. Ni informe, ni vinculante, ni ONU: la opinión particular de un grupo de trabajo, conclusiones que no obligan a nadie, un escrito que no representa ninguna toma de posición oficial de las Naciones Unidas. Y, tras rascar solo de modo superficial, descubrimos un escrito confeccionado por técnicos con estrecha relación profesional con el propio responsable del encargo, a su vez la persona elegida por el secesionismo para internacionalizar el procés. Un escrito que es, además, como nos informan numerosos juristas, un auténtico despropósito: ignora la separación de poderes, se elabora sin que uno solo de sus redactores haya puesto un pie en Cataluña para verificar sobre el terreno, tergiversa el motivo por el que el Tribunal Supremo dictó prisión preventiva para los tres encausados, no incorpora las alegaciones que en su día les facilitó la Abogacía del Estado. Un traje a la medida que transmite con toda fidelidad la visión independentista de las cosas. Se dice, con razón, que la ONU debería revisar los mecanismos de colaboración por los que tantos grupos de trabajo vinculan al nombre de la organización opiniones que, en muchos casos, no pasarían ningún filtro de calidad.

«Cuando se dice, con muy buena intención, que el poder nacionalista deberá entender algún día lo que ha hecho y reconocer a la mitad de los catalanes que no están por la independencia, se debería añadir que, a día de hoy, no hay incentivos para abandonar el populismo»

Cuando se dice, con muy buena intención, que el poder nacionalista deberá entender algún día lo que ha hecho y reconocer a la mitad de los catalanes que no están por la independencia, se debería añadir que, a día de hoy, no hay incentivos para abandonar el populismo. Los secesionistas atisban solo un camino posible, su atrincheramiento para retener, a cualquier precio, al público cautivo por el sentimiento. El precio que pagan, sin embargo, además de la servidumbre a la mentira, es hacer su ficción, día a día, más obvia a ojos de quienes ya han empezado a reírse de ellos. Hay muchas fotos fijas posibles del procés, pero una de las más obvias es la de un empate técnico y enquistado entre creyentes y gente que empieza a ver todo el asunto como un sainete impagable.

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