El elector centrista sugiere hoy la imagen de un grupo de pasajeros a la espera en una parada de autobús antigua, de aquéllas sin pantalla que oriente sobre el tiempo estimado para la llegada. Sabemos que, en algún momento, el bus deseado, que acumula un cierto retraso, pasará a recoger a la nutrida concurrencia, pero no sabemos cuándo. Algunos de los pasajeros, algo cansados de esperar, decidieron hace un rato no usar ningún transporte y se fueron a casa andando. Otros optaron por tomar otra línea que no les dejaba en la puerta, pero les acercaba un trecho. Sin embargo, tanto los que se han ido como los que aún esperan y se irán en breve, a pie o en el bus subóptimo, tomarán la línea apetecida cuando se restablezca el servicio.

Aunque alargar una metáfora no es nunca una buena idea, y ésta dura más de lo razonable, sirva para recordar algo que olvidamos con el ruido del continuo fuego cruzado partidista –prometo que es el último símil del artículo-: las preferencias políticas del ciudadano descansan en un sustrato previo de valores que tiene una cierta continuidad en el tiempo, y que tratamos de traducir a la inevitable escala ideológica izquierda-derecha. Hace ya tiempo que el lugar de promedio ideológico de los españoles está en un punto del centro levemente escorado a la izquierda –posición, en jerga de politólogos, hacia el 4,5 en la escala de 1 a 10-. Y sobre ese punto pivota el porcentaje significativo del electorado en España, porque la orientación ideológica promedia ese lugar a partir de una distribución normal, con más gente hacia el centro y menos en los extremos. Eso es así y va a seguir siéndolo en el tiempo que nos conduzca a las próximas elecciones. Por ello, de modo inevitable, los tres partidos principales volverán sus miradas, cada uno a su manera, hacia ese espacio heterogéneo cuando quieran maximizar sus posibilidades.

las preferencias políticas del ciudadano descansan en un sustrato previo de valores que tiene una cierta continuidad en el tiempo, y que tratamos de traducir a la inevitable escala ideológica izquierda-derecha”

Si atendemos al continuo juego de ocupación-reocupación del espacio partidista, la suma de movimientos de las distintas fuerzas cristaliza hoy en una sensación de abandono relativo de la franja central: PSOE y PP aparecen como partidos que se alejan del punto de síntesis ideológica. Los socialistas, tanto por la estrategia interna adoptada en su momento por el nuevo secretario general como por, en lo inmediato, su dependencia de las formaciones que han hecho posible su investidura. Los populares, como resultado del perfil ofrecido para competir por el nuevo líder en el proceso de primarias. Es llamativo comprobar cómo la oferta política –llamémosle ideología– es, de modo más acusado en un multipartidismo con más zonas de fricción entre partidos, también con la introducción de primarias, la derivada de consideraciones tácticas y estratégicas que pueden jugar a la contra del razonamiento espacial. Es decir, del análisis sobre cuál es el lugar en que las bolsas de electores se encuentran en un momento dado y cuál la percepción que la ciudadanía tiene del lugar en el que se ubica el propio partido. Por ello, y éste es el llamativo caso actual, los partidos pueden descentrarse de modo provisional –que no necesariamente breve- por razones coyunturales. En esto se parecen bastante, a día de hoy, el PP y el PSOE.

Los populares, como resultado del perfil ofrecido para competir por el nuevo líder en el proceso de primarias”

Los populares, que han completado una rápida reconversión con el fin de ser competitivos, se hallan ahora en una situación resumible como sigue: la moción de censura al ex presidente Rajoy fue detonante de su renuncia al liderazgo en el contexto de un marcado descenso del apoyo a su gestión. La merma se debía en lo esencial a la evaluación que su electorado hacía de la gestión gubernamental de dos graves problemas: corrupción y cuestión catalana. Y la insatisfacción tenía que ver no tanto con la disconformidad con un perfil de gobierno más a la izquierda del deseable, sino con la forma de afrontar ambos problemas, que se juzgaba contemporizadora. La diferencia es sutil. La introducción de primarias conduce a una inevitable polarización entre candidaturas que deben incorporar un producto programático que sirva para diferenciar al candidato y que –no hay que olvidarlo- puede ser útil para obtener el poder en el partido, pero quizá no para maximizar su resultado en unas elecciones. En otras palabras, la figura de Casado como anti establishment de puertas adentro –el mismo rol que aupó a Sánchez en el PSOE- muy posiblemente será una inyección de optimismo para los populares, ya que aporta la promesa de un líder joven y decidido a la hora de romper con las limitaciones del estilo tecnocrático de Rajoy. Pero creer eso no debería ser lo mismo que creer que el producto ideológico que adjuntó Casado a su candidatura tiene por qué tener validez en bloque. Los primeros que pueden caer en una especie de autoengaño son los propios cuadros populares: hay que distinguir al líder que un partido pone a su frente, de la propia marca del partido y, por último, del contenido ideológico que se adopta, que es relativamente dúctil para cada formación, dentro de sus orientaciones generales. El giro hacia posiciones conservadores en valores puede encontrar que no hay tantos al otro lado dispuestos a escuchar. Hay que recordar que, según sondeos recientes, el elector del PP veía a su propio partido sesgado a la derecha en relación a sus propias preferencias ideológicas, que se situaban bastante próximas al centro. En realidad, el perfil medio del votante del PP es bastante similar al del votante de C’s: centrado y levemente escorado a la derecha. Un marcado conservadurismo en valores y un liberalismo demasiado subrayado en cuestiones fiscales pueden alejar al partido de las preferencias medias de su público potencial. Es probable, pues, que tales opciones sean suavizadas, y el estilo del nuevo líder sea la baza del partido. Que se module hacia una combinación de oposición muy dura pero constructiva –se tratará de evitar el chirriar populista en temas clave como inmigración y caso catalán-, y una explotación de esa imagen jovial y a la vez decidida y enérgica. A fin de cuentas, la herencia de la gestión económica para salir de la crisis es un activo del discurso al que un nuevo líder del PP no renunciará sólo porque se relacione con el equipo anterior, el rival en las primarias. Será más lógico centrar el partido que intentar arrastrar al electorado a la derecha.

Será más lógico centrar el partido que intentar arrastrar al electorado a la derecha”

El caso del PSOE tiene similitudes y diferencias con el del PP. Al igual que Casado, Sánchez obtuvo el control del partido en unas primarias jugando la baza antiaparato (aquí, más a la izquierda que éste). La estrategia ideada de sumar en el flanco izquierdo, y después mirar hacia el centro no estaba dando frutos hasta la víspera de la moción. El problema catalán obligó a una acción con PP y C’s que centraba la imagen del PSOE. El momento C’s ayudó a desmovilizar al elector más izquierdista. No había trasvase significativo desde Podemos y la intención de voto permanecía estable alrededor de un 20%. Con el vuelco causado por la remoción de Rajoy, la estrategia de sumar por la izquierda pasó a funcionar radicalmente, y de un día para otro. A la vez, hubo un trasvase desde sensibilidades de centro, sobre todo de abstencionistas. La encuesta del CIS que hace semanas daba al PSOE una intención de voto del 30% maximizaba tales factores a favor del Gobierno. Sánchez está ahora en situación similar al Zapatero del primer mandato, con una buena bolsa de votantes volátiles situados en posiciones claras de izquierda, así como con una presencia en el perfil de centro de fidelidad que puede ser no muy estable.

Por último, el caso de C’s debería leerse en una perspectiva temporal. La estabilización de su intención de voto en un 20%, su trayecto general ascendente, nos dan pistas sobre la existencia de un espacio genuino de centro, susceptible de ser ocupado y definido, y de un electorado que reconoce en el partido esa identidad centrista. La percepción aún notable de derechización de su imagen proviene, en lo básico, de dos factores: el relato en tal sentido que introducen PSOE y nacionalistas y, sobre todo, la confusión aceptada –que se debe tomar ya como un dato de nuestra cultura política- de que la oposición al nacionalismo en el eje territorial implica o equivale a derechización en el ideológico. Con todo, la sensación actual de falta de tráfico de PP y PSOE por el espacio central, debería servir de acicate para su ocupación a C’s, que tiene un combate que librar, reñido, con el PP, y otra tarea, con posibilidades, para un espacio de centro-izquierda que el Gobierno puede tener serias dificultades para defender.

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