El siguiente experimento está basado en el fluir de conciencia. Ya saben. Digan lo primero que les viene a la mente y es probable que sea verdad. Sin reflexionar demasiado y a ser posible sin reflexionar en absoluto. Así me dispongo a resumir 2018 a partir de los acontecimientos que más me llamaron la atención o, para ser más exactos, que todavía permanecen en mi memoria cuando los primeros meses de 2018 se me antojan tan lejanos como los de 1988, probablemente más.

Comenzaré por el VAR. Lo que más me fascina del invento es la mansa aceptación de sus veredictos. Nadie rechista. Ni el jugador piscinero, acostumbrado al engaño, ni los que dan por ciertas conspiraciones que siempre favorecen a los más grandes. En todos los casos aguardan la sentencia y la acatan con elegancia versallesca. Me dirán ustedes que no tendría sentido protestarle a una máquina, pero debo recordarles que esto no es el Ojo de Halcón, que solo diferencia entre el blanco y el negro. Detrás de las cámaras del VAR, hay árbitros que interpretan y que tienen la potestad de elegir ángulos más o menos propicios. Es cuestión de tiempo que la suspicacia, o directamente la sospecha, alcance a los habitantes de esa habitación con vistas. Pueden llamarme sádico, pero estoy deseando que ocurra

«A fuerza de repetir triunfos, Nadal ha trascendido los números, que es la forma más sublime de inmortalidad. Su mérito, incomparable, es que nunca ha sido el mejor»

Si pregunto cuántos Roland Garros ha ganado Rafa Nadal sé que dudarán un instante. Yo lo hago. Superada la decena, sus títulos van camino de confundirse con las Champions del Madrid. A fuerza de repetir triunfos, Nadal ha trascendido los números, que es la forma más sublime de inmortalidad. Su mérito, incomparable, es que nunca ha sido el mejor. Y lo han descubierto tarde sus más enconados rivales, con Federer a la cabeza. Rafa solo es inexpugnable en París porque es el único lugar donde no ha perdido la confianza. Pero hasta los habitantes del Olimpo tienen sueños por cumplir. El de Nadal es igualar los veinte Grand Slams de Federer, para lo que tendría que sumar tres más de los que ya tiene. El desafío será hermoso, pero mucho me temo que será el renacido Djokovic quien acabe por superar al suizo. No sería mal final para el triángulo más maravilloso que ha disfrutado el deporte profesional. Se lo contaremos a los nietos: los tres mejores tenistas de la historia coincidieron en el tiempo. Por cierto, Nadal ganó el pasado junio su undécimo Roland Garros.

Ya había entrado la primavera cuando Froome corrió el Giro de Italia; lo hacía pendiente de una sanción que debía anular sus resultados posteriores a la Vuelta a España 2017. Pese a todo, corrió, muchas veces entre abucheos. Y, pese a todo, ganó. Lo consiguió con una exhibición gloriosa en la etapa del terrible Finestre, donde recuperó más de tres minutos de desventaja. Había que emocionarse, pero costaba hacerlo. El ciclismo se construye de gestas similares, en las que es más fácil sucumbir que triunfar. Sin embargo, la sensación de que Froome corría de prestado era demasiado poderosa. Y lo siguió siendo en el Tour. Mi pensamiento, algo paranoide, es que fue autorizado a correr en Francia con la condición de no disputar la carrera. El Tour no quería exponerse a un nuevo escarnio. De modo que ganó su lugarteniente. Es un equipo ordenado el Sky.

De la Champions rescato la chilena de Bale, el gol más hermoso en la historia de las finales con permiso de Zidane. El simbolismo de ese golpeo es apabullante porque al mismo tiempo aniquiló a Cristiano y a Zizou. Del Mundial me quedo con nuestra posesión sin dientes, el mismo grito de Johnny Weismuller en el asilo cuando se imaginaba Tarzán. Hace años que habíamos dejado de ser aquello.

«Del Mundial me quedo con nuestra posesión sin dientes, el mismo grito de Johnny Weismuller en el asilo cuando se imaginaba Tarzán»

La Libertadores es la última novela. La batalla de Buenos Aires lo fue en sentido estricto y Argentina se declaró insolvente. Que el partido de vuelta fuera trasladado a España se tomó, desde algunas plateas, como un acto de imperialismo del viejo conquistador. Yo lo viví con cierto orgullo que me abstuve de airear, los años te hacen prudente. Siempre he pensado que antes que la Unión Europea, y con más sentido histórico, hubiera debido existir una Unión Iberoamericana con fronteras mínimas y sin océano de por medio. Por eso entendí que una final de la Libertadores en Madrid cumplía con esa vieja aspiración.

Lo avisé al inicio. El problema del fluir de conciencia es que se dicen muchas tonterías aunque casi todas sean verdad

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