La niña se ha dormido y ojeo un poco la biblioteca de mi despacho. Lo suelo hacer a menudo y me encuentro joyas que ni pensaba que tenía como “Voces de Chernóbil”, obra en la que se ha inspirado la exitosa serie. Si no hay serie de éxito al público no le entra el tema en cuestión. Pero ese es otro tema.

Rebuscando un poco me encuentro con uno de los libros de cuentos de Carver que mejor recuerdo tengo, con el permiso de «Catedral»: “Si me necesitas, llámame”, y me viene a la mente la siguiente asociación: ya no llamamos a nadie. Hemos pasado de trabajar y volver a casa y llamar a nuestros amigos y conocidos, a enviar cuatro whatsapp que todo el mundo puede obviar porque no son burofax al súmmum del stalking: los stories de Instagram.

No hay nada mejor que llegar a casa tras una dura jornada laboral, abrir instagram y ver las ensaladas con aguacate y quinoa, los pies en la playa de Menorca del amigo que hace meses que se acaba de separar, los boomerang de gente subiendo en ascensor con las puertas abriéndose y cerrándose en bucle, las rutas de mis amigos en la bicicleta los domingos, los selfies en el bar de moda tomando cañas. Pero nadie me dice cómo estás, o si quedamos para tomar una caña y de paso veo a la niña. Eso pasa incluso con compañeros y compañeras de trabajo de las que esperabas un poco más. He hecho la prueba, subo cada día una cosa más arbitraria, una chorrada más grande y cada día tiene más visualizaciones, hasta que subí una cosa con un poco de sentido común y pasó totalmente desapercibido. Nos comunicamos entre pantallas, ese es nuestro presente.

Mis stories no tienen secreto: sigo un montón de editoriales, editores, autores, poetas, bloggers y este es mi mundo y no me saquéis de él, pero tengo un alto concepto de la amistad. No la busquéis en mis redes sociales. No la esperéis en mis posts en facebook, ni en mis tuits sobre la revisión de mi poemario o mi próxima visita a Madrid.

Si me necesitáis, llamadme, pero llamadme, coño. La niña sigue dormida y estoy buscando algo nuevo para leer, algo digerible, fácil, columnas de periódico, pero no de cualquier periódico, ni de cualquier columnista. Tengo a mano «Literatura infiel», de Ricardo F. Colmenero que me llegó el otro día y me he enganchado con la primera página. Un selfie del autor con su bebé, un alegato de que todo es construcción de un personaje y voilà, columnas a gogó.

Llega el verano y si tienes una caña pendiente conmigo, llámame. En mis stories tengo una botella de Dom Perignon de hace dos años, estoy solo en mi balcón y la niña sigue durmiendo.

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