¿Dónde estabas en 1988?

Suenan en el escenario los primeros acordes, estamos en 2018, y de repente retrocedo.Viajo en el tiempo. Rebobino, hubiese dicho entonces. Estoy en una pista de baile de pueblo, o de ciudad pequeña. O de capital de provincia. ¿Qué más da? Realmente da igual porque en 1988 todas las pistas de baile eran iguales, redondas (como si las esquinas te impidiesen bailar)  y con una bola de luces de colores en el techo que tendía a desaparecer. La música invade tu diversión. Bailas, gritas, cantas. Dominas tu espacio a través de las letras de las canciones.

En el escenario Javier Ojeda sigue cantando. Sus músicos tocan. Tocan muy bien, por cierto. Y yo sigo dentro de mis 17. Gritándole con mi cuerpo a alguien que «no puedo darle más», aunque no se llame Catalina.

Alejando con sus letras a quien no quería cerca, intentado acercarme a quien sí. Era muy nuestro eso de decirle cosas a alguien a través de las letras que cantábamos”

Ahí estaba yo en 1988. Cantando a Danza Invisible. Alejando con sus letras a quien no quería cerca, intentado acercarme a quien sí. Era muy nuestro eso de decirle cosas a alguien a través de las letras que cantábamos. Era muy ochentero. «Todo me sabe a ti» gritabas mientras tu cuerpo saltaba de felicidad. Y el éxito estaba asegurado.

Yo amaba a Danza Invisible por las letras de sus canciones. Me gustaba chillar que era «el club del alcohol» o que «mi cabeza era mi destino y mi cuerpo mi frontera».

Pero si había una canción que escuchaba sin descanso, rebobinado, ojo, que no era tarea fácil, era «Reina del Caribe».

“Yo amaba a Danza Invisible por las letras de sus canciones. Me gustaba chillar que era «el club del alcohol» o que «mi cabeza era mi destino y mi cuerpo mi frontera»”

Decían las malas lenguas que esa canción estaba dedicada a un pinball, flippers los llamo yo, y podría ser hasta cierto. «Soy quién tiene el récord». Esa era yo. O al menos intentaba cada sábado en ser quien tenía el récord. Ahora que lo pienso ese debió ser mi primer acto feminista, no era frecuente ver a chicas frente a un flippers, dando golpes para evitar que la bola se colase pese al temido FAULT. Y yo, cada fin de semana, moneda en mano hacía cola esperando conseguir ese récord. Demostrando que un pinball no era cosa de hombres. Y cantando Reina del Caribe.

Pero es 2018. Y sobre el escenario está Javier. Cantando Reina del Caribe. Y están sus músicos. Creo recordar que los de siempre. Me acordaba mucho del baile descompasado de Javier. Esa forma exagerada de moverse en el escenario que contagiaba. Y seguía igual.

Sobre el escenario él y su baile y sus paseos desmesurados. Sobre el escenario Danza Invisible”

Sobre el escenario él y su baile y sus paseos desmesurados. Sobre el escenario Danza Invisible. Repasando nuestros temas. Haciéndonos bailar, cantar, vibrar…  Emocionándonos.

Javier Ojeda abandonó el escenario muchas veces, bajó con su público, con su gente. No había cruzado España para que nos aburriésemos. Descendió a cantar rodeado de unos fans cuarentones que teníamos ganas de marcha. Muchas ganas de marcha. Nos movió. Nos elevó.

Javier no era, ese día, el mítico cantante de Danza Invisible. Él era uno más. Era uno de los nuestros.

Los niños, algo cansados por varios días de fiesta y, supongo que arrastrados por su padres, se sentaban en primera fila. No. No, tranquilos. No os asustéis. No había sillas ni niños despachurrados contra las vallas. Esto es un pueblo. Con su música en la calle. En la plaza.

él, micrófono en mano, benditos inalámbricos, aterrizó ahí, como un niño más. Estilo indio haciendo corro con ellos, sin dejar de cantar. Feliz”

Os decía que los niños estaban donde deben estar los niños cuando se cansan, sentados en el suelo. Y él, micrófono en mano, benditos inalámbricos, aterrizó ahí, como un niño más. Estilo indio haciendo corro con ellos, sin dejar de cantar. Feliz. Entiende que ellos son el futuro de la música, y nosotros, sus padres, el pasado. Tal vez un presente que será corto.

Fue bonito. Sencillo, pero bonito.

Compartieron, todos ellos, su energía y dos horas largas de música con todos nosotros. Nos volvieron a regalar sus canciones. Pero hicieron mucho más. Nos hicieron entender que los sueños siguen, tengas 18 ó 50.

Y sobre todo nos hicieron recordar que los grandes roqueros nunca mueren.

La danza se hizo visible.

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