“El bar es el confesionario más democrático de todos los que existen” escribía Edgar Borges.

Un bar es ese microcosmos en el que coexisten perfectos desconocidos. La atalaya privilegiada de las conversaciones ajenas en las que se adivinan pequeñas miserias invisibles. Una réplica a escala del mundo real donde se cruzan destinos, se arreglan países enteros y se aclara la jugada más polémica en la última jornada liguera. Un bar es refugio cuando uno huye de sí mismo y el antídoto perfecto contra el envenenamiento por soledad o la excusa perfecta para mirarla de tú a tú, desafiante. Donde beber es el leit motiv y debatir el argumento, la excusa para el olvido definitivo o para el recuerdo nítido y perenne de lo que ya se daba por perdido, la isla desierta donde mentirse a uno mismo rodeado de ruido o vomitar verdades de parvulario en el fragor de discusiones absurdas en las que parece que se va la vida, sin filtros. Es imposible comprender qué lugar es un bar abordando la cuestión de cara. Mejor acercarse de perfil, zigzagueando, regateando para no chocar con la realidad siempre implacable.

Un bar es capaz de modificar una ciudad. De transformar el paisaje vital de la gente que va y viene con su mochila particular cargada de inquietudes y felicidad pasajeras mientras descarga al fondo a la derecha la huella indeleble de su coleccionable de experiencias, alegrías y derrotas.  Parte de nuestra historia colectiva, cómo no la personal, no podría entenderse sin el efecto curativo de las horas invertidas en la cafetería de la esquina. Sobremesas de tapete y partida. Tertulias políticas acuñadas a base de puñetazos sobre la mesa. Horas de clase perdidas envidando al mus en la cafetería de la facultad sólo para estar con el compañero que desquicia las mariposas del estómago. La primera y más rudimentaria red social.

Cualquiera puede leer, si se atreve, en el rostro de su fauna autóctona la poesía de una resaca o la narrativa canalla de los que se asoman al abrevadero cada mañana con un café cargado entre los labios para soportar la jornada. Cómo enzarzarse en el meollo del fútbol o de la independencia sin una caña entre las manos. Cómo resolver los dilemas más enquistados de lo cotidiano sin recurrir a una copa de vino con amigos, al salir del trabajo, antes de llegar a casa. Cómo entender las amistades forjadas a base de rutina de los adversarios deportivos que se atraen como polos opuestos para discutir cada semana apasionadamente y por costumbre de los goles que han sido pero no, las de los eternos enemigos políticos que se provocan desde las antípodas ideológicas con la excusa compartida de una ración de calamares fritos y entre sorbos de carajillo.

Una barra de bar atesora el escaso y escurridizo romanticismo de lo cotidiano. Lo delicioso de los instintos primarios en plena efervescencia. Lo trascendente reducido a la sencillez de los filósofos del taxi. Lo humano de los servidores públicos que esconden sus miedos más íntimos bajo un uniforme mientras apuran el tercer desayuno del turno de madrugada. La barra de un bar cualquiera es esa fina línea blanca que marca la diferencia entre ser la mejor liga del mundo o el hazmerreir de Europa por un error arbitral. La barra de un bar separa la sensatez brillante de la opinión pública del sinsentido permanente del político esquizofrénico que monopoliza las conversaciones con familia, amigos y el cuñado de turno.

Y ustedes quieren perdérselo. Automatizar a base de tecnología el imaginario colectivo. Deshumanizar las deliciosas polémicas de bar para convertirlas en crónicas de “var”. Reducir el componente emocional del voto al análisis del Big data y los sondeos preelectorales. Ustedes quieren aniquilar la adrenalina de la incertidumbre, la atracción de lo discutible, lo excitante de lo discutido y reemplazarlo por la frialdad impasible de la certeza tecnológica. Ustedes quieren renunciar al riesgo y a la capacidad de sorprenderse. No tienen ni idea de lo que eso significa…

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