El espaldarazo recibido por Vox en las elecciones andaluzas ha tenido como derivada la generación de un debate sobre la pertinencia para el caso de un cordón sanitario trazado por el constitucionalismo. Desde diversas tribunas de opinión y desde la propia política se han brindado argumentos a favor y en contra de este singular mecanismo de protección, basado en un pacto de aislamiento contra extremismos de distinta naturaleza. Nos encontramos ante un asunto en el que, si se aplica un rigor mínimo en el análisis de las variables a considerar, nos enmarañamos sin remedio y sin poder ir más allá de generalizaciones algo decepcionantes. ¿Cordones sanitarios? Sí y no, en función de las circunstancias –casi siempre únicas- y con gran margen de incertidumbre. Por lo tanto, la cuestión será, en cada caso, ámbito privativo para la aplicación del olfato y del buen hacer del político y del gobernante. Como máximo, pues, podemos sistematizar los argumentos esenciales a favor y en contra.

«El espaldarazo recibido por Vox en las elecciones andaluzas ha tenido como derivada la generación de un debate sobre la pertinencia para el caso de un cordón sanitario trazado por el constitucionalismo»

La defensa de la idoneidad de este mecanismo para un momento de nuestra política como es el actual se expone de forma muy sencilla: si lo que se quiere es neutralizar a los partidos identificados como una amenaza, el acuerdo entre fuerzas constitucionalistas es la forma adecuada que los mantendrá fuera de las instituciones. Imaginamos una fórmula dura de llevar a cabo el plan en el tiempo, con sucesivos pactos de gobierno entre los partidos del sistema, que –mientras dure el peligro- se repartirán el poder de forma proporcional a sus logros electorales. O también un método atenuado, que consiste en ceder oportunamente escaños a la fuerza constitucional ganadora por parte del resto de partidos que participan del pacto. Aquí el ganador no gobernaría en coalición, sino con apoyos externos de sus socios: hoy por ti, mañana por mí. Pero lo que importa ahora es que, en uno u otro caso, el sistema de partidos logra en apariencia mantener a raya a los radicales. Por si fuera poco, ambas variantes ofrecen, en principio, dos derivadas ventajosas para momentos de división: por un lado, la necesidad de pactos entre el abanico razonable del espectro haría bascular hacia una centralidad mucho menos agresiva el discurso público; por el otro, en estrecha relación con lo anterior, esa centralidad sugiere, de entrada, mayor eficacia en la consecución de políticas públicas y de leyes con las que gran parte de la ciudadanía pudiera ver cumplidas lo esencial de sus preferencias.

Pero quizá lo anterior solo sean apariencias. Y es ahora cuando habría que enumerar la batería de objeciones, algunas evidentes, otras no tanto, que la fórmula del cordón sanitario debería soportar en cada caso, antes de ser dada por buena. La más obvia es la dificultad de definir y acordar entre los propios constitucionalistas qué es una situación de amenaza o de excepcionalidad: sin duda lo fue la que en octubre de 2017 derivó en la aplicación del artículo 155 –qué otra cosa fue ese pacto sino un cordón sanitario, aunque no se refiriera a hipotéticas alianzas poselectorales. ¿Estamos hoy ante la misma urgencia, casi año y medio más tarde, tal como invocan PP y C’s para reivindicar un nuevo 155 más intenso y duradero? Depende de los argumentos que se aduzcan: si uno se refiere a la posibilidad de un nuevo cénit insurreccional con riesgo para la unidad del Estado y su imagen internacional, el peligro parece de momento conjurado. Si se refiere a los resortes de poder del nacionalismo, a su retórica unilateralista y –no menos importante- al socavamiento de la libertad de expresión de los constitucionalistas en muchos casos, todo sigue igual, o quizá peor, que hace año y medio. Para lo que nos ocupa, lo que vimos tras un 155 mínimo y de urgencia no fue otra cosa que el retorno inmediato de la política a su esquema habitual de dialéctica entre izquierda y derecha. Quizá sea un indicio de la dificultad de mantener, en una democracia liberal, mecanismos de excepción para situaciones que no sean de estricta vida o muerte para el sistema.

La siguiente reserva es ésta: ¿qué porcentaje de población desafecta se puede permitir un sistema político? Si se plantean barreras a los extremismos es porque estamos en un momento tan polarizado como para incorporar fuerzas radicales con apoyos más que considerables. El problema de un planteamiento de principios como el de Manuel Valls para la alcaldía de Barcelona, comprometerse a no pactar con populistas de ningún signo, es que el populismo es ya mayoritario en Cataluña y cada día más fuerte en el resto de España. ¿Encontrará quórum? No hay que olvidar que algunos populismos –no todos-, a pesar de su toxicidad, consiguen hacer diagnósticos pertinentes sobre las deficiencias de la política convencional: arrinconar a fuerzas por encima de una masa crítica de electores puede reforzarlas. Arrinconar fue exactamente lo que Podemos intentó hacer con Vox tras las autonómicas andaluzas –los cordones sanitarios no son exclusivos de las fuerzas institucionales-, con desastrosos resultados. Por otro lado, la misma polarización, que tira hacia los extremos de los partidos convencionales, hace que éstos, sin remedio, comulguen, en aspectos capitales, con sus respectivos extremistas, a derecha o izquierda. Es entonces, al aparecer disyuntivas relacionadas con el poder, cuando surgen los matices y se nos quiere convencer de que no todos los radicales son lo mismo: el hipócrita discurso sobre la asimetría de los extremismos. Ni izquierda ni derecha saben escapar a esta tendencia centrífuga, dinámica de oposición y alimento primordial del día a día de nuestras democracias mediáticas.

«Arrinconar fue exactamente lo que Podemos intentó hacer con Vox tras las autonómicas andaluzas –los cordones sanitarios no son exclusivos de las fuerzas institucionales-, con desastrosos resultados»

Así, al ceder a una lucha de consecución del poder casi inevitable, los partidos que aceptan las reglas del juego mercadean cuando se tercia con las nuevas fuerzas que las impugnan del todo o en parte, ponen el grito en el cielo cuando es el rival ideológico quien intenta sacar tajada y, entre todos, neutralizan -en parte- y naturalizan –en parte- a los rebeldes del sistema. Sin embargo, no deberíamos confundir lo que de esta forma se consigue en términos de integración y representatividad con algún tipo de eficacia política paralela: igual que los partidos centrales, al buscar su interés, fracasan en resolver diferencias en el eje izquierda-derecha, los partidos del extremo del espectro tienen incentivos para mantener su posición maximalista con el fin de reafirmar su marca electoral. Así se abortan normativas que introducen avances parciales, en una aplicación del todo o nada muy del gusto de los radicales. Podemos ha dado un buen ejemplo en relación con el decreto de alquileres frenado en el Congreso. La lucha partidista por el poder puede derivar, al integrarse a los revoltosos, en un sistema más representativo, pero también en uno poco eficaz al dificultarse, de uno y otro lado, la posibilidad de consensos que se traduzcan en leyes específicas.

Se señala el discurso del consenso como signo de conservadurismo, mientras se dice que el progresista acepta, no solo como inevitable sino de buen grado, la lucha entre izquierda y derecha como savia de nuestras democracias: en palabras del sociólogo Enrique Gil Calvo, en su ensayo Comunicación política, el paradigma de la política democrática como guerra civil incruenta: quizá tenga razón y el tema dice algo de nosotros. Pero también es posible que la rugosidad de este momento populista, en el que los asuntos –taxi, Venezuela- caen cada semana y uno tras otro en el agujero negro bipolar, sectario y agotador de la confrontación moralista, nos haga añorar a muchos, más allá de izquierdas o derechas, un talante perdido de consenso que creemos actualizable aquí y hoy, pero que en verdad es propio de tiempos de excepción y urgencia de la política que quizá aún no son los nuestros.

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