Recordé estos días haber leído hace tiempo un artículo en el que se afirmaba que la política española nunca tendría la finezza que exhibe el parlamentarismo italiano, esa cualidad desplegada entre bambalinas que hace que el sistema del país transalpino sea capaz, una y mil veces, de sobrevivir, reproducirse y mutar a base de los más alambicados equilibrios. Era un error, pues se debería saber ya que no hay esencias inmutables, ni rasgos que no se sustenten en el azar puro de la existencia. Nuestro sistema parlamentario, guste más o menos según las expectativas partidistas de cada cual, acaba de regalarnos un ejemplo demoledor de maquiavelismo, fortuna e virtù stricto sensu, conjugados con finezza florentina para los anales de nuestra ya no tan joven democracia. Enésima refutación de los cenizos vendedores del producto España, mercancía averiada, que por supuesto nunca se darán por aludidos.

“Esta sofisticación parlamentaria y la atención al sesgo interpretativo generalizado son dos vectores básicos que pueden arrojar cierta luz sobre el vuelco del tablero político operado hace unos días y sus futuras consecuencia”

Esta sofisticación parlamentaria, de súbito descubierta, y la atención al sesgo interpretativo generalizado son dos vectores básicos que pueden arrojar cierta luz sobre el vuelco del tablero político operado hace unos días y sus futuras consecuencias. Singularmente, para valorar de forma más ecuánime qué ha ocurrido con Ciudadanos, qué responsabilidades o errores le son en verdad imputables y, al contrario, cuáles forman parte de un relato que proyecta, más bien, deseos y expectativas partidistas, preferencias de quienes se expresan.

Una primera reflexión nos lleva a constatar la evidencia de que el deslizamiento hacia unas estrategias más sutiles es consecuencia lógica de la complicación de nuestro sistema de partidos: la deriva desde el familiar bipartidismo imperfecto hacia el pluripartidismo fragmentado que hoy se abre camino exacerba el componente demoscópico de nuestra democracia. Los partidos miran con más compulsión a sus flancos izquierdo y derecho, y las decisiones y mensajes que se lanzan resultan con frecuencia incomprensibles, por incoherentes con lo dicho sólo semanas antes, para un porcentaje importante del electorado. La velocidad con que acontecimientos políticos presentados como cruciales desfilan ante nuestros ojos aumenta de modo tan llamativo como, en muchos casos, la completa reversibilidad de sus efectos. Diáfanos errores de comunicación se suceden en las iniciativas de todas las fuerzas, que son, sin embargo, subsanables sin gran coste, muchas veces por los errores posteriores del rival, o incluso por acciones o coyunturas muy diversas, que pueden beneficiarnos sin mover un dedo. La sensación de una política de élites, de un mero teatro de representación cristaliza con más fuerza. Frente a la fracción desencantada del público y al militante entregado hiperactivo en redes, queda el porcentaje de fluctuantes entre dos o más opciones, hacia el que se dirige buena parte de la energía de la comunicación partidista. Por el lado positivo, la evidencia de que el sistema político ha respondido a la crisis de representatividad con el lanzamiento de nuevos partidos. Por el negativo, el aumento del frenesí y la táctica, que espolean ese desencanto que supuestamente debía ser desactivado. A la vez, como compensación, la necesidad tan humana de creer en la posibilidad del cambio regenerador superpone capas de ilusión para combatir la frustración acumulada. Ilusión que, no obstante, puede disolverse con celeridad. En ese juego contradictorio, reproducido sin tregua, no es extraño que los líderes y sus consultores aprendan a pulir al máximo la aludida finezza. El régimen del 78 y sus representantes nos deparan sorpresas que desmienten el anquilosamiento de un sistema mucho más complejo y vivo que lo que se ha venido pregonando. Italianización de la política española.

“Ilusión que puede disolverse con celeridad. En ese juego contradictorio no es extraño que los líderes y sus consultores aprendan a pulir la aludida finezza”

No parece que estas consideraciones se tengan en cuenta en buena parte de los comentarios leídos y escuchados los últimos días. La sofisticación política no viene acompañada de una general prudencia analítica. Así, en la valoración del papel desempeñado por C’s durante el episodio de la moción de censura se conjugan, en resumen, variados errores de enfoque e indisimulado ventajismo. Se tiene demasiada prisa en validar concepciones y prejuicios del analista sin base empírica en la realidad. Se lee la transformación del escenario político suponiendo una afectación automática en el momento demoscópico de C’s. Se juzgan como errores imperdonables, desde el conocimiento del desenlace posterior, opciones que tuvieron que adoptarse con urgencia y un nivel alto de incertidumbre. Se magnifica un supuesto efecto de honda decepción en el electorado por decisiones que más bien son significativas para el analista en virtud de su deformación profesional. Se endosa, de repente, al partido naranja y a su líder una plantilla moralizante por la cual su inquieta ambición por llegar al poder antes de tiempo sería la explicación del inevitable fracaso, mientras que la audacia del vencedor del lance se alaba y se convierte en clave explicativa y motor del éxito. Se obvia, finalmente, la vertiginosa fluidez del medio partidista y más de uno dota al nuevo paradigma, leído en clave de caída de C’s, de atributos de estrenada estabilidad cuando, en realidad, podría volver a cambiar en cualquier momento. El tablero, es cierto, ha cambiado, pero aún no sabemos si con efectos demoscópicos sustantivos.

Yendo al detalle: se atribuyen cinco errores recientes a C’s. Primero, la presentación de la plataforma ciudadana, única de las actuaciones criticadas de carácter estratégico y no reactivo. Es indudable que la opinión pública percibió un movimiento a la derecha del partido: la sutil noción de patriotismo constitucional no se transmitió de modo eficaz y, al contrario, se propició la imagen de caída en una especie de nacionalismo de corte sentimental. Ese despliegue debió causar prevención en el target de centro-izquierda, fronterizo con el PSOE, y permitió que desde el PP se ironizara sobre los excesos patrióticos sobrevenidos en la formación socioliberal. Es discutible que la actuación en el eje territorial mediante esa fórmula pueda reportar un saldo electoral neto a C´s. De la toda la secuencia de errores es, probablemente, la acción más justamente criticada. El partido deberá valorarlo.

“La realidad es que la respuesta aportada es coherente con la línea seguida de propiciar el desgaste controlado del partido en el Gobierno, dentro de una línea de responsabilidad institucional”

Las demás decisiones corresponden a la reacción ante la sentencia de Gürtel y la inmediata moción de censura planteada por el PSOE. La crítica de que C’s propició el detonante para una cadena incontrolada de acontecimientos al declarar, publicada la sentencia, la legislatura como agotada, es el tipo de crítica ventajista que se realiza desde el ahora, tras el cómodo conocimiento de toda esa cadena de hechos. La realidad es que, en este caso, la respuesta aportada es coherente con la línea seguida de propiciar el desgaste controlado del partido en el Gobierno, dentro de una línea de responsabilidad institucional. Sólo desde el sesgo se puede alabar el arrojo del PSOE al lanzar la moción y, a la vez, pretender que C’s no debía ofrecer ninguna respuesta ante la conmoción social tras el terremoto Gürtel. Algo similar puede decirse para el cuarto error, en orden cronológico: el anuncio de apoyo a la moción anunciada por Podemos, para el caso de que fallara la impulsada por el PSOE. Que iba a fallar ésta era el desenlace previsible entonces, y se es demasiado exigente con C´s al atribuirle unas consecuencias desatadas por esa declaración. Más bien habría que arrojar el foco en la habilidad socialista, que leyó sobre la marcha las necesidades psicológicas del nacionalismo catalán –cobrarse la pieza de Rajoy y darse por satisfecho con eso- y el mecanismo de arrastre que se iba a producir sobre un PNV, incluso tras su pacto reciente con el Gobierno por los presupuestos. Mecanismos sutiles y de causalidad incierta para exigir una lectura anticipatoria a C’s, en un juego de movimientos en que nunca pudo llevar la iniciativa.

El tercer error cronológico, el negar el apoyo a la moción socialista es, también, entendible en la estrategia general de un partido como C’s, en pleno ascenso demoscópico: ¿por qué regalar la presidencia a Sánchez? ¿Por qué no defender, como así se hizo, la necesidad de unas elecciones casi inmediatas? Ésta era la fórmula que convenía al momentum del partido y, a la vez, podía defenderse como deseable para el interés general. La acusación de ambición mal medida –“por no permitir la presidencia de Sánchez durante un tiempo…”- de parte de ciertos comentaristas entra en lo absurdo. El objetivo principal de un partido es, si puede, ganar las elecciones. Habrá que recordárselo a los analistas que han interiorizado que todos los partidos buscan su propio interés egoísta, menos el de su preferencia, que sí busca desinteresadamente el interés general. Lo lógico en aquel momento era invitar a Sánchez a que buscara sus apoyos por el lado oscuro, o bien se aviniera a una solución de compromiso, como la ofrecida moción instrumental. Otro tema, visto desde el hoy, es que habrá que retener la rapidez con que la expectativa por el cambio de gobierno es capaz de convertir en irrelevante en la percepción pública lo que nos parecía a todos innegable hace días: el coste en imagen que tendría para Sánchez la naturaleza de los apoyos a obtener ante la negativa de C’s. El quinto y último error, el voto final negativo a la moción, que se lee como incoherente y casi revelador de que toda la estrategia de crítica a la corrupción era falaz, es poco más que materia de divagación para politólogos: no será ningún estigma para el partido ni decantará votos y será borrado con rapidez por el vertiginoso flujo de nuevos acontecimientos.

“Lo sucedido a C’s no es un desastre sin remedio, y mucho menos un castigo merecido a causa de una ambición fuera de control, más bien podrá ser el frenazo momentáneo”

Lo sucedido a C’s no es un desastre sin remedio, y mucho menos un castigo merecido a causa de una ambición fuera de control, como quieren transmitir bastantes analistas poco proclives a la ecuanimidad. Más bien podrá ser el frenazo momentáneo -habrá que leer los próximos sondeos- de una formación en dinámica ascendente. Lo que venga en el futuro se nos escapa, y dependerá de lo que aún no conocemos, así como del juego combinado de las distintas formaciones políticas. C’s integrará una lección como la vivida para incrementar su bagaje estratégico y poder colocarse al nivel de los partidos clásicos, que no debe ser nunca tomado a la ligera. Pues la juventud de fuerzas como C’s o Podemos no es ventaja comparativa respecto a la vieja política en este terreno sino más bien, de entrada, lo contrario.   

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