Los años 80 en España fueron para muchos una época dorada que ahora se recuerda con nostalgia. Eran tiempos de revolución sexual, de instaurar el divorcio, de escuchar a todas horas el repetitivo Don´t worry be happy, de ampliar la oferta televisiva con series americanas como Dallas, Falcon Crest, o los lagartos de V, de consolidación de diarios como El País o El Periódico o revistas como El jueves. De vivir movidas, de abrir la mente a Europa, al mundo.

Y en las rías de Galicia la frase que más se escuchaba era “la honradez no se puede echar  a la cazuela”. La reconversión de la pesca, el cierre de astilleros y una tasa de 23% de paro, llevaron a los jóvenes sin oportunidades a evolucionar del contrabando de tabaco al tráfico de drogas. No era más que un transporte con el que podía ganar muchísimo dinero, acabar con la pobreza, el hambre y la emigración. Esa realidad es la que recoge Nacho Carretero en Fariña, ensayo periodístico publicado en 2015 y que ha alcanzado su máxima difusión en el 2018 gracias por un lado al secuestro judicial de los ejemplares tras la demanda por derecho al honor de José Alfredo Bea Gondar (ex alcalde de O Grove), condenado por la Audiencia Nacional por narcotráfico (y absuelto por el Tribunal Supremo posteriormente), y por otro, a la serie de Atresmedia Televisión que en diez capítulos desarrolla la historia de Sito Miñanco, un pescador que se inicia en el contrabando de tabaco en la ría de Arousa para seguir su carrera con el hachís y la cocaína, con contactos con cárteles sudamericanos. Los clanes mafiosos gallegos están bien representados y Sito aparece como alguien que a pesar de sus actividades delictivas se preocupaba por la gente y ayudaba a quien lo necesitaba. Algo así como un padre para muchos.

La serie tiene una buena ambientación, rodada en Galicia, con actores gallegos, refleja fielmente lo que se vivió en esos años. La justificación, “mejor trabajar para los clanes que robar, algo tendrán que hacer los chavales”. El juego de niños, burlar a la Guardia Civil, creyéndose “los piratas buenos de la ría”. La certeza, a medida de que el tráfico aumentaba, de que también el dinero fácil tenía su lado oscuro, sobre todo para los jóvenes. Y sí cayeron como moscas. Sobredosis, SIDA, enfermedades psiquiátricas, aumento de la prostitución, de los robos, de la corrupción. Las madres de los chicos que empezaron a morir vieron pronto que tenían el enemigo en casa y se organizaron para dar visibilidad a lo que estaba pasando. El mundo de la droga no es rosa, ni de ningún otro color. Es sórdido, sucio, oscuro. Degrada al individuo, porque al que consume le convierte en esclavo y al que se beneficia lo despoja de toda humanidad. Los jefes de los clanes se sentían ofendidos cuando la Guardia Civil los detenía y conseguía que los jueces los pusieran entre rejas. Cómo iban a estar en prisión,  en contacto con la chusma, con los compradores de su “mercancía”. El impacto social y económico fue tan importante que en 1988 se publicó una ambiciosa reforma del Código Penal en la que se endurecieron las penas, se criminalizó el delito de blanqueo de capitales (delito en el que eran expertos los jefes de los clanes) y se creó la Fiscalía Especial Antidroga en la Audiencia Nacional.

Lo triste es que no podemos ver la serie como un ejercicio histórico, limitarnos a contemplar las causas y entender las consecuencias, porque en 2018 esto sigue sucediendo igual. España es la puerta de entrada de la cocaína a Europa. Quizás hoy es todo más elaborado, más técnico; ya no se llevan los clanes familiares. Se crean empresas, se usan testaferros, unos distribuyen la droga que entra, otros son los que cortan la sustancia, otros la venden, de forma que llegar al origen es tarea imposible. En las mafias del este hay un dicho “el pez se pudre por la cabeza” y los narcos han tomado nota. Hay que diversificar tareas para ser más efectivos. Y lo hacen sin problemas. Las grandes capitales españolas, la costa mediterránea, las islas, son un gran mercado. Y todo ese negocio se complementa con otros: trata de personas, inmigración ilegal, sustracción de coches de alta gama, falsificación de documentos, transporte de armas, para acabar blanqueando el dinero en paraísos fiscales: Luxemburgo, Suiza, Andorra, entre otros. La lista es muy larga.

Así que cuando periodistas como Claudio Fava, cuyo padre (también periodista) fue tiroteado por la Cosa Nostra en plena calle, afirma que “la mafia roba la belleza”, no podemos más que darle la razón. Y cuando uno de los actores de la serie, Javier Rey que encarna a Sito Miñambre, explica en una entrevista, que se le acercó un vecino de la localidad en la que estaban rodando para decirle, “hónralo” refiriéndose al personaje que interpreta, no podemos más que concluir con tristeza que en todo este tiempo, no hemos aprendido nada.

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