Meter la cabeza del detenido en una bañera llena de agua hasta hacerle perder el sentido. Repetir la operación. Repetir. Repetir. Mantenerle suspendido en el hueco de una escalera, a suficiente altura para que tenga la seguridad de que en caso de dejarle caer no vivirá para contarlo. Esposarlo a un radiador durante horas, días, aprovechando para darle al pasar un golpe con la culata de la pistola o apagar en su cráneo los cigarrillos. Golpear en los brazos, en las piernas, en las plantas de los pies, en el abdomen, en los genitales. Humillar verbalmente, insultar, amenazar a la pareja, también detenida en una sala contigua.

“Meter la cabeza del detenido en una bañera llena de agua hasta hacerle perder el sentido. Repetir la operación. Repetir. Repetir. Mantenerle suspendido en el hueco de una escalera, a suficiente altura para que tenga la seguridad de que en caso de dejarle caer no vivirá para contarlo”

Éstas y otras torturas variadas son las que relatan los que fueron detenidos por la Brigada Político Social en los años sesenta y setenta con motivo de su oposición al régimen franquista. Según sus testimonios, eran interrogados en la Dirección General de Seguridad, en pleno centro de Madrid, bajo la dirección del comisario Roberto Conesa, en la que inspectores como Antonio González Pacheco, apodado Billy el Niño, por su actitud especialmente chulesca y vengativa a modo del famoso pistolero del oeste americano, se hicieron conocidos por ser presuntamente los autores de éstas prácticas. Y si existe la presunción es porque salvo en alguna ocasión, como en la condena de González Pacheco en 1974 por coacciones y malos tratos al entonces estudiante Paco Lobatón, los hechos que relatan las víctimas nunca han sido juzgados. En 1976 se disuelve la Brigada y pasa a denominarse Brigada Central de Información. Corrían vientos nuevos y la dictadura expiraba, tocaba hacer lavado de imagen. Los esfuerzos del inspector González se centran entonces en la lucha antiterrorista contra el GRAPO y en junio de 1977, en correspondencia a su labor, se le otorga la medalla de plata al mérito policial por el ministro Rodolfo Martín Villa. Luego vendría la ley del mismo año que amnistiaba los delitos y faltas que pudieran haber cometido las autoridades, funcionarios y agentes del orden público, con motivo u ocasión de la investigación y persecución de los actos incluidos en dicha norma. Tabla rasa. Pero las víctimas de las torturas siguieron sin respuesta.

“En 1976 se disuelve la Brigada. Corrían vientos nuevos y la dictadura expiraba, tocaba hacer lavado de imagen. Los esfuerzos del inspector González se centran entonces en la lucha antiterrorista contra el GRAPO y en junio de 1977 se le otorga la medalla de plata al mérito policial por el ministro Martín Villa”

Cuando en 2013, la juez argentina María Servini dicta una orden internacional de busca y captura a consecuencia de la querella interpuesta por trece personas con motivo de las torturas sufridas entre los años 1971 a 1975, contra González Pacheco y otros, se encuentra con el escollo de que dichos delitos ya han prescrito y además la ley de amnistía barra el paso a la posibilidad de ser juzgados. En 2018 se discute en el Congreso sobre la procedencia de retirar la medalla de plata a González Pacheco, la que además le supone un incremento del 15% en su pensión de jubilación, y la respuesta, al menos hasta el momento, es que nadie lo ha pedido.

En uno de los capítulos de El proceso de Franz Kafka, el protagonista, Josef K. presencia con horror cómo en el banco en el que trabaja, hay un cuarto en el están siendo azotados los tres funcionarios policiales que le detuvieron, y que en el transcurso de la detención aprovecharon para extralimitarse en sus funciones. Deben ser castigados por ello y así, el ejecutor, un hombre provisto de una vara y desnudo de cintura para arriba, a modo de verdugo, les azota. El ejecutor está seguro de que hace lo correcto, en definitiva, se limita a hacer su trabajo, y a pesar de los ruegos de Josef K. para que deje marchar a sus víctimas afirma: “Me han destinado a apalear a la gente, y lo hago”. Cada uno hace su trabajo, el que le han mandado, sea cual fuere. En 1979, con la Constitución recién estrenada, la prensa hablaba sobre todas aquéllas torturas “legales” y mandos policiales expresaban de forma anónima que si los policías pegaban era porque alguien les había permitido pegar, más incluso, que se les decía por parte de sus  superiores que se hiciera, porque se exigían resultados y si para ello había que usar la fuerza, pues se hacía y en paz.

“En 2018 se discute en el Congreso sobre la procedencia de retirar la medalla de plata a González Pacheco, la que además le supone un incremento del 15% en su pensión de jubilación, y la respuesta, al menos hasta el momento, es que nadie lo ha pedido”

Pensar que las víctimas de las torturas de esos años inventen su testimonio y lo mantengan después de tanto tiempo, es absurdo y forma parte de la vieja costumbre de barrer bajo la alfombra. En ocasiones, el olvido no es posible. La reparación, la disculpa, aunque sean simbólicas, son necesarias, porque en caso contrario, nos limitamos a depositar sin más, bajo enormes capas de vergüenza, a los muertos, a los torturados, a los olvidados. Escribía Oscar Wilde en sus Cartas desde la cárcel de Reading de marzo de 1895 a marzo de 1987. donde cumplió condena por  conducta indecente y por sodomía: “Por horribles que sean los muertos cuando se levantan de la tumba, los vivos que salen de la tumba aún son más horribles”. Y no lo son por sí mismos, sino por todo lo que han sufrido y nadie ha querido ver. Porque siempre es mejor mirar para otro lado. Con preferencia para el propio ombligo. Y las víctimas, siguen siendo eso mismo, víctimas.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here