Durante semanas, cada vez que apretaba el paso para llegar antes del cierre al supermercado subterráneo del Mercat del Ninot, en el Eixample de Barcelona, me ha ocurrido el mismo hecho curioso de tozuda exactitud: a pesar de la certeza de que ya no encontraría casi nada de lo que iba a buscar, y de que a cada minuto que pasara encontraría aún menos en esa superficie llena de hombres y mujeres de movimientos acaparadores, no podía evitar detenerme de golpe, invariablemente sugestionado pese a la repetición de la secuencia. Justo al pie de la escalera mecánica que iba a sumergirme en la brega, un rostro amable congelado en blanco y negro se las arreglaba para hacer que reparara en la limpieza de sus ojos, en la sonrisa cómplice que casi parecía ironizar sobre la esterilidad de mis tentativas a destiempo. Y tras la contemplación del rostro, mis ojos aún se desviaban unos segundos hacia el texto junto a la fotografía, para notar entonces un blando malestar que, ahora lo recuerdo, me acompañaba unos minutos.

Fotografía y texto, una instalación a cargo del gobierno municipal de Barcelona en Comú, la fuerza liderada por Ada Colau, daban cuenta del triste destino padecido por Eliseo Villalba Nebot, uno de los 9.000 republicanos –se nos recordaba- que, entre 1940 y 1945 fueron deportados a los campos de concentración nazis. En concreto, Villalba ingresó en Mauthausen en diciembre de 1941, para ser trasladado a diferentes unidades de trabajos forzados. Sin embargo, el hombre consiguió sobrevivir: fue liberado el 5 de mayo de 1945, y retornó a su ciudad tres años después. Pero su destino una vez aquí, se nos seguía informando, fue el de ser depurado y no poder incorporarse a su anterior puesto de trabajo como mozo en el Mercat del Ninot, el mismo frente al que se halla el lector circunstancial de este relato.

Este ejemplo es sólo uno entre las muchas plasmaciones concretas del proyecto de recuperación de la memoria histórica de la ciudad, una intervención enérgica en el espacio urbano que se lleva a cabo en Barcelona desde hace ya meses. Cada acción posee particularidades y enfoque propios, pero el conjunto constituye un plan bien pensado y bien ejecutado, en realidad la materialización de una doctrina que busca desplazar al ciudadano hacia un reconocible estado de opinión. Opinión no sobre los propios hechos del pasado que se hacen emerger: éstos solo importan, a través de la lectura que se ofrece de ellos, para inducir a captar de la forma pretendida el rabioso presente. En el caso de Colau y sus comuns, hermanos de armas del nacionalismo catalán en este tema, la contribución que se brinda mediante la puesta en escena de la ciudad como espacio de memoria histórica es sustanciosa: exposición Nazis y fascistas. La ocupación simbólica de Barcelona (1939-1945), inaugurada en el Castillo de Montjuïc el pasado noviembre; acto multimedia El árbol de la memoria, proyectado sobre la fachada del ayuntamiento a mediados de marzo para conmemorar el 80 aniversario de los bombardeos de la aviación italiana durante la Guerra Civil; exposición Una infancia bajo las bombas, a inaugurar el próximo julio en el espacio del Mercat del Born que ha sido bautizado como Centre de cultura i memòria. Son sólo unos pocos ejemplos. A veces, la intervención en el espacio público se lleva a cabo mediante una puesta en escena peculiar, que podríamos llamar inversa, siempre a tener en cuenta, pues retirar objetos –retratos de reyes, estatuas de esclavistas decimonónicos- es quizá incluso más eficaz que colocarlos a efectos de lo que se busca, que no es otra cosa sino proyectar en el elector-espectador una duda y una insatisfacción. Una duda crucial sobre la legitimidad del actual orden democrático, por la metástasis en él no sólo de la inextinguible sombra franquista, sino de una forma de hacer política española que se remontaría mucho antes en el tiempo. Una insatisfacción por la denuncia de un supuesto borrado sistemático, por parte del poder estatal –el democrático actual tanto como el anterior dictatorial- del pasado barcelonés rojo, republicano y catalanista. Pasado que, se deduce, deberíamos interpretar como la verdadera esencia de la ciudad, de igual modo que desde la perspectiva del nacionalismo sólo cabe una forma determinada de interpretar Cataluña. En definitiva: el subtexto inoculado de que lo perverso y lo agresivo, lo intolerante y desviado nunca es autóctono, sino importado desde fuera. La intención se hace patente cuando son los propios miembros de la corporación quienes abiertamente acompañan sus acciones con argumentos: el teniente de alcalde de Derechos de la Ciudadanía Jaume Asens, por ejemplo, quien al anunciar la presentación de una querella contra los responsables de abusos a homosexuales durante los últimos años del franquismo aduce que la supervivencia militar del fascismo (sic) en España tras la II Guerra Mundial es la causa de que los actuales poderes político y judicial se fundamenten sobre esa ideología. Una vez más, la jugada está sobre la mesa, diáfana y a la vista de todos, pero nos cuesta no apartar los ojos de lo esencial: que la cosa no va del desdichado Eliseo Villalba Nebot, ni de homosexuales represaliados en el tardofranquismo, ni de muertos o niños aterrados bajo las bombas. Es sorprendente cómo sabemos una cosa y al mismo tiempo la ponemos a un lado, cómo una y otra vez en política miramos, alternativamente, a la luna y al dedo que la señala, los distinguimos con claridad, y al final elegimos el dedo.

 

Sin embargo, aunque mera pieza de un plan general, la instalación de homenaje a Villalba Nebot es ejemplar en sí misma: en un momento en que, junto al filón del big data, la comunicación política se consolida como la estrella de las disciplinas de la politología, ilustra a la perfección una forma de comunicar que (re)descubre las formas de otras narrativas clásicas, altamente estandarizadas, que parten de una concepción emocional del espectador para influirle. De acuerdo, no es una gran novedad, pero quizás sí lo sea reparar en cuál es una de esas narrativas de referencia. Porque a cualquiera que conozca la teoría canónica del guión, los preceptos del montaje clásico o el cine de la época dorada –sí, Hollywood-, que a su vez significaron la adaptación al naciente medio de la novelística del XIX, todo le sonará familiar en el relato que se nos ofrece: desde la focalización en un individuo concreto hasta el uso del plano corto, desde la explotación de la figura del héroe hasta el brillante uso del subtexto –tras el castigo del campo de exterminio, que el valiente trabajador logra superar, es llevado al ostracismo por Franco, lo que coloca a éste en un nivel de abyección superior a los nazis en la asimilación inconsciente del relato. Un despliegue, en fin, cerrado sobre sí mismo para recabar la adscripción emocional y, en un último y crucial sentido, partícipe de un ingrediente característico del cine clásico: la invisibilidad del narrador. En ello, por tanto, distinto a otras formas de propaganda clásica de apelación más persuasiva. El estilo en el lenguaje de la instalación es impersonal y periodístico: la historia se explica a sí misma y el plan que hay detrás se naturaliza, se hace invisible, como manda el canon del montaje clásico. No es que no sepamos quién nos cuenta las cosas, sólo decidimos pasarlo por alto ante la eficacia del relato y de su forma: es la traslación a la propaganda de la célebre suspensión de la incredulidad que se nos requiere para participar como espectador en las películas de la edad dorada.

Los expertos en comunicación política insisten en que la emotividad es ingrediente básico del comportamiento electoral y hay que tenerla en cuenta. Los políticos explotan ese redescubrimiento, unos con más aplicación que otros. Entre los que se dedican a pulsar sin tregua los resortes de lo irracional y a trabajar, como el cine mainstream de Hollywood, un público entregado a una historia, están formaciones como la que hoy gobierna Barcelona. La paradoja que quizá desconozcan los comuns es que fue una poderosa izquierda de inspiración marxista la que, desde la Estética y la crítica cultural, se aplicó a la tarea de demolición de esa narrativa burguesa y alienante del cine de entreguerras. Aunque hoy veamos injusto por excesivo su razonamiento, lo cierto es que les provocaba aprensión ese cine clásico que transmitía ideología de incógnito, que tenía en mente en muchos casos un espectador emotivo e infantilizado, ajeno del todo al mecanismo de producción ideológica del medio. Una crítica que abriría el camino a la eclosión de los lenguajes alternativos en las célebres nuevas cinematografías de los ’60 y los´70, y que sembró de artefactos disruptores de arriba abajo el aparato narrativo del cine para evidenciar el propio acto de la enunciación, para politizar de un modo distinto al espectador, para perturbarlo agarrándolo de la solapa y hacerlo consciente de la necesidad de preservar su propio juicio racional. Hoy, la izquierda identitaria, plenamente hegemónica, utiliza, entre otras, formas narrativas que, aunque de probada eficacia, serían consideradas por la izquierda clásica como claramente reaccionarias. ¿Le importaría mínimamente todo esto a Ada Colau, activista-actriz reciclada en alcaldesa, entregada a ese espectáculo continuo que es su mandato, si es que tuviera la más remota idea del tema?

Sin duda se echaría a reír.

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