Hace unas semanas Pablo Iglesias se presentaba a los Goya. Ya llegaba tarde para grabar un film, pero en lo más profundo de su corazón lo que quería era entrar en la pelea por un cabezón. Que alguien le viera capaz de grabar en tiempo récord una película digna de llevarse un premio en la gala del cine español.

Es lo único que me viene a la cabeza cuando recuerdo a Pablo Iglesias afrontando un fracaso electoral al grito de “alerta antifascista”. Pedía conquistar las calles ya que las urnas se les habían escapado. Pablo quería desviar la atención y dar un golpe violento. La revolución rusa trasladada a España y actualizada al 2019. Todo, eso sí, con su baja paternal y su chalet de medio millón de euros desde donde dirigir a la plebe vallecana.

Después de tantas semanas con Andalucía bajo el yugo de la ultraderecha no conocemos ningún asalto a la democracia. Ni siquiera un conato de destrucción de derechos humanos. La playa sigue y la lucha social, o al menos eso dicen, vive. Los LGTBI van por la calle tan tranquilos, como si no tuvieran que protegerse de los nuevos grises. Y las mujeres, que iban a ser relegadas al ostracismo de las labores domésticas, siguen siendo presidentas de la Cámara. Un inmovilismo en lo que respecta a libertades que deja en punto muerto la sacudida que Podemos quería producir en Andalucía.

Cosa de Pablos eso de quedar completamente desorientado. Porque reírse del fenómeno de Podemos queda repetitivo. Iban a dar el sorpasso al PSOE. Pidieron el CNI y hasta recientemente estuvieron cerca de nombrar a la presidenta de RTVE. Pero ninguno de sus movimientos salieron triunfantes. Al menos, todavía siguen en el panorama político.

Es por eso que parece que el peso muerto va en el nombre. Si tenemos al reaccionario Iglesias en la izquierda, nos encontramos con el repetitivo y aficionado de la hipérbole política Casado. Pablo y Pablo saben lo que es criticar un pacto con el demonio mientras lo hacen con Satán. Y los dos están acostumbrados a irse de la lengua cuando no deben.

En el peor momento histórico del PSOE, ninguno de los dos ha conseguido desbancar a Sánchez. Al igual que ninguno ha sido el que ha detonado el adelanto electoral. Ambos comienzan la campaña electoral con un guion que ya queda anticuado y que se hace hasta pesado de escuchar.

Se podría decir sin problema que lo único que diferencia a los Pablos es el traje y la coleta. Casado sigue cantando a los cuatro vientos la traición a España de Sánchez. Pero no es el discurso, acertado sin ninguna duda, el que acaba molestando. Sino el tono belicista que rememora los tiempos de los Reyes Católicos donde había que jurar lealtad a la Corona.

El líder del PP, a diferencia de Iglesias, no pregona la alerta antifascista, sino la infidelidad a España. Casado vendió ser la verdadera derecha, no la cobarde como decía Abascal. Y semanas después se subía al atril para pedir el voto del socialismo. Ellos son el centro-izquierda que ocupa Ciudadanos. A la par que defienden los valores de la derecha de VOX. Todo para identificarse como el centro liberal que nunca han representado. La macedonia perfecta de un bar “tipical spanish”.

Con las elecciones en la vuelta de la esquina. El camino de los comicios limpio y allanado. Las precampañas encendiendo el motor. Y los extremos más activos que nunca. Con todo ello se prepara una alerta antipablista que libre al país del populismo comunista y aleje viejos fantasmas de promesas incumplidas y cambios de programa electoral popular.

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