Anoche, antes del recuento, pensé que iba a tener que bajar al chino a comprar una botella de White Label para bebérmela moqueando delante de Ferreras diciendo, desde dentro de mi televisor, que Vox se había convertido en la segunda fuerza política en el Congreso de los Diputados. Algo así debían de pensar ellos también. Equivocarse en grupo siempre es más satisfactorio.

Cuándo salieron a la Plaza de Margaret Thatcher pensé que, además de no tener mucha imaginación con el lugar de convocatoria (Colón, Thatcher, Vox), y que Ortega Smith debe de tener algún tipo de problema personal sin resolver consigo mismo, quizá nos habíamos preocupado todos demasiado, y lo peor, nos habíamos dejado meter miedo por los de siempre: los matones de colegio que, aunque estuvieran en tu grupo, te daban una sensación desagradable e incómoda. Que se lo pregunten a Pablo Casado que, por cierto, ahora, en la derrota, hasta parece buen chaval.

Eran las 10 de la noche y me llegó un WhatsApp de mi amigo Daniel que, después de decir que esa noche no salía de casa ni aunque entrara Ortega Smith por la ventana, mojado y en bañador, como cuando nadó hasta Gibraltar para hacer ondear la bandera de España -como acto reivindicativo- en un lugar donde tienen más acento andaluz que mi abuela, me decía que en media hora llegaba a mi casa. Dani no quería estar con nadie si la izquierda perdía y se jodía todo; con Pedro Sánchez arriba y, sobre todo, con Vox en 20 escaños, era otra cosa. Se nota que es del Real Madrid y que no está acostumbrado a sufrir (en público).

El panorama que ha quedado después de las elecciones deja varias reflexiones interesantes: que Vox todavía no; que el PP ya no; que Ciudadanos -y sobre todo Rivera-, primera fuerza, no; que Podemos así no y que Sánchez, por favor, con Rivera no”. Quizá lo más importante sea esto último.

En un ejercicio de empoderamiento político como recuerdo pocos, la militancia del PSOE, a los cinco minutos de haber salido el héroe Sánchez (con menos canas y mejor cara que en los debates) al nuevo balcón de Ferraz, le cantó ese Con Rivera no” al Presidente del Gobierno hasta que, controlándose para no perder la sonrisa, porque a nadie le gusta que digan el nombre de otro en la cama, masculló un “Creo que ya ha quedado claro”, para luego decir que ellos no ponían cordones sanitarios a nadie, que la única condición era respetar la Constitución. Al principio me pareció la enésima bajada de pantalones del PSOE (ésta en tiempo récord) ante Ciudadanos, en lo que se parece cada vez más a una relación de reality show entre Sánchez y Rivera que pone en juego al conjunto del país. Poco después me planteé que quizá fuera una declaración laxa para, también, tenderle la mano a la “nueva y reformada” ERC. El PSOE y Sánchez parecen TJ de La Banda del Patio en ese capítulo en el que quiere caerle bien a todo el mundo sin darse cuenta de que eso es imposible.

Unidas Podemos y en concreto Pablo Iglesias parece que han entrado tarde en razón y se han dado cuenta de que España, igual que no está preparada para Vox, no lo está tampoco para un partido agitador y, ahora, le tiende la mano y el brazo al PSOE para formar un Gobierno de coalición tal y cómo se cansó de pedir Errejón en su día. Competencia virtuosa lo llamaba el Candidato de Más Madrid. A mi siempre me sonó bien.

En cuanto a la derecha qué decir. Cualquiera que haya tenido un mínimo contacto con la realidad en los últimos años sabía que el PP era un partido de gobierno porque recogía el voto de la extrema derecha nostálgica del franquismo y, que como tal, tenía que hacer concesiones a estos sectores de su base electoral de vez en cuando. Y a Aznar.

Me han enseñado recientemente que a veces se gana perdiendo, tal vez sea el momento para que el PP, ya sin esa carga en la mochila, pueda parecerse por fin al resto de partidos democristianos europeos y le dejen a Vox la nostalgia de un tiempo que España no quiere recordar. De casi 8 millones de votos han pasado a 4 y medio, Vox ha obtenido 2’6 millones de sufragios. Ya sabemos con bastante exactitud cómo estaba repartido el pastel demoscópico e ideológico del PP de Rajoy.

Si hay algo en lo que estoy de acuerdo con Vox (del que sería divertido saber qué opinan de que ERC esté más cerca de ellos que ningún otro partido del arco parlamentario) es en lo de ‘Veleta Naranja’ para referirse a Ciudadanos. No solo al partido, si no a muchos líderes de opinión que llaman a la movilización para apoyar el voto al partido naranja. Quizá la pureza ideológica no sea la mejor virtud en política y tenga más sentido ser flexible, pero el vuelco de muchos famosos opinadores del gremio ante la victoria de Sánchez y la posible mayoría de 180 diputados PSOE-Ciudadanos, cuando hace apenas una semana, en pleno debate, estaban soltando bilis, no es agradable de ver para cualquiera con memoria y dos dedos de frente.

Y es que Sánchez ha ganado gracias a que los votantes no se han creído la supuesta deriva ideológica de un señor que se supone que va a vender el país a chavistas (el adjetivo más pasado de moda del mundillo político español) y golpistas (el adjetivo menos preciso del mundillo político español) cuando si ha destacado por algo -él o sus asesores- es por saber que, cuando tienes algo que quieres entre manos, lo mejor es no menearlo mucho. Un Sánchez que se ha agarrado a la imagen de presidente como una pareja de adolescentes se dan la mano después del primer beso, creyendo muy adentro, muy bajito y muy fuerte que puede durar.

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