El pasado día 3, el diario digital e-notícies, que dirige Xavier Rius, uno de los escasos independentistas con auténtica ecuanimidad que van quedando en Cataluña, publicó una noticia que causó impacto y fue ampliamente comentada en Twitter. Se trataba de la reseña de un libro de reciente publicación, Cómo ganamos el proceso y perdimos la República, de Josep Martí, secretario de comunicación de la Generalitat durante el período presidencial de Artur Mas. Una obra más que interesante, tanto por la crónica que ofrece de hechos vistos desde dentro, como por lo que involuntariamente revela sobre los esquemas de pensamiento compartidos por los altos cargos, políticos y técnicos, que condujeron al nacionalismo catalán hasta el clímax de septiembre y octubre pasados. En la noticia se enumeran las afirmaciones más polémicas lanzadas por Martí, que pueden sintetizarse así: el procés no ha sido un movimiento de abajo arriba, sino un producto de la élite secesionista que ha sabido implicar e instrumentalizar a la gente. Es catalogable, por tanto, como una lucha por el poder en plena vigencia. Las pregonadas estructures d’Estat, eran puro teatro. La igualmente cacareada desconexión, otra falacia. Y, destacada sobre todas ellas, la que exhibe su jerarquía y sirve para titular: el Govern deseaba las cargas policiales del 1-O.

No es que sean ideas que nos sorprendan a estas alturas: la noticia impactante no es el qué sino quién las expone. De ahí la reacción mayoritaria por parte de los que no simpatizan con la causa: son los vuestros los que reconocen la estafa. La obstinación de los convencidos del procés también es previsible: exhibición del orgullo por haber participado en lo que se reivindica como acto de afirmación democrática, por mucho que ahora lo ensucien algunos oportunistas o renegados. Ya sabemos que el independentista medio lleva siempre bien puesto el escudo cognitivo por si la realidad intentara atravesarle. Por tanto, para todos menos para él la traviata a cargo del asistente de Mas habrá tenido algo de perturbador.

“La obstinación de los convencidos del procés también es previsible: exhibición del orgullo por haber participado en lo que se reivindica como acto de afirmación democrática, por mucho que ahora lo ensucien algunos oportunistas o renegados.”

El malestar provendrá, no hay duda, de constatar el desparpajo con que en las alturas políticas catalanas se especuló sobre la violencia y su consideración como estrategia posible: Martí nos ayuda a redirigir el foco ético hacia un terreno tan incómodo como el que fue impuesto de inmediato por la propaganda secesionista –las cargas policiales-, pero tanto o más pertinente que aquél. En el plano individual, este ex secretario de comunicación podría engrosar una lista bien nutrida por el procés: desde su arranque hemos asistido al espectáculo de políticos que no se resisten a epatar a sus fieles exhibiendo el propio engranaje conspirador: el primero de todos, Artur Mas, cuando celebró su propio ego anunciando su intención de engañar al Estado; o el juez muñidor de pseudoconstituciones Santi Vidal, al revolcarse a placer en su modesta y recién estrenada charca de influencia: “Os tenemos fichados a todos”. La megalomanía bien palpable en el caso del ex timonel Mas, la misma condición junto a un amateurismo sonrojante en Vidal, hizo olvidar a ambos que existe otro público más allá de la propia audiencia: el president pasó a arrastrar la irónica adjetivación de astut, y para Vidal fue imposible mantener su escaño de senador, a la vez que, de paso, encendió las alarmas judiciales, con consecuencias graves para el futuro de la estrategia secesionista. En esta feria de las vanidades, las revelaciones de Martí, ya respondan a la vanidad o al cálculo, no tendrán consecuencias ni para él ni para nadie. Pero podemos ser su audiencia incómoda: vale la pena tirar del hilo de sus palabras y mantener el foco que nos brinda porque, a poco que pensemos, se verá que su afirmación sobre la violencia es más grave de lo que parece.

Quizá porque yo mismo aún tengo en mente una frase del presidente de Kosovo dirigida hace poco al Gobierno español –“España no es la Serbia de Milosevic y Kosovo no es Cataluña”-, no puedo dejar de relacionar las imágenes del 1-O con el recuerdo de lo ocurrido en los Balcanes y, por extensión, en conflictos como el Euromaidán, de Ucrania, en que asistimos atónitos a batallas urbanas de una violencia sobrecogedora entre grupos de ciudadanos y fuerzas de seguridad. En relación con la Serbia de Milosevic hay que recordar que el nacionalismo catalán, mediante la palabra y los escritos de algunos de sus comunicadores de prestigio, ha llegado a sugerir analogías inquietantes entre la democracia española y ese régimen, ha creído detectar indicios de un enrarecimiento que empezaba a recordar en nuestro clima político aquella cultura de la intolerancia repentina hacia las minorías favorecida por el líder serbio a finales de los 80. Un argumento que ya empezó a escucharse hace unos diez años, justamente en los prolegómenos del arranque oficial del procés, y que desde entonces se ha aplicado, como una plantilla intermitente, a contingencias muy diversas de la vida política española. Baste decir que un hecho como el conocido Memorándum (1986), de la Academia Serbia de Artes y Ciencias, considerado con razón como una especie de documento fundacional y pistoletazo de salida de la renovada exaltación étnica, ha sido usado como comodín innumerables ocasiones por los creadores de opinión nacionalista. La última transposición de esta plantilla se ha dado con motivo del reciente manifiesto de intelectuales españoles contra la supuesta legitimidad democrática del 1-O.

“En esta feria de las vanidades, las revelaciones de Martí, ya respondan a la vanidad o al cálculo, no tendrán consecuencias ni para él ni para nadie. Pero podemos ser su audiencia incómoda: vale la pena tirar del hilo de sus palabras y mantener el foco que nos brinda porque, a poco que pensemos, se verá que su afirmación sobre la violencia es más grave de lo que parece”

No habría que caer en la actitud contraria, la de intentar fijar el relato opuesto: la Serbia de Milosevic no está ahí, a mano para intelectuales orgánicos del nacionalismo, para parecerse a España, pero tampoco se parece sin más a Cataluña, aunque con buen criterio Martín Alonso, en su exhaustivo El catalanismo, del éxito al éxtasis, sugiera desde una perspectiva de izquierda que, si de verdad el citado Memorándum serbio puede asimilarse a algo en este contencioso nuestro, es al tristemente célebre simposio histórico Espanya contra Catalunya, con motivo del Tricentenario de la sacralizada caída de Barcelona durante la Guerra de Sucesión Española. Sin embargo, sí que es pertinente constatar, a partir de la revelación de Martí, que la actitud en relación a la violencia observada por Puigdemont durante el 1-O se parece bastante, en un sentido concreto pero sustancial, al comportamiento desplegado por Milosevic en un episodio de su política doméstica tras los acuerdos de Dayton. No hay que sorprenderse: es solo un signo del carácter irresponsable que adoptó la deriva del Govern en su crescendo de irracionalidad de hace ahora siete meses.

“Quizá porque yo mismo aún tengo en mente una frase del presidente de Kosovo dirigida hace poco al Gobierno español –“España no es la Serbia de Milosevic y Kosovo no es Cataluña”

El documental de la BBC La caída de Milosevic lo expone con claridad: Milosevic pierde en las elecciones locales de noviembre de 1996 17 distritos y ciudades de importancia. De entrada, cree que su derrota servirá como prueba de fair play para lograr el fin de las sanciones a que el país está sometido tras la guerra de Bosnia. Pronto su mujer, Mira, le influye: hay que mantener los ayuntamientos principales a cualquier precio. Los comités electorales, dominados por Milosevic, falsifican las actas de contabilización de votos. El fraude sale a la luz para las cifras de una de las ciudades. Milosevic representa el papel de líder magnánimo y recibe a la oposición de esa ciudad: les felicita por su victoria y su empeño democrático. Se inician protestas por toda Serbia, que reclaman igual rectificación para muchas otras ciudades. Tras semanas de manifestaciones, Milosevic apuesta alto: instigará una contramanifestación para que tengan lugar choques que permitan decretar el estado de emergencia, sacar el Ejército a la calle y liquidar la crisis. A finales de diciembre, a los seguidores de Milosevic se les da día libre en toda Serbia y se les paga el viaje a Belgrado, lugar de las principales concentraciones. La oposición tiene en la capital 80.000 manifestantes, los seguidores de Milosevic logran desplazar sólo 40.000. No saben apenas nada de lo que ha estado ocurriendo, porque la televisión oficial ha minimizado las protestas en sus informaciones. Milosevic da instrucciones a la policía para que no intervenga: se propicia el choque en las calles. El alcalde de Belgrado, partidario de Milosevic, asustado por lo que se avecina, advierte al líder y le amenaza con pasarse a la oposición. En el documental lo dice bien claro: Milosevic sacrificó a los suyos para lograr su objetivo. Al final, el estado de emergencia, decisión que corresponde al presidente federal, no prospera. Milosevic recula y ante las presiones accede a sacar a la policía a la calle para parar los disturbios, que ya se han cobrado una víctima. La oposición ve cómo los resultados reales de las elecciones son reconocidos para el resto de ciudades del país.

El 1-O, Puigdemont deseaba la llegada de los serbios, e irónicamente actuó hacia los suyos como Milosevic veintiún años atrás: exponiéndolos a la violencia. La reseña del libro nos explica cómo los mossos intentaron hasta el final que las urnas se sacaran a la calle, para evitar así los enfrentamientos. La perspectiva que nos facilita Martí, sin ser del todo consciente, es ésta: en la escala del populismo nacionalista, una cosa es sacar a los tuyos a la calle, y otra es hacerlo para que reciban palos. Mientras esto último no está al alcance de muchos, Puigdemont puntúa alto. Finalmente: ¿cuál era el nivel de violencia que se calculaba como óptimo al desear las cargas policiales y las imágenes de represión? ¿Se era consciente de que la violencia, una vez desatada, es incontrolable? ¿Cuando se habla alegremente de un Maidán a la catalana se ha olvidado ya lo que pasó hace cuatro años en las calles de Kiev? ¿Les parecieron insuficientes las cargas realmente producidas, ya que se usaron imágenes del propio Maidán, haciéndolas pasar por represión española? La viscosidad ética del 1-O, más allá del juicio que nos merezca la propia represión policial, planea sobre el secesionismo y será desvelada en su totalidad con el tiempo. La simbiosis entre el líder calculador y los seguidores prestos al sacrificio muestra de igual modo los rasgos propios de cualquier nacionalismo enfermo: mientras en Serbia el episodio narrado acabó, para los seguidores de Milosevic, con una concentración y cánticos emocionados de Slobo, te queremos, en Cataluña, hoy, muchos aman al líder que no dudó un instante en asomarlos al abismo.

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