Si hay una ciudad en el mundo en la que al llegar tenemos la sensación de haber estado mil veces, es Nueva York. Nada más entrar reconocemos sus edificios de ladrillo marrón oscuro de las afueras, sus carreteras de cinco carriles, sus moteles y sus destartalados puentes de hormigón. Según vas acercándote a Manhattan, la circulación se hace más densa, da igual la hora del día. Riadas de coches te van arrastrando y te dan tiempo para observar los miles de conductores que, estoicamente, miran hacia adelante. Es en ese instante en el que te sientes ciudadano del mundo y, de repente, te sientes neoyorquino porque de tanto soñar y leer Nueva York, te conviertes en uno más. Nueva York es una ciudad que se sueña, una ciudad por la que has transitado sin otro mapa que el de la imaginación, que te conduce por sus calles, te introduce en sus edificios, en sus jardines, en sus rincones más recónditos de la mano de tantos autores, de la magia de sus palabras.

Nueva York se abre a mil rutas. Elige una, por la que tu intuición o tu corazón te guíen. Comienza a caminar. Puede ser que, sin darnos cuenta, estemos delante del arco de Washington Square. Quizá la elección no haya sido arbitraria. Seguramente Henry James nos haya llevado hasta allí, hasta el corazón de la ciudad. Y al mirar alrededor entre el bullicio de músicos callejeros, turistas y paseantes podemos cruzar nuestra mirada con la de Catherine Sloper. Está saliendo de una gran casa de “ladrillo rojo con albardillas de granito y espléndido montante en forma de abanico situada cerca del Ayuntamiento” (…) “una casa bonita, moderna”. La reconocemos por su cara agradable, aunque anodina, que trata de realzar con cierta ostentación en el vestir. Está claro que le preocupa causar buena impresión. Va agarrada del brazo de una mujer “alta, delgada, rubia y bastante apagada”; es la señora Penniman, su tía, la hermana del doctor Sloper, quien no aprecia el talento de ninguna de las dos. La tía, cubierta de hebillas y abalorios, se acerca al oído de Catherine y cuchichea algo; luego mira de soslayo hacia la acera de enfrente. Si aguzamos la vista podemos distinguir a un caballero de buena presencia; y en ese instante, quizá, Catherine no puede evitar un estremecimiento. La viuda sonríe con satisfacción. El hombre está parado ante una de las casas de ladrillo rojo que todavía hoy permanecen circundando la hermosa plaza como recuerdo de otro tiempo. Nosotros ya sabemos que es Morris Townsend. La señora Penniman lo saluda agitando la mano, cruzan deprisa. Catherine tiene los pómulos arrebolados, no puede disimular su agitación. No le importa su falta de recursos porque para ella es tan hermoso como una escultura. Está convencida de que tarde o temprano su padre también sucumbirá a sus encantos y podrán vivir felices. Se saludan con distancia teñida de cierta intimidad. Ahí los dejamos, al albur de Henry James, que tampoco le dio mucha importancia a su historia nacida de una pequeña anécdota. Pobre Catherine.

De allí, todavía pensando en el destino de la desdichada heredera, enfilamos hacia la zona más elegante de la Quinta Avenida. La arteria por la que transita la exclusividad y distinción. Bien lo sabía Newland Archer para el que pocas cosas había más terribles que las ofensas al buen gusto. Archer que se mueve como pez en el agua entre los convencionalismos de ese Nueva York con pátina, que se va resquebrajando a sus ojos cuando su vida ordenada e inamovible se ve tambaleada por el rostro pálido y serio de madame Olenska. Y es que nadie mejor que Edith Wharton para llevarnos a contemplar con deleite crítico las mansiones de la alta sociedad tan llena de prejuicios, de rígidas costumbres, de sentimientos acallados por los convencionalismos, de miserias y secretos bajo el empolvado maquillaje. Con La edad de la inocencia nos sumergimos en salones atestados de sedas y perlas, de mujeres y hombres tristes, de apariencias, de caros perfumes que a duras penas disimulan la podredumbre. Y soñamos con pasear por esa avenida flanqueada por Central Park y en la búsqueda de un lugar que recuerde las amplias mansiones de las novelas de Wharton. La propia autora seguro que paseó también por allí lamentando su desgraciado matrimonio, pero dejando vagar su imaginación por sus edificios, fuentes y jardines para crear nuevos universos, historias llenas de fuerza a las que agarrarse cuando la propia vida duele. Quizá caminado para llegar a una cita con otro de sus amigos y colega de letras, un joven de porte impresionante, tan hermoso como su excéntrica esposa, Zelda. Los dos dolorosamente bellos e intensamente desgraciados. Los dos Hermosos y Malditos. Y allí, apoyado en la barra de algún café, Scott Fitzgerald nos espera para continuar con él hacia ese Nueva York magnético trepidante y paradójico, envuelto en el humo de los garitos de jazz. Y observando al autor, no podemos evitar ver al propio Jay Gatsby. ¡Quién no se ha enamorado, aunque sea un poco, de Jay Gatsby! Quizá también del propio Fitzgerald. Los dos de mirada bella y trágica, la mirada de quien ha comprendido que no hay mayor dolor que sentirse siempre solo rodeado de una multitud. Nos conmueven e irritan a la vez, ellos que lo tuvieron todo y que sucumbieron a la decadencia de una época dorada que desembocó en una catástrofe anunciada, como lo fue su propia vida. Esos Felices años 20, hijos del miedo y la tristeza de la Gran Guerra que arrastrarían a unos Terribles años 30, preludio de otra más terrible. También con Gatsby caminamos por la Quinta Avenida, al pasar por el Hotel Plaza no puede evitar elevar la mirada, solo un instante; aunque solía pasar más tiempo en Long Island, en el palpitante West Egg, repleto de mansiones donde en las noches de verano, la gente alegre bebe para olvidar que, en realidad, son gente triste. Tan triste como los que pueblan la Quinta Avenida de John Doss Passos, como el pobre Phil Sandbourne en pos de mujeres hermosas: “La Quinta Avenida gira en espirales rojas, púrpura. ¡Cristo! ¡Nada, no es nada; puedo levantarme solo! (…) Voces, gritos, pilares azules de los policías. Su espalda, sus piernas están todas pegajosas de sangre. La Quinta Avenida palpita dolorosamente”. Tan tristes como esas pequeñas miserias y sueños que se agolpan cada mañana y cada noche en el apeadero de la estación de transbordo de pasajeros, en donde todos fijan, sin ser apenas conscientes, su mirada en ese cartel que apenas ven porque forma  parte de sus vidas: Manhattan Transfer; una Manhattan que engulle, que envilece o redime plagada de taxis, de hoteles de mala muerte, de belleza inalcanzable, de cigarros, de canciones, de medias bajadas, de teatros de olor acre…donde la vida palpita y se apaga como uno de esos cigarrillos.

Sin dejar la Quinta, ahora es Truman Capote quien toma el relevo; caminamos con él hasta el tramo, actualmente atestado de turistas, en el que Holly Golightly buscaba escapar de la melancolía y, sobre todo, del miedo; no porque le gustaran las joyas, aunque sí los diamantes, que por otra parte consideraba que era de poca clase llevar antes de los cuarenta, con esa filosofía tan alocada y natural con la que absorbía la vida. Holly soñaba con desayunar en Tiffany’s porque para ella simbolizaba ese lugar imaginario, en el que ella sabría que está en su sitio, que por fin   se pertenece a sí misma; ni siquiera al gato que vivía con ella lo consideraba propio, lo llamaba gato, y ya está, porque ponerle nombre supondría desposeerlo de sí mismo. Gato y ella, solo Holly, viajera, la mujer que canta en la escalera de incendios de una casa con fachada de arenisca canciones “nómadas, agridulces, con letras que sabían a pinar o a pradera”. Y en ese instante todos envidiamos un poco a Fred o a Joe Bell, el camarero enamorado, por haber conocido a Holly. Nada será igual después. Por eso debemos caminar despacio de sur a norte, recorrer Manhattan con los ojos asombrados de Holly. Una Manhattan de mil caras, mutable según la luz, poliédrica y paradójica: Times Square, tan vibrante, tan ruidoso, tan atestado de gente y de neones hipnóticos, como lo son cualquiera de sus rascacielos, cuando Manhattan se convierte en una inmensidad de luces, cuando desde las alturas del Empire o el Rockefeller te sientes el dueño del mundo. Tan fascinante como caminar de noche por Broadway, la fábrica de sueños, entre el terciopelo desgastado y decadente de sus butacas.

Pero, hay mañanas soleadas en las que debemos cruzar el puente. Pasar al “apacible” Brooklyn de 1912 en donde Betty Smith, con su acento singular, habla de lo cotidiano. Y nos emociona observar que todavía siguen en pie las casas de ladrillo con ventanas con postigos, con respiraderos que dejan pasar los ruidos en las que imaginamos habitar entre las páginas de Un árbol crece en Brooklyn. Calles con niños jugando, con mujeres charlando y soñando quizá con conquistar a un pretendiente que las lleve lejos, a un lugar en donde no huela a comida, ni a humedad o colada recién tendida. Y por un instante nos sentimos como la pequeña Francis Nolan, en su pequeño refugio bajo el árbol, un lugar en el que leer, escribir y soñar.

Quizá tengamos suerte y nos encontremos por casualidad a un hombre de ojos grandes y expectantes al que preguntarle: ¿Es usted el señor Auster? o ¿Quizá Daniel Quinn? o ¿Natt Glass? o ¿Peter Aaron? o el mismísimo Benjamin Sachs. Porque todo puede suceder en esas calles mil veces recorridas por la imaginación, todo puede ocurrir por azar. Ese azar que nos convierte en personajes sumergidos en historias imposibles que, al leerlas, sin embargo, nos parecen verosímiles y cotidianas. Porque Nueva York se convierte en un laberinto metafísico, en una Ciudad de cristal en la que las palabras van marcando con su significado oculto nuestro periplo extraño y con sentido a la vez en busca quizá de uno mismo. Como Stillman, errabundo en la ciudad, con su largo abrigo marrón y su bolsa de fieltro grande y anticuada, cuya rutina Quinn va anotando cuidadosamente en su cuaderno rojo. Paseos precisos, sin embargo, a la deriva. Perdámonos en ese universo austeriano de trilogía o imaginemos frecuentar el Cosmic diner para tomar café con hielo y sándwich de pavo, y conversar con una camarera desgraciada o feliz. Encontremos una librería, como la que halla Nathan Glass cuando todo parecía terminado. Quizá descubramos que todo puede ocurrir, que un encuentro inesperado, que una decisión puede retornarnos a la vida como en Brooklyn Follies, aunque sea fugazmente. Por ello, no nos resultará ya asombroso, ver pasar junto a nosotros a una niña de chubasquero rojo llevando una cesta, que nos recuerda a una caperucita contemporánea. Seguramente, si somos curiosos, nos acerquemos a preguntarle adónde va tan deprisa. Nos mirará con el rostro pecoso que soñó para ella Carmen Martín Gaite, o con el que tú, lector, imaginaste y nos dirá que se llama Sara Allen y que va a llevar una tarta de fresa a su abuela que vive en Manhattan. Nos contará, sin preguntarle, que su abuela Rebecca fue cantante de musichall, Gloria Star, y que tiene mucha prisa por llegar a visitarla para llevarle una tarta de fresa. Nosotros sabemos, aunque no le digamos nada, que cuando llegue a su destino va a cambiarle la vida. Por si acaso, tomamos el mismo metro para seguirla a distancia; Sara solo tiene diez años y Manhattan no es un lugar seguro para ella. La ciudad fastuosa oculta también su lado más sórdido, como un bosque intrincado y oscuro. En el vagón Sara se echa a llorar, pero antes de llegar a su lado para consolarla se nos adelanta a una mujer de aspecto estrambótico, llena de collares, harapos empujando un carrito de bebé. Es ella la que, como un hada buena, tranquiliza a nuestra pequeña, le susurra que se llama Miss Lunatic o quizá Madame Bartholdi, como la madre del escultor de la estatua de la Libertad. Por eso quizá vive allí oculta y por las noches se convierte en una suerte de hada buena en un Manhattan despiadado, atestado de soledades. Sara escucha atenta, fascinada a Miss Lunatic; si nos acercamos podemos oírla decir: Vivir es no tener prisa, contemplar las cosas. (…) En todo puede surgir una aventura.  

Si seguimos a la niña, cruzaremos Central Park, en donde acecha un lobo con piel de pastelero. Nada será como ella había planeado, ni siquiera como en el cuento. Pero Sara, se empeñará en llegar hasta la estatua de la Libertad y con ella gritaremos la palabra mágica que convierte una simple alcantarilla en un pasaje al lugar deseado, a esa libertad que todos anhelamos y que pocos obtenemos, quizá porque no nos atrevemos a decir algo tan sencillo y maravilloso como Miranfú. Con ella, nuestra Caperucita se trasmuta en una especie de Alicia que busca su propio y personal país de las Maravillas.

Quizá debamos escuchar a Miss Lunatic y caminar despacio por Nueva York, da igual que trayecto tomemos. Descubramos cuál es el nuestro, escuchemos las palabras que un día nos emocionaron o conmovieron, miremos con ojos de asombro cualquier rincón, rutilante o escondido. Caminemos lento, aunque todos tengan prisa, porque estamos en nuestro propio sueño.

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