Gracias a la lectura de Maratón balcánico de Miguel Roán (Caballo de Troya, 2018), he vuelto a visitar algunos de mis lugares favoritos de los Balcanes: Belgrado, Sarajevo, Liubliana, Zagreb. Sus viajeras páginas también me han llevado a ciudades que no conozco todavía en persona: Pristina, Bania Luka, Skopie. Además, los extensos conocimientos de Roán sobre la ex-Yugoslavia —producto de lo que él mismo denomina «mis investigaciones», consistentes en viajes, conversaciones, aprendizajes, películas, relaciones y lecturas— me han ayudado a entender mejor esta compleja región. Por ejemplo, he descubierto el concepto de inat, que podría traducirse como una testarudez característica de los balcánicos que, quizás sin lograr ponerle nombre, cualquier forastero nota en seguida y que Roán describe así: «Es una actitud de desafío y terquedad que surge de manera instintiva, por la cual no se valora de forma pragmática una situación».

«Gracias a la lectura de Maratón balcánico de Miguel Roán (Caballo de Troya, 2018), he vuelto a visitar algunos de mis lugares favoritos de los Balcanes: Belgrado, Sarajevo, Liubliana, Zagreb»

Maratón balcánico es la obra ideal para quien planee visitar este enrevesado territorio —muchos de los 42 capítulos del libro consisten en un viaje concreto de Roán— o para quien quiera conocerlo mejor —reflexiona sobre determinados temas culturales o políticos—. Para mí, su única carencia es de tipo personal, autobiográfico: ¿por qué una persona nacida en Vigo en 1981 y licenciada en Derecho y Ciencias Políticas en Madrid está tan interesada en los Balcanes como para vivir en Belgrado, aprender serbio y viajar por toda la región? Por desgracia, Miguel Roán no lo explica, pero yo querría saber dónde y cuándo nació ese inat que lo ha llevado a escribir este Maratón.

Seguramente me haga estas preguntas —que quizás no tienen respuesta— porque siempre me ha fascinado la gente que cultiva una obsesión, pero también porque yo tengo un interés parecido por los Balcanes. Sin embargo, lo mío se encuentra en un punto intermedio entre la mera curiosidad y la obsesión de Roán, es decir, lo mío no es un maratón sino, como mucho, una carrera de 10 km. Por otro lado, mi vínculo con los Balcanes tiene una explicación bien simple: mi pareja es de Croacia. Pero no puedo negar que desde mi infancia la palabra Yugoslavia ocupa un lugar privilegiado de mi imaginario geopolítico, puesto que fue la primera guerra de la que tomé consciencia, viéndola retransmitida en la televisión, antes incluso que la Guerra Civil española, en principio más cercana cultural, familiar y espacialmente. El conflicto étnico de los Balcanes me ha ido acompañando desde entonces, repitiéndose en diferentes lugares, en momentos diversos y entre otras gentes, como un inevitable eterno retorno.

Por eso he leído Maratón balcánico como un libro escrito por un hermano mayor, alguien que ya estuvo allí y me aconseja y me guía. Uno de mis capítulos favoritos está dedicado al aprendizaje del serbio, que Roán define brillantemente como «un viaje sin destino final». Desde el aislamiento del principiante, incapaz de comprender lo que se dice a su alrededor, hasta la frustración del hablante más avanzado, a quien los nativos, en vez de escucharlo, le sueltan por defecto un amable pero condescendiente «hablas muy bien serbio». Roán no romantiza el proceso ni lo simplifica: confiesa que hablando no logra hacerse pasar por local, pero que solo atravesando la barrera lingüística los balcánicos empezaron a tratarlo como a un igual.

«Por eso he leído Maratón balcánico como un libro escrito por un hermano mayor, alguien que ya estuvo allí y me aconseja y me guía. Uno de mis capítulos favoritos está dedicado al aprendizaje del serbio, que Roán define como «un viaje sin destino final».»

Yo también intento aprender croata, pero soy un estudiante eventual, o sea, un mal estudiante. Solo cuando estamos de viaje en los Balcanes le pregunto a mi novia —ella es mi gramática, mi diccionario y mi intérprete cultural— qué significa tal cosa que he escuchado, cómo se dice esa palabra que necesito o cómo se conjuga cierto verbo, y lo apunto todo en la libreta. Si logro utilizar una palabra de la libreta de marras, si entiendo sin ayuda un fragmento de conversación, si declino correctamente un sustantivo o si consigo pedir un café sin hacer un ridículo excesivo, siento que avanzo un poquito en este «viaje sin destino final». Pero, como vivo en Polonia, la mayor parte del tiempo intento practicar polaco. Y cuando aprendo una palabra croata (por ejemplo, kost, es decir, hueso) que es similar en polaco (kość), salto de alegría, pues he avanzado a la vez en mis dos desiguales viajes eslavos. En general, no obstante, doy pasos en falso o avanzo en círculo porque, además de no tener final, es fácil perderse en el aprendizaje de una lengua.

En otro capítulo Roán va a la paradisíaca isla de Šipak, cerca de Dubrovnik, para visitar a una familia amiga. Es verano y, bajo el ardiente sol dálmata, tiene que caminar 5 km desde el puerto hasta la villa familiar. Agotado y acalorado, Roán imagina una terrible escena en el patio interior de una casa de piedra, una escena sacada de una película yugoslava (Ocupación en 26 imágenes), inspirada a su vez en las barbaridades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial por los ustaše, los fascistas croatas, empoderados y controlados por Hitler. En la imaginación de Roán, una familia disfruta del fantástico día tomando vino a la sombra de unas hojas de parra cuando, de repente, aparecen unos hombres vestidos de negro; son unos milicianos ustaše, que torturan y asesinan de la forma más salvaje a la familia, quién sabe si por ser serbios, judíos, gitanos o disidentes políticos. Mejor no describirlo aquí de nuevo.

Quien viaje a los Balcanes, no importa adónde vaya ni los conocimientos previos que posea, tendrá en algún momento contacto con el horror de la historia. Las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial y las heridas de las Guerras de la Antigua Yugoslavia aún están presentes, ya sea en la política, en el carácter de la gente o en la fisonomía arquitectónica. Incluso en la hiperturística ciudad de Dubrovnik —«la perla del Adriático» según lord Byron, la meca del turismo de sol y playa y el escenario de las taquilleras y belicosas sagas de La guerra de las galaxias y Juego de tronos— es casi inevitable topar con el pasado del país. En las diversas puertas de entrada, junto a unos carteles que le piden al turista que respete la ciudad y que no se siente ni se pare en las calles más transitadas, se puede ver también un mapa de los daños causados durante el sitio de 1991-1992 por el ejército yugoslavo (de Serbia y Montenegro) en Dubrovnik. Si no tiene tiempo de examinar el mapa, el viajero irá encontrando marcas de artillería en las fachadas y en la muralla, unas veces reparadas y en otras ocasiones aún visibles, señales que hermanan la ciudad con Mostar, Rijeka, Sarajevo, Vukovar o muchas más. Y al final de la famosa Stradun, la calle principal de Dubrovnik, justo al lado de la columna de Orlando que simboliza la libertad de la ciudad, está el Palacio Sponza, en cuyo interior hay una pequeña sala en memoria de los más de 200 jóvenes que murieron defendiendo la perla del Adriático hace menos de 30 años. Como los agujeros de balazos que emparentan sus respectivos edificios, muchas ciudades de los Balcanes también tienen monumentos o lugares conmemorativos análogos.

«Quien viaje a los Balcanes, no importa adónde vaya ni los conocimientos previos que posea, tendrá en algún momento contacto con el horror de la historia»

Mi cuarto de maratón balcánico, mi «viaje sin destino final», me ha proporcionado experiencias fantásticas, pero siento cierta obligación de compartir precisamente estas, las más aciagas. Porque creo que los Balcanes son un lugar que, para su desgracia, encarna demasiado bien el concepto de «hauntología» de Jacques Derrida, que se refiere a aquellas ideologías del pasado que siguen espectralmente presentes hoy en día, ya que el ser está siempre condicionado por lo ocurrido antes. Aunque Derrida hablaba de la presencia fantasmal del comunismo de Marx, no cuesta mucho aplicarlo a los fascismos y a los nacionalismos genocidas, tan recurrentes a pesar de cambiar sus apariencias. Viajar a los Balcanes, pero sobre todo leer y aprender acerca de su historia, es una de las formas de conjurar y enfrentarse a estos fantasmas.

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