«Al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees más, te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos»

«Las ciudades invisibles» de Ítalo Calvino

Hay una maleta que la cantante y actriz alemana Marlene Dietrich jamás se quiso llevar de Berlín. Tal vez la misma que mantuvo a David Bowie escribiéndole canciones a su generación desde el barrio de Schöneberg,  o a Iggy Pop tarareando sobre sus tiempos de pasajero en el subterráneo de la ciudad. Una ciudad que puede llegar a ser tan andrógina como el ropero de Bowie, tan amable y reticente como los cientos de humanos que caminan sobre ella.

No es conocida como la ciudad donde los sueños se hacen realidad como Nueva York, ni la ciudad de las luces como Los Ángeles, o la del amor como Paris pero es en esa imprecisión donde se entienden sus luces, porque Berlín es abstracta e indefinible, y esa propiedad que Calvino señala en Ciudades Invisibles como una construcción de sueños, deseos, y miedos que llevan al viajero a quedarse se expresa en Berlín como el Wunderschön stadtestado maravilloso– de los comerciales de verano.

«La multiculturalidad que se ha arraigado a sus calles, la diversidad de su escena nocturna, sus bares y homogeneidad de historias crean en ella una de esas ciudades inciertas que atrapan al viajero»

La multiculturalidad que se ha arraigado a sus calles, la diversidad de su escena nocturna, sus bares y homogeneidad de historias crean en ella una de esas ciudades inciertas que atrapan al viajero, especialmente al joven, y lo conservan para redescubrirse bajo sus espacios.

Aquellos que permanecen guardan en su maleta una razón particular para prendarse a sus atardeceres. Aunque Berlín no es perfecta, y hay quienes no se conectan con su ritmo, puedes hallar en estos rasgos de la ciudad un sentido familiar de pertenencia que probablemente hayan experimentado los viajeros y habitantes de la ciudad por igual.

 

En Berlín la historia moldea, pero no define a sus habitantes

Las calles de Berlín esconden a simple vista decenas de recuerdos y vestigios consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Si pasas por debajo de los puentes de sus estaciones de S Bahn, o doblas en una de las esquinas de las calles de Kreuzberg puedes ver paredes marcadas con balas y artillería pesada que en algún momento traspasaron sus edificios. Cicatrices de balas y batallas que permanecen en la ciudad. Su historia sobrevive en sus calles, así como el Stolpersteine  -obra de Gunter Demnig- o bloques de bronce del tamaño de adoquines que empotran las aceras de Berlín y se pueden ver frente a los edificios donde solían vivir judíos deportados hacia los campos de concentración. Pequeños detalles que resisten en la ciudad y hacen de la memoria un algoritmo presencial.

 

No es Alemán , es todo lo demás

Si caminas por Berlín y escuchas con atención entiendes que el alemán no es su idioma capital, y que los sonidos y fonetismos extranjeros cantan en sus calles a diario.  Español, francés, italiano, hindú, chino, coreano, portugués, ruso y muchos más resuenan en cada uno de sus locales, restaurantes y puertas residenciales; si prestas atención hasta te puedes convertir en un políglota por accidente. El mito dice que en Berlín el alemán no es necesario, que con el inglés se puede sobrevivir sin obstáculos, y aunque no es del todo falso el alemán siempre será la mejor opción para llegar al punto de encuentro en donde la ciudad es tan parte de ti como tú de ella.

 

Todos los bares del barrio

La cerveza es a Alemania lo que el vodka a Rusia, y en Berlín la tradición no se pierde, solo muta. Así como es normal encontrar bares en cada esquina y calle de la ciudad Berlín es conocida por acomodar la modalidad de los Späti, o kioscos que abren casi las 24 horas del día y disponen de todas las cervezas tradicionales de Alemania en cada rincón, además de snacks de media noche y otros esenciales para emergencias citadinas.  No es una exageración decir que encontrar un bar o un lugar donde beber cerveza en Berlín es complicado y no por su ausencia, sino por la variedad y cantidad de tabernas que permanecen abiertas a cualquier hora y día del calendario.

 

Ciudad de Perros

En Berlín decenas de perros pasean por sus parques y sus lagos en una ciudad que permite mascotas en centros comerciales, tiendas, transporte público de cualquier tipo e incluso en la oficina. Los perros callejeros no existen, y hasta los que duermen en la calle lo hacen con sus dueños. Es fácilmente una de las ciudades más amigables de Europa para tener mascota, y aunque no todos los tenientes principales los aceptan de buenas a primeras da por seguro que más de la mitad de la ciudad tiene una familia canina de la cual cuidar.

 

Es más normal de lo piensas

Berlín puede ser tan tradicional como excéntrica, la combinación es redentora. La fiesta gay con código de vestimenta de látex de la esquina es tan normal como el mercadillo de ropa vintage de invierno. Los mercados de navidad con vino caliente y creps de nutella tienen el mismo espacio que el food truck de comida latinoamericana de al frente. El maratón de los domingos es tan tradicional como los drag queen shows de los martes o la fiesta techno del fin de semana en el centro de la ciudad. Y así continua,  excéntrico pero lúcido, tradicional pero diferente.   

 

PD: Mi maleta en Berlín

En Berlín no hay montañas que admirar desde tu ventana, el paisaje es plano y llano como sus edificios y la capital permanece en un cruce de metrópolis moderada, en donde la prisa de su esencia urbana todavía no ha alcanzado la de sus habitantes. Pero el cambio de ciudad siempre implica un cambio de cielo, y en este las nubes y los azules son particularmente alucinantes en las tardes de verano y otoño. A mí de Berlín me atrapó la omisión. La inmaterialidad de una ciudad que no existía en mi vocabulario hasta que me encontré viviendo en ella. En Berlín me quedé porque su cielo y sus atardeceres siempre me sacan sonrisas, porque sus calles no me apuran y me dejan caminar a mi ritmo, porque el frío no me molesta y me identifico con su idea de espacio personal.  Me quedé porque la excentricidad es costumbre y los absurdos tienen sentido.

Te quedes o te vayas, en esta maleta hay suficientes razones para volver a Berlín, al menos una vez.

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