Hace tiempo ya, que fuimos a Georgia.

Me acuerdo de la decisión aquella, que nos vino un poco impuesta por las circunstancias. Habíamos reservado un viaje a Túnez, al estilo resort de todo incluido, en un hotel que, por tener, tenía hasta un túnel de esos de los parques acuáticos en los que caes a la piscina dando vueltas y te jodes la espalda raspándote con las juntas. Y, mira tú por dónde, que una semana antes llega un yihadista en lancha y mata yo no sé a cuántas personas en la playa privada de un hotel que estaba en la misma zona que el nuestro. Claro, una sabe, o se imagina, o quiere creer, que no va a pasar lo mismo una semana después en el mismo sitio. Pero nos pusimos responsables y nada, llamamos a Turkish Airlines para cambiar el billete.

Me parece que nos ofrecieron Grecia y Georgia y tiramos, como casi siempre, a lo barato. Aun así, ese año pasaba cada mes en números rojos, de tanto viajes que hacíamos. Nos fuimos las dos solas, porque nos entendíamos y nos complementábamos bien y siempre acabábamos en los lugares más insospechados porque nos costaba decir que no a planes propios y ajenos.

Me acuerdo del hotel, ¿y tú? Era un pequeño edificio de madera con la fachada azul y con el interior como una corrala, que casi parecía que estábamos en Fortunata y Jacinta, con los pasillos y balcones que daban al patio y a la fuente. He buscado en mi bandeja de entrada del correo electrónico y ahí estaba la reserva, todavía. Cuatro años han pasado, ¿te lo crees? Hotel Nata, se llamaba. Y sigue igual, parece. Pone que el desayuno estaba incluido, pero no debía de ser gran cosa, porque no hay nada que me guste más que atiborrarme a desayunar en hoteles y este, en concreto, no lo recuerdo.

Estaba en una calle en cuesta que a principios de julio nos hacía sudar la gota gorda. Si bajábamos, teníamos el río Kurá y la entrada al teleférico aquel que nos subió a la fortaleza de Narikala y en el que nos grabamos un par de vídeos haciendo el panoli. Creo que subimos dos veces, una de día y otra de noche, y la de por la noche me parece que fue la víspera de nuestra partida y estábamos melancólicas porque “joe, y eso que no estábamos convencidas de venir”.

Me sigo poniendo melancólica ahora, tanto tiempo después. Fue un viaje especial y seguro que las dos repetiríamos, ¿verdad? No sé, fue como cuando vas al cine por acompañar a alguien porque a ti en principio esa película como que ni fu ni fa y luego sales obnubilada y “creo que es la mejor película que he visto en mucho tiempo” y es un 50% por lo buena que es la película y otro 50% por el factor sorpresa.

De la ciudad, qué quieres que te diga, no me acuerdo muy bien. Bueno, a ver, sí me acuerdo. Pero no de este o aquel edificio, de una calle en concreto o de lo limpios que estaban los parques.  Me acuerdo de esa plaza adoquinada, justo al cruzar el río desde nuestro hotel, en la que nos costó decidir en qué restaurante cenar. Eso fue la última noche, también. Oye, perdóname los saltos temporales. Ya sabes que la organización no es lo mío.

Según veo en el mapa, se llama Plaza Vakhtang Gorgasali por un rey de la dinastía Chosroid que gobernó el este del país a finales del siglo V y principios del VI y que la pifió bastante porque se alió con el Imperio bizantino para luchar contra la hegemonía iraní y al final perdió y el reino de Iberia, que era como se llamaba esta zona por aquel entonces, se debilitó. Pero también fue el fundador de Tiflis, así que, lo comido por lo servido. Pues en esa plaza que se llama como este hombre con tantos claroscuros cenamos en el Samikitno, un restaurante de comida típica que estaba llenísimo de gente y por dentro aún conservaba la sobria estética soviet. Vamos, que era bastante feo. Bebimos vino y comimos un combinado de platos de por allí. Pero de nuestras recetas favoritas, mejor, hablamos luego.

También me acuerdo de la caminata que nos dimos el primer día, el viernes, con un sol que parecía aquello Benalmádena. Empezamos por la parte vieja, que estaba levantada por algunas zonas y le restaba encanto al sitio y seguro que hoy está maravilloso y a nosotras nos tocó ver las aceras rotas y las máquinas de asfaltar, pero qué le vamos a hacer. A pesar de eso, notábamos como que nos empezaba a gustar. Pasamos por las calles que había que pasar, vimos las iglesias que había que ver -la Gran Sinagoga, la iglesia de Sion, la catedral de la Santísima Trinidad-, y casi que me daba rabia no haber sabido antes que Tiflis era así de guay. ¿Por qué nadie nos había hablado de ella antes? ¿Por qué nos miraba raro la gente cuando decíamos que íbamos a Georgia? ¿Por qué teníamos las expectativas tan bajas?

Había colores por todas partes. Casas amarillas, verdes, rojas… construcciones que eran un poco orientales y un poco art nouveau, otras neoclásicas, esas torres de ladrillo y ventanas alargadas de las iglesias y sus cúpulas cónicas, la modernidad en forma de puente de acero y vidrio… y, de repente, una cafetería que era como estar en París al lado de una tetería que era como estar en Marrakech.

Y el barrio de los baños termales del barrio Abanotubani que mucho se habla de los de Budapest pero madre mía los de Tiflis, que además fue gracias a estos baños que Gorgasali decidió fundar la ciudad. Por ahí dicen que su halcón se precipitó a un manantial y se achicharró y el monarca debió de pensar que ese sitio molaba para fundar una urbe. Antes eran mucho de eso. Por lo visto, Pushkin y Dumas eran muy fanes de estos baños. Tendré que volver para probarlos, a ver si se me pega algo.

Y la avenida Rustaveli, que me pareció más larga que un día sin pan y que nacía en la Plaza de la Libertad, que hoy se llama así pero antes se llamaba Plaza de Lenin, por razones obvias. Esa zona era más moderna, que se notaba el esfuerzo del país por ser o parecer o imitar o yo que sé a lo europeo. Pero, qué quieres que te diga, a mí como que me gusta más lo que menos se parece a lo nuestro.

También me acuerdo de que había mucha gente joven, y una zona de bares como no puede faltar en toda capital que se precie y otra de terrazas a la orilla del río de las que colgaban lucecitas de colores de esas que tienen ahora todos los modernos en sus balcones.

Resulta que la revista Forbes la ha elegido este año como la ciudad más divertida del mundo. Que no habrán venido a Murcia, claro, pero podría estar de acuerdo con quien sea que ha hecho esa elección. Además, nosotras nos fuimos de fiesta con georgianos, y eso le sumó muchos puntos al viaje. Ya hablaré de eso en la segunda parte.

Me acuerdo, claro, obviamente, INEVITABLEMENTE, de la comida. ¿Cómo no acordarse de la comida? En los artículos finos dicen ‘cocina’ pero, aquello, de fino tenía poco. Pero de bueno, mucho. A ver si nos vamos re-enterando todos de que lo bueno no tiene por qué venir en micro-raciones de pitirrú de fuá.

No íbamos con grandes esperanzas, claro. Hicimos la investigación de rigor por la Red los días previos. “Qué comer en Georgia”, “platos típicos de Georgia”, “dónde comer en Georgia”… hasta con el inglés, nos animamos (“best traditional Georgian dishes”, pero los resultados nos venían del estado norteamericano, donde por lo visto toman mucho un estofado llamado Brunswick y mojan pan de maíz y también pollo frito de ese que le dicen crunchy y que te deja la boca brillante de aceite.

Así que, bueno, algo sabíamos, pero tampoco era como si viajas a Nápoles directa a probar la verdadera pizza o a ponerte mala a hígado de canard en el Périgord francés. Y, mira tú, seguro que la recuerdas tanto como yo. Seguro que volverías solo por tomarte otro khachapuri más. Era una locura, ¿verdad?

Estábamos en la terraza esa, cerca de un teatro de marionetas Gabriadze que aparecía en todas las guías pero que no pudimos ver por dentro porque estaba cerrado, y hacía un calor de mil demonios georgianos y nos sentamos en aquella mesa un poco para beber cerveza barata y otro poco para escondernos del sol. El caso es que, “ya de paso, pues comemos”. Y la carta era de esas plastificadas que parece que no han cambiado en veinte años, con las esquinas dobladas y roñosas, con los platos numerados de tantos que hay y con fotos tipo bodegón de los más populares, que parecían platos combinados de lomo, huevos y patatas fritas pero con cosas georgianas que vete tú a saber.

Nos lanzamos a pedir lo que habíamos visto en blogs de viajes días atrás. Y el pan georgiano llegó a nuestras vidas. No apetecía demasiado, la verdad, porque se parecía poco a un gazpachito fresco de los que tragamos sin mesura cuando hace calor. Pero nos liamos la manta a la cabeza y, oye, p’alante.

Cualquiera que viera lo que llegó a la mesa diría que qué forma más rara tenía esa pizza, así como alargada y puntiaguda, igual que los barcos vikingos vistos desde arriba, que me acabo de enterar de que se llaman drakkar. Pero es que aquello no era una pizza. El khachapuri es la mejor mezcla de pan, queso, mantequilla y huevo que pueda haber sobre la faz de la Tierra. Que tampoco sé si hay otra. Pero, si la hay, ya te digo yo que no es mejor. Era esponjoso y crujiente a la vez, y al día siguiente nos enseñaron cómo los hacían en unos hornos de arcilla tradicionales, porque paramos en uno que había a la orilla de la carretera como el que vende melones en la N-340 de Alicante.

También guardo en mi retina gustativa a los khinkalis, esas empanadillas de masa cocida que podríamos llamar dumplings, como los modernos, pero que más me va a entender la gente si digo que eran raviolis con gigantismo rellenos de carne picada con especias y que se toman sin salsa ni nada porque eso sería desgraciarlos sin necesidad. Nos enseñaron que se comen cogiéndolos del rabito y dándoles un buen bocado y haciendo cuenco con la boca porque de ahí dentro sale un caldo que está como el de las resacas de Año Nuevo de bueno.

Probamos más cosas, esos días. Muchas nos recordaban a la comida turca que tomábamos cada día en Estambul, pero es que cuando uno prueba lo mismo en otro lugar, parece que supiera diferente.

Ah, bueno, ¡calla! ¡Casi se me olvida lo del vino! Que ahora hacen vino en cualquier sitio, eso es verdad, que te ponen una etiqueta así conceptual o inspiradora o como sea y ya pues que qué más da si está bueno o malo porque la botella me ha gustado y la pago y así vamos todos con todo. Pero, espera, que creo que va a ser mejor dejarlo para luego. Ya ves, me pasa lo de siempre, que me pongo con la tecla clis clas clis clas y al final me paso y no se lee el artículo entero ni mi madre, que mira que me quiere. Pues eso, que lo cuento en la segunda parte.

Ay, Eli… ¿cuándo vamos a volver?

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