Pasarlo bien en un festival es relativamente fácil si te haces con un grupo de acompañantes con las mismas ganas de celebrar que tú. También es fácil acertar con el festival a nivel musical una vez se desvela el cartel. Más complicado es que las piezas del puzzle que la organización del festival ha soñado encajen a la perfección. Eso es lo que ha sucedido en esta segunda edición del festival Paraíso.

No se si será por haber estudiado allí, pero todos los eventos celebrados en el campo de rugby de la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM me parecen especiales. Es un entorno magnífico: bonito, abierto, y verde (los festivales sobre césped me parecen infinitamente mejores que los que se celebran sobre albero o asfalto), y su ubicación a poquísimos minutos en metro del centro de Madrid, es un detalle para todos los que vivimos en la ciudad.

Pero para que un festival como el Paraíso brille, la organización debe estar a la altura. En este caso así fue. Los escenarios estaban situados estratégicamente y no se solapaba el sonido de unos y otros a pesar de encontrarse realmente cerca (lo que permite no perderse prácticamente nada), las colas fueron rápidas y ejemplares (se tardaba realmente poco en validar tanto las acreditaciones de prensa como las entradas normales), el método de pago en el festival, tanto los Tuents como las barras donde se servían las bebidas, registraban muchas menos colas que en otros festivales y el trato personal de los miembros del staff del festival era amable y cordial: parecía que hablabas con personas y no con robots, algo que siempre se agradece.

Todo esto ya hace del Paraíso un festival al que merece la pena ir. Pero la música, que es lo de más, brilló con luz propia, tanto para los iniciados en la electrónica como para los que no. Un equilibrio difícil de encontrar pero no imposible en el Paraíso.

Cuando lo bueno es bueno

Claro que no fue el único momento memorable del fin de semana. IAMDDB ofreció un gran directo en el que defendió la apuesta del festival por ella rompiendo la linea editorial predominante de Dj sets y uno de los pocos acercamientos a la música urbana. Lo mismo hizo Charlotte Gainsbourg (que el sábado se convirtió en la presencia más grande sobre el escenario de todo el festival) o CHVRCHES, que siendo los más populares -objetivamente- de todo el cartel tuvieron que dar el 100% para que el público entrara en calor como entraba con propuestas que tocaron muchos palos de la electrónica más puntera.

Iba en esta dirección el Paraíso cuando incluyó en su cartel a Polo et Pan; el dúo francés ofreció un show memorable, en el que la música hizo que todo el mundo se conectase y fluyera en la noche madrileña. Antes y después vinieron muchos buenos ratos de música, pero Polo et Pan fueron (al menos para el que escribe) la cumbre del festival, no a nivel de repercusión, quizá tampoco a nivel de calidad musical, sí a nivel de comunión y de sensaciones. Todo festival tiene un momento clave, Polo et Pan lo fue en el Paraíso.

Decíamos que Bob Moses y Ross From Friends eran dos apuestas seguras y no fallaron, lo mismo pasó con Solomun, uno de los nombres que más se comentaron a lo largo de la noche del viernes y que no defraudó a sus muchísimos seguidores incondicionales. Tampoco a los noveles. Y es que cuando lo bueno es bueno no se puede hacer nada.

El sábado, por otro lado, apareció Mount Kimbie, que propuso uno de los shows más frescos de todo el festival. Estos chicos ingleses siguen siendo imprescindibles 10 años después de su salida al mercado. Un viaje que les ha hecho recorrer una electrónica dubstep desde los principios del género hasta la propuesta actual donde se mezclan los ecos del inapelable sonido dubtstep con unas influencias mucho más ricas y extensas. La mezcla de ritmos en el directo del Paraíso tuvo a la gente pendiente todo el rato de qué pasaba sobre el escenario.

Mención aparte merece Nicola Cruz, otra de las cumbres del festival. Sonó al atardecer del viernes y fue una bienvenida a la noche por todo lo alto. Su mezcla de ritmos latinos y electrónica es una de las propuestas más escucharles del Paraíso (¿y no es acaso la “escuchabilidad” una característica inseparable de la música, sea del tipo que sea?). Esto unido a la aureola de buen rollo que emana hizo que la más de hora y cuarto que estuvo subido al escenario fuera otro momento mágico.

Más cosas: Increíble el Live de KINK en el Escenario Club, el público no iniciado alucinaba y preguntaba que de dónde había salido ese fiera; Pional y (una de nuestras apuestas seguras) Laurent Garnier, el sábado también estuvieron entre lo mejor. Tuve la suerte de hablar con gente que sabe mucho más que yo de electrónica (y de festivales) y confirmaron mis intuiciones, lo que pasó el sábado a partir de la 1:40 y hasta el cierre del festival fue una locura.

La hamburguesa de Proust

Quizá sea pasarse, sí. Pero nadie va a poder decirme que comerse una hamburguesa a las 3:30 AM después de muchas horas de baile no me hizo entender un poco mejor lo de la magdalena. No probé todos los foodtrucks, pero voy a hacer extensible la calidad musical del festival a la gastronómica. Si alguien tiene alguna queja que pase por recepción, por favor.

No he querido hacer un relato del Paraíso, de esos que están tan de moda (llegué, hicimos esto, esto otro, nos comimos tal, escuchamos a este y a aquel para volver a casa), la experiencia no fue lineal. Sin tener el horario delante no puedo recitar de memoria el orden de todos los shows que disfruté. Por eso está presentado como lo viví: desordenado, impresionante y caótico; sorprendente.

Hay una gran, gran cita en Madrid para los amantes de la música electrónica de primera. Se llama Paraíso. Que lo sepan.

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